Agosto 2016

APOLITICISMO V/S APARTIDISMO CASTRENSE

Hoy en día, una de las cuestiones candentes que tienen planteadas las Fuerzas Armadas (FF.AA.), es la de su relación con el Estado, o mejor dicho, con las autoridades civiles que gobiernan y administran el Estado, es decir, con lo que se acostumbra denominar Poder Civil.

Citando a Genaro Arriagada, la relación entre el poder político y el poder militar, es un asunto de los más cruciales que posee el sistema político. Está claro que sin una fuerza armada que custodie a la sociedad civil contra la agresión externa o contra la subversión interna, el Estado no podría existir. Las FF.AA. son en definitiva custodios. Pero la problemática no termina ahí. ¿Quis custodiet ipsos custodies?...¿Quién vigila al vigilador?, ¿Quién controla al controlador?, es la vieja pregunta desde la antigüedad clásica. Dicho de otra manera, ¿Cómo la sociedad civil puede impedir que aquellos a quienes les ha entregado el monopolio de las armas se vuelvan contra ella y haciendo uso indebido de esos medios de violencia se enseñoreen del poder y tiranicen al pueblo?. La respuesta inmediata a esta pregunta es la prescindencia política de los militares y la subordinación al poder civil.

Como consecuencia de ello, se ha tratado  de lograr que las FF.AA. pasen a ser un instrumento de defensa nacional alejado de la política. Para conseguir la obediencia incondicional  de ellas a los supremos órganos políticos civiles, se convirtió la separación de los poderes civil y militar en una hermética e innecesaria antítesis. Se impuso la apoliticidad hasta extremos lesivos de los principios de libertad e igualdad formalmente proclamados por las constituciones democráticas. La  estructura política contemporánea del Estado ha tratado de aislar a las FF.AA. de su origen popular, puesto que ellas proceden de la voluntad nacional de asumir su defensa, para ponerlas en manos del equipo gubernamental, el que encarga la presunción de la representación popular y al cual las FF.AA. deben  obedecer ciegamente.

El postulado de apoliticidad de los cuerpos armados procede de la subordinación de éstos al poder civil. La actuación política de las FF.AA. es tomada por tanto, como una insubordinación, o sea, como una crisis o ruptura de la lealtad debida. Sin embargo, ello dependerá de la consideración de los casos de que se trate.

La ausencia del ejercicio de tal actividad política presupone, por otra parte, una capacidad plena y permanente de la autoridad civil para enfrentar y superar las diversas contingencias que se presentan en la vida real. Sin embargo, en la elaboración de la práctica política desde épocas lejanas, se observa la presencia de situaciones excepcionales, en que tal calidad presunta en el poder civil deviene inexistente, especialmente ante situaciones de violencia. “Generalmente se han admitido una serie de momentos excepcionales en que el poder civil admitía su incapacidad, y en tal emergencia la autoridad máxima, con toda naturalidad, se transfería al sector militar temporalmente, doctrina bien elaborada en la Roma republicana, en la que el asunto no ofrecía mayores dificultades” (Oehling,H.).

Esta posición del apoliticismo extremado es una de las manifestaciones del pensamiento político no realista, pues, como señala Jean Meynaud, “no siendo los militares robots, los poderes públicos, incluso en las sociedades autoritarias, son impotentes para modelar sus preferencias íntimas, a lo sumo son capaces de evitar las manifestaciones exteriores. En definitiva, la expresión comportamiento apolítico se limita a constatar o desear que los militares obedezcan a las autoridades legales del país sin ejercitar un juicio de oportunidad sobre la naturaleza, el motivo o el contenido de la orden prescrita. El apoliticismo llega, bajo este ángulo, a especificar que el ejecutivo debe ejecutar sin discutir”.

Este apoliticismo radical tiende a producir ejércitos desvinculados de la cosa pública, que pueden ser instrumentos muy bien preparados en cuanto a la técnica militar, pero ciegos frente a su responsabilidad política, social y cultural. El mismo Genaro Arriagada expresaba que  “Ese desarrollo irreflexivo de un tecnocratismo carente de valores morales y políticos permite que en una crisis social de envergadura, los militares pueden ser un vulgar instrumento de intereses oligárquicos”. La experiencia en estas materias parece avalar el juicio de que “los ejércitos que han pretendido mantenerse absolutamente apolíticos… se han dejado arrastrar disciplinadamente a la defensa de los más innobles intereses o de las más descabelladas ideas” (Samuel Huntington).

El término apolítico significa ajeno a la política, razón por la que el afirmar que las instituciones o que los militares son apolíticos parece bastante inadecuado y alejado de la realidad, no solo porque el hombre es un ser político por naturaleza y porque la finalidad de las FF.AA. es esencialmente política, sino porque resultaría hasta monstruoso que las instituciones armadas se inhibieran de conocer los grandes problemas políticos o sociales que afectan a la nación o que los militares, como individuos, no sientan preocupaciones por la dirección del Estado y que no experimenten simpatía por una u otra de las ideologías que dentro de los marcos legítimos, se debaten en el campo político de su patria. Lo que el militar no puede hacer es sustentar esas teorías apoyándose en su condición de tal, o hacerlas prevalecer reunidos con sus compañeros como expresión del pensamiento de su institución.

Los militares no pueden ser apolíticos, es decir, ajenos a la política, en su aceptación estricta de actividad encaminada a defender un orden que tienda al bien común, por el contrario, los militares profesionales deben poseer una elevada cultura política. No obstante, lo que si deben ser es apartidistas, esto es, que no deben tomar partido, manteniéndose neutrales ante cuestiones puntuales y concretas que se refieran a opciones políticas presentadas y defendidas por los partidos políticos o por el propio gobierno.

Es evidente que una politización de tipo partidista afectaría de forma grave a la necesaria cohesión y unidad de las FF.AA., requisitos indispensables de su eficacia. Por ello, los militares deben ser apartidistas y no vincularse a grupo político alguno, teniendo presente que la naturaleza de la alta misión castrense está por encima de las opciones políticas concretas y que su misión es la de servir a la patria, la que se haya en un plano superior al de todo grupo, asociación o partido. Como fue expresado por Juan Pablo ll “ El amor a la patria nos une por encima y más allá de las diferencias”.

El Ejército es la salvaguardia de lo permanente, por ello no se debe mezclar en luchas accidentales. Las FF.AA. son instituciones que cobran razón de ser en virtud de un verdadero culto a la patria. La política es la actividad que va programando el devenir patrio. Un desinterés político en los ejércitos resulta, por tanto, un contrasentido que no puede producirse.

Aun cuando pensamos que la expresión apolítico aplicada a los militares es equívoca e inadecuada, podríamos aceptarla en el sentido de que ellos están sometidos a ciertas restricciones en sus derechos políticos, tales como afiliarse a grupos o partidos políticos, auspiciar candidaturas o pronunciarse e intervenir en aspectos de política contingente propios de los partidos.

Podríamos decir entonces, que las FF.AA. son apolíticas, en el sentido de “apartidistas” o “supra partidistas”, de que ellas no están vinculadas a ningún grupo o clase, pero son políticas en la más noble acepción de la palabra, en el sentido de que han de estar preocupadas de los problemas de la comunidad social en que viven y de la cual son parte.

En definitiva, la participación de los militares en la vida política del país es un derecho inalienable, puesto que los miembros de las Fuerzas Armadas están dotados de derechos ciudadanos que les permiten tomar parte activa en aquellos ámbitos del quehacer político y social considerados en la Carta Fundamental. Dicha participación solo se ve restringida por ciertas normas legales y reglamentarias, tendientes a mantener la unidad y la disciplina y el buen funcionamiento de las instituciones militares.