Marzo 2016

El Poder Político

Podemos inicialmente mencionar que “El Poder” es una fuerza, una capacidad de realización y también de influencia. Diversos autores lo definen como la capacidad observada y predecible que tiene cada cual para imponer su voluntad en la acción social; es la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia; es aquel que influye en la conducta de otro o de otros hombres; es una causa, una energía, un impulso que como tal, tiende a producir un efecto. 

Si proyectamos este concepto genérico a lo específicamente político, me refiero hacia las relaciones de poder político, entendidas éstas por aquellas que involucran a gobernantes y gobernados, veremos que el poder político aparece con el carácter de un instrumento de administración de la comunidad, en quien reside la plenitud de ese poder, pero que necesita de una autoridad o cabeza, a fin de obtener de modo más adecuado y dinámico su propio fin, que es la perfección del hombre como ser individual social. El Estado entonces, utilizando ese instrumento de administración que es el poder político, se constituye como el administrador del bien común (concepto que da para otro artículo).

El poder es una fuerza al servicio de una idea, una fuerza que nace de la voluntad social destinada a conducir al grupo, en la búsqueda del bien común y capaz de imponer a sus miembros la actitud que esa idea exige. Derivado de ello, “el poder político” se concibe como “una energía o principio motor que establece y entrega a un grupo humano, el orden necesario para que realice mediante el derecho, los objetivos concretos en que se cifra la idea de bien público”.

La función entonces del poder político es gobernar, y gobernar es marcar una dirección en un movimiento o como dice Santo Tomás, conducir a alguien a su debido fin, como el piloto que gobierna la nave llevándola a puerto. El mismo Santo Tomás nos dice que no podría subsistir la vida social de la multitud, si no hubiera quien gobernase y procurase el bien común y que gobierno no es otra cosa que la dirección de los gobernados a su fin.

Los gobernantes por otra parte, son las personas que como órganos suyos, se vale del Estado para satisfacer las tareas propuestas al poder. Los gobernantes o encargados de ejercer el poder político, la suprema potestad rectora y coactiva del Estado, rigen a la comunidad política dictando leyes, haciéndolas observar y administrando justicia.

De allí que Santo Tomás haya dicho que la ley debe ser instituida por quien gobierna la comunidad de la ciudad, que ella incluye la noción de una razón directora de los actos hacia su fin y que la ley no es más que una prescripción de la razón, en orden al bien común, promulgada por aquel que tiene el cuidado y la responsabilidad de la comunidad.

Así entonces, la ley es una cuestión central de la política, la ley es tan importante, que se ha definido al sistema social como “un sistema de libertades fundado en la ley”.

Comprendiendo estos conceptos básicos del poder político, basado en la ley, cabe en el acontecer nacional, una mínima reflexión sobre la falta de aplicabilidad de éstos en el gobierno de turno. ¿Dónde está  la función clara y especifica de marcar la dirección?, ¿Dónde está el piloto que gobierna?, ¿Dónde está la ley como centro de la gestión política?, ¿Dónde está esa administración del bien común?...¿Dónde está?.