Junio 2017

La Guerra y la Paz

En tiempos de vientos de guerra, siempre es bueno tener presente ciertos conceptos en materia de guerra y de paz. Al respecto, me permito brevemente exponer y traer estos temas a nuestra memoria, a base de destacados autores y estudiosos del área.

En la Sociología del Conflicto, Julien Freund expresó “La guerra no es asunto de los militares y la paz de los sabios, sino que la guerra y la paz son ambas asuntos de la política… La guerra no nace de la potencia de los Estados, sino de su fragilidad… La primera cuestión de seguridad hoy en día, no son las ambiciones de poder, es la avería de los Estados…”. El tiempo ha pasado y estas palabras resultan cada vez más vigentes.

En un intercambio de correspondencia, Einstein pregunta: “¿Por qué la guerra?” y Freud responde: “Porque el hombre es lo que es”. Pero la pregunta clave sería ¿qué es la guerra?, célebres personajes han manifestado sus opiniones, como el pensador chino Confucio, que dice que las guerras surgen del engaño y de la malicia; el político, jurista y filósofo romano Cicerón, decía que la guerra es un debate que se ventila por la fuerza; el doctor de la iglesia católica San Agustín escribió, La paz debe ser el objeto de deseo del guerrero, la guerra debe ser emprendida solo como una necesidad, y de tal manera que Dios, por medio de ella, libre a los hombres de esta necesidad y los guarde en paz, no debe buscarse la paz para alimentar la guerra, sino la guerra debe llevarse a cabo para obtener la paz; el político y estadista chino Mao Tse Tung, afirmaba que la guerra es política y que no ha habido, desde los tiempos antiguos, ninguna guerra que no tuviese un carácter político, así también pensaba que todos los medios, cualesquiera que sean, se justificaban para alcanzar los fines buscados, sin importar los estúpidos escrúpulos de benevolencia, rectitud y moralidad; el filósofo, político y escritor italiano Maquiavelo por su parte, establece que la guerra es justa desde el momento en que es necesaria. Clausewitz, el filósofo y militar prusiano, estableció que la guerra es un acto de fuerza para imponer nuestra voluntad al adversario… la guerra de naciones surge siempre de una circunstancia política y se pone de manifiesto por un motivo político.

Derivado de estas definiciones, podemos plantear que la guerra no es simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de la actividad política, una realización de la misma por otros medios. Complementando esta definición, Bouthoul, Alvin y Heidi Toffler, coinciden en que la guerra es una lucha armada y sangrienta, entre agrupaciones organizadas o entre Estados organizados.

Conforme con estos autores, la guerra es una forma de violencia que tiene como característica esencial, ser metódica y organizada respecto a los grupos que la hacen y a la forma como la dirigen. Asimismo, está limitada en el tiempo y en el espacio y sometida a unas reglas jurídicas particulares, extremadamente variables según los lugares y las épocas. Una particular característica es la de ser sangrienta, ya que, cuando no comprende la destrucción de vidas humanas, es un conflicto o un intercambio de amenazas.

Es así como la guerra es un fenómeno histórico inseparable de la existencia humana que, en nuestros días, domina las relaciones internacionales bajo las más variadas formas. Estas van desde la guerra convencional hasta el chantaje para desconocer el derecho, pasando por la agresión terrorista y las invocaciones reiteradas a la paz. Como acontecimiento humano y social, conlleva aspectos morales, jurídicos, estratégicos y militares de vigencia permanente en la conducción política de las naciones. Las verdaderas razones que propician las guerras son difíciles de conocer, aunque todos nos atreveríamos a decir que están íntimamente relacionadas con la política, la economía, con los radicalismos ideológicos, con los fanatismos religiosos o con los problemas demográficos y raciales, claramente el protagonista principal es el hombre, con sus egoísmos, sus ambiciones, sus odios, inestabilidades y debilidades.

En el brillante porvenir de la guerra de Philippe Delmas, se expresa que este mundo no tiene precedente, no se asemeja a nada de lo que la Historia nos enseñó; la Edad Media y la Guerra Fría están idénticamente lejos. El planeta es una complicada mezcla de unidad creciente y de fragmentación acrecentada, donde se difumina la distinción entre la paz y la guerra. Ya no hay más confrontación mundial pero jamás hubo tantas guerras y tan despiadadas… las ambiciones de los Estados no generarán las guerras de mañana, sí sus debilidades. Por no haberlo entendido, los principios y normas del sistema internacional, lejos de frenar la guerra, le aseguran un brillante porvenir.

Ya Alvin y Heidi Toffler, planteaban la fragilidad e inestabilidad de los Estados como causantes de la principal fuente de guerras, siendo el sistema internacional incapaz de aportar un remedio; sus generosas utopías carecen de atractivo en países gobernados por la angustia del mañana. Este sistema solo puede deplorar esas guerras, cuando no las alienta, al favorecer con ligereza la multiplicación de Estados frágiles, pero hace algo peor, al aferrarse obstinadamente a la utopía de una sociedad mundial de Estados iguales, impide el compromiso eficaz de los escasos Estados capaces de construirla y sin embargo, la esperanza esta aun en que solo sus intervenciones podrían contener las nuevas guerras.

En el otro frente, tenemos la Paz Social, la cual se la suele defender, junto con los derechos humanos y la libertad, reconociéndole implícitamente un valor primero y absoluto. Se la identifica con la no-violencia, ocurriendo así que la paz vendría a ser el resultado infalible de la negación dialéctica de toda violencia. San Agustín dice que la Paz es la tranquilidad del orden y a todo orden corresponde su propia paz y esta puede existir por consiguiente, desde un hogar de familia bien constituida, hasta una organización terrorista o un Estado totalitario. Sin embargo, si este orden es opuesto al natural, la paz no es un bien, sino un mal; a lo más puede ser tolerable mientras no exista la posibilidad real de restaurar el verdadero orden. Por esta razón, el profesor y pensador Juan Antonio Widow, establece que no tiene sentido buscar la paz mediante la renuncia de los bandos en pugna a sus intenciones divididas, a menos que ambas sean injustas. Solo puede alcanzarse mediante la imposición del orden recto, y esto ordinariamente lleva consigo la necesidad de aplicar violencia, es decir, de impedir la acción de quienes subvierten ese orden. Puede por cierto imponerse a la sociedad, una paz de otra índole, pero será indefectiblemente a costa del bien común, es decir, del bien de la misma sociedad a la cual se impone. Nunca, por consiguiente, la verdadera paz social puede ser afecta de la mera renuncia a toda violencia.

La Iglesia por su parte, establece que la paz no es una mera ausencia de la guerra, ni se reduce a establecer el equilibrio de las fuerzas contrarias, ni nace de un dominio despótico. Es obra de la justicia y efecto de la caridad. La paz no es algo que se consiga de una vez para siempre, sino, es un perpetuo quehacer. La palabra paz significa mucho más que el silencio de las armas, es vivir en armonía, respetar el orden natural y al prójimo y en definitiva, es la consecuencia más directa de la justicia.

La paz supone un continuo hacerse, tiene un carácter marcadamente dinámico y requiere por parte de la autoridad de una inteligente vigilancia, porque tiende a debilitarse por culpa de una sociedad que inexplicablemente se autodesarma. En nombre de la libertad mal entendida, se falta frecuentemente al respeto de las personas y de las instituciones, lo que no deja de ser un atentado a la paz que la intimidad personal reclama. Para que se mantenga la paz personal y comunitaria a la que tenemos derecho, los gobiernos tienen que habilitar instituciones adecuadas con el poder de coacción que asegure, o al menos propicie la pacífica convivencia. De nada sirven las leyes si no existen medios para hacerlas cumplir, sobre todo, voluntad de hacerlas cumplir a todos los niveles. De nada serviría contar con los mejores medios humanos y materiales si no existe la voluntad de emplearlos.

La paz que de vez en cuando disfrutamos es frágil y hay que tratar de conservarla. Nada se puede perder con  la paz, decía Pio XII en 1939, todo puede perderse con la guerra. Como no existe una receta que sirva para impedir las guerras, hay que estar preparados en todo momento para ganar la paz. La historia está siempre a nuestra disposición para aprender sus enseñanzas, a veces trágicas enseñanzas que nos impulsan a mantenernos con el mayor grado de fortaleza posible, para afrontar los acontecimientos que puedan violentar nuestra identidad como personas y como pueblo, como comunidad viva que cree en un modelo de sociedad basado en la libertad y en el respeto a la dignidad humana.