Marzo 2018

LA IMPORTANCIA CRUCIAL Y ESTRATÉGICA DE LOS RECURSOS

Desde que se acabó la guerra fría, analistas políticos de todas las orientaciones tratan de descubrir cuál va a ser el principio central definitorio del nuevo entorno internacional, o lo que Thomas Friedman, de The New York Times, ha llamado “la Gran Cuestión”.  Entre los diversos autores que han intentado identificar dicha gran cuestión, cabe destacar a Samuel Huntington, quien postula que la dinámica de la seguridad planetaria estará regida por el “choque de civilizaciones”, y también a Robert Kaplan, que describe con expresivas palabras el panorama de una Tierra agobiada por la superpoblación y la anarquía. Friedman, por su parte, en The Lexus and the Olive Tree, ha propugnado que la globalización económica se anuncia como el rasgo predominante en todo el mundo. Cada una de estas explicaciones aporta algo a nuestra comprensión de la dinámica internacional, y todas ellas se han incorporado al debate de la política mundial. Pero ninguna de ellas proporciona un análisis plenamente satisfactorio del estado actual de los asuntos mundiales.

La tesis del choque mundial de civilizaciones, según Huntington, presupone que los Estados desarrollarán sus políticas de seguridad basándose en la lealtad a una determinada comunidad religiosa o “de civilización”; por ejemplo, el occidente cristiano, el bloque ortodoxo eslavo, el mundo islámico y así sucesivamente. El conflicto entre civilizaciones será la última etapa de la evolución de la conflictividad en el mundo moderno. Mientras algunos acontecimientos como las conflagraciones ocurridas en su oportunidad en Bosnia, Kosovo, Golfo parecen corroborar esta afirmación, no sucede así con otros. Vale la pena observar el ferviente afán con que se persigue el abastecimiento de los recursos despreciando todo género de lealtades de civilización. En la región del Caspio, Estados Unidos se alineó con tres Estados musulmanes, Azerbaiyán, Turquía y Turkmenistán, frente a otros de mayoría cristiana como Armenia y Rusia. Pautas similares se ha observado en otras regiones donde el interés por los recursos prevalece sobre las afiliaciones étnicas y religiosas.

Análogamente, el estallido de la violencia y la anarquía en África que predijo Kaplan, no disuade a las grandes compañías energéticas de establecer lucrativas explotaciones petroleras en esas regiones, ni de negociar acuerdos de seguridad eficaces con las elites locales y los señores de la guerra. En 1999 por ejemplo, las compañías petroleras estadounidenses anunciaron nuevos programas de prospección y explotación a gran escala en lugares tan conflictivos como Angola, Chad y Nigeria. Aunque la teoría de la globalización, según Friedman, explica bastante bien la tendencia economicista que se observa actualmente en los asuntos internacionales, vemos que se empeña en postular que las principales disputas sobre los recursos, se resolverán a través de los mecanismos del mercado, pasando por alto la realidad de que muchas veces los Gobiernos han acudido a las armas por lo que ellos consideran “intereses nacionales vitales”, entre los que figuran los abastecimientos de petróleo y agua potable. 

Obviamente, no es posible explicar la dinámica mundial de las cuestiones de seguridad, sin admitir la importancia crucial de la competencia por los recursos. En casi todos los países del mundo, el designio de proteger las materias esenciales se ha convertido en rasgo primordial de la planificación nacional de seguridad. Es posible que la competencia por los recursos no sea la gran cuestión que subyace en el núcleo de todas las relaciones internacionales, pero ayuda a explicar  muchas de las cosas que ocurren en el mundo actual.

¿Por qué han pasado a ser tan importante los recursos?... La adopción de una política de seguridad econocéntrica conduce casi invariablemente a valorar de sobremanera la protección de los recursos, al menos, en el caso de los Estados que dependen de la importación de materias primas para mantener su eficiencia industrial. La desaparición casi completa de los conflictos ideológicos en el mundo contemporáneo, también ha contribuido a situar en un lugar central las cuestiones tocantes a los recursos, es decir, que la búsqueda y la protección de las materias primas críticas, se contempla como una de las funciones primordiales de seguridad que tiene a su cargo el Estado. Por otra parte, hay recursos que valen cantidades inmensas de dinero; los yacimientos en explotación de la Cuenca del Caspio, por ejemplo, han sido valorados por el Departamento de Estado Norteamericano en unos 4 billones de dólares. De modo que todo el mundo está de acuerdo en que su posesión es algo por lo que vale la pena pelear.

Pero estos factores por si solos no explican la preponderancia del interés que venimos comentando, algunas características de los recursos mismos también forman parte de la ecuación. Entre ellas, el crecimiento exponencial de la demanda de materias primas de todos los tipos, la probable aparición de carestías, y las disputas acerca de la propiedad de las valiosas fuentes de materiales críticos.

La demanda insaciable; La demanda mundial de muchas materias claves, está creciendo a un ritmo insostenible. A medida que aumenta la población humana, las sociedades necesitan más de todo (alimentos, agua, energía, madera, minerales, fibras, etc.) para satisfacer las necesidades materiales básicas de los individuos que las componen, aunque algunos países consumen más que otros. Estados Unidos requiere para su propio uso un 30 por ciento, aproximadamente, de todas las materias primas consumidas por la humanidad en cualquier época del año, también es cierto que casi todas las sociedades están aumentando la utilización de las materias básicas.

En buena medida, uno de los factores que más empujan el aumento de la demanda es el espectacular crecimiento demográfico. Sólo en los últimos 50 años, la población mundial ha aumentado en más de 3.000 millones de habitantes. A modo de referencia, de 2.600 millones que éramos en 1950 hemos pasado a más de 6.000 millones en el 2000. Este aumento de la población naturalmente acarrea mayores demandas de alimentos, vestuario, vivienda y demás necesidades vitales básicas. Esto por si solo basta para explicar el mayor requerimiento de muchas materias, pero el crecimiento demográfico representa solo una parte de la explotación de la demanda. No es menos importante la extensión de la industrialización a un número cada vez mayor de zonas del planeta, con el incesante aumento de la riqueza personal a escala mundial. Esto origina un apetito insaciable de energía, de automóviles, de materiales de construcción, de enseres domésticos y de otros artículos cuya producción implica un intenso consumo de recursos.

Parece justificado deducir que la demanda mundial de recursos básicos va a seguir aumentando durante las próximas décadas. La fuerza motriz de ese aumento seguirá siendo la combinación del crecimiento demográfico con la expansión económica. La población mundial aumenta en unos 80 millones de individuos cada año, aproximadamente, a este ritmo estaremos cerca de unos 8.000 millones en el 2025. Por añadidura, se prevé que la renta per cápita crecerá al 2 por ciento anual a escala mundial dentro de los próximos decenios, lo que prácticamente duplica el crecimiento demográfico. Si este aumento de la riqueza se utiliza para la continua adquisición de coches, camiones, enseres, viviendas y demás bienes que contribuyen a hacernos la vida agradable, es de prever que la demanda mundial de las materias primas será sustancialmente mayor en 2020, comparada con el decenio de 1990.

Las Carencias…un peligro que acecha; La creciente demanda de materias primas choca con otro aspecto  clave de la ecuación mundial de los recursos: el hecho de que algunas sustancias no se prodigan tanto en el planeta. Incluso limitándonos a las que tenemos en abundancia, el agua, la tierra cultivable, los minerales, la madera y los combustibles fósiles, hay limitaciones prácticas en cuanto a lo que se puede extraer del medio natural. Un estudio realizado por el Fondo Mundial para la Naturaleza (Worl Wildlife Fund – WWF), revela una disminución significativa en la disponibilidad o la calidad de muchos recursos críticos incluyendo el manto forestal, las reservas pesqueras y los combustibles fósiles. Aunque el estudio de WWF no abarca todos los recursos, sugiere que la humanidad puede verse enfrentada a carencias significativas de muchas materias de vital necesidad.

Es imposible predecir con exactitud si un recurso está acercándose a un grado alarmante de agotamiento, o cuándo ocurrirá eso. Muchos minerales, por ejemplo, se hallan ampliamente dispersos en toda la superficie del planeta y se continúan descubriendo nuevos yacimientos. Otros, como la madera de construcción, teóricamente son renovables, en el sentido de que es posible practicar repoblaciones que compensen las talas. Para muchos materiales en peligro de agotamiento se han descubierto sucedáneos que los reemplazan, o podríamos desarrollarlos. Sin embargo, es evidente que las existencias mundiales de algunos recursos claves están siendo agotadas con una rapidez, en muchos casos superior a la capacidad mundial para explotar nuevas fuentes o desarrollar materiales de sustitución.

De las diversas materias que entran en esta categoría más delicada, las más importantes son el petróleo y el agua. Ambas son críticas para el funcionamiento de la moderna sociedad industrial y se consumen en cantidades cada vez mayores. Pero hay otra cosa más importante, y es que a fines del presente siglo, el abastecimiento probablemente no alcanzará a cubrir las necesidades mundiales. A comienzos del año 2000 las reservas mundiales confirmadas de crudo eran de 1.033 billones de barriles, suficientes para mantener el consumo mundial otros cuarenta años al ritmo de 73 millones de barriles diarios, que era el que se registraba en la fecha. Pero si el consumo de petróleo aumenta al 2 por ciento anual como predice el Departamento de Energía Estadounidense, las reservas actuales habrán desaparecido en el plazo de veinticinco a treinta años. Obviamente los yacimientos de crudo que se descubran en el futuro, aumentarán la disponibilidad mundial, y la introducción de nuevas tecnologías permitirá recurrir a reservas hoy no explotadas por considerarse demasiado remotas o de difícil aprovechamiento (como las de Siberia y las localizadas en aguas profundas del Atlántico). De todas maneras, es probable que el mundo empiece a sufrir carestías significativas del crudo convencional a partir de la tercera década del siglo XXI.

La situación del agua presenta un cariz parecido. Aunque el planeta tiene un volumen enorme de agua de mar, el aprovisionamiento mundial de agua dulce es relativamente limitado; las aguas dulces representan menos del 3 por ciento del total existente, y buena parte de esa cantidad está inmovilizada en los casquetes polares y los glaciares. Del volumen accesible (aproximadamente 12.000 kilómetros cúbicos anuales) la mitad está siendo utilizada ya para consumo humano. Como sucede con el petróleo, el crecimiento demográfico y el aumento del nivel de vida impulsan la demanda mundial de agua. De persistir esa pauta, el consumo humano total se acercará al 100 por ciento de la disponibilidad a mediados del siglo XXI, ocasionando carencias severas en algunas regiones e intensificando la competencia por el acceso a los grandes caudales (Una muestra concreta lo vemos hoy en día en Sudáfrica, con el anuncio de que Ciudad del Cabo no tendrá agua para consumo humano en unos meses más).

En los decenios próximos cabe prever también carestías significativas de otras materias vitales. El manto forestal natural de la tierra, por ejemplo, está desapareciendo a un ritmo del 0,5 por ciento al año aproximadamente, lo que equivale a la pérdida de una superficie arbolada del tamaño de Inglaterra y país de Gales. Muchas especies arbóreas están en peligro de extinción. Aproximadamente un 70 por ciento del bosque tropical seco ha desaparecido ya, junto con el 60 por ciento de los bosques de la zona templada y el 45 por ciento de la selva tropical húmeda. En algunos casos se han replantado árboles, pero no a un ritmo suficiente para compensar la deforestación anual.  La disponibilidad futura de ciertos productos básicos esenciales también va a quedar afectada por los cambios en el medio ambiente mundial. La creciente acumulación de dióxido de carbono y otros gases que retienen el calor del planeta, causando así el llamado efecto invernadero (el cual es, a su vez, consecuencia del acelerado consumo de combustibles fósiles), contribuye al aumento gradual de la temperatura media anual, lo que lleva la sequía a algunas regiones y amenaza la supervivencia de muchas especies vegetales y animales. Un cambio climático de este tipo también podría reducir la pluviometría y/o aumentar los índices de evaporación en las regiones interiores secas.

Como postula el profesor Thomas Horner Dixon, de la Universidad de Toronto, las carencias ambientales de este tipo aumentarán todavía más la competencia entre los grupos y las sociedades por el acceso a las materias primas indispensables. A medida que aumenta el consumo mundial y las condiciones medioambientales se deterioran, la oferta total disponible de muchas materias claves disminuirá, disparando los precios de lo que reste. Algunos productos básicos necesarios como el agua, no pueden ser reemplazados por ninguna otra sustancia y muchas sociedades pobres no alcanzarán a pagar esos precios más altos por los bienes esenciales.

En estas circunstancias, es de prever que haya conflictos por el acceso a las fuentes de los  suministros vitales entre los Estados y dentro de cada Estado por la distribución de los limitados abastecimientos disponibles. Con el aumento de los precios, además, los grupos y elites rivales de los países productores, tendrán mayor interés en confiscar y retener el control de sus valiosos campos petrolíferos, minas y reservas madereras. El resultado inevitable será más conflictos originados por el control y aprovechamiento de las materias primas críticas

El panorama conflictivo emergente… el crecimiento incesante de la demanda a escala mundial, la aparición de carestías significativas y la proliferación de las disputas acerca de la propiedad, son factores susceptibles de introducir nuevas tensiones en el sistema internacional. Los dos primeros intensificarán inevitablemente la competencia entre Estados por acceder a las materias vitales y el tercero añade nuevos motivos de fricción y conflicto. De paso, cada uno de ellos acentúa el potencial desestabilizador de los demás; el aumento del consumo trae aparejado el agotamiento de los recursos y los gobiernos se verán presionados a tomar medidas para resolver el problema cueste lo que cueste, lo cual, a su vez, hará que los Estados incrementen su tendencia a asegurarse el máximo control sobre las fuentes de aprovisionamiento en litigio; todo lo cual aumenta el riesgo de conflicto entre los países que comparten o reclaman simultáneamente un determinado yacimiento.

En muchos casos, estos conflictos se resolverán sin recurrir a la violencia y las naciones afectadas llegarán a una solución negociada para resolver la disputa. Las fuerzas del mercado global favorecen este tipo de desenlace, en la medida en que el beneficio económico percibido de una solución pactada, suele ser generalmente mucho mayor que el probable coste de una guerra. Por tanto, muchos Estados desistirán de la exigencia máxima, si ello les vale una tajada razonable del pastel. Pero la negociación y las fuerzas del mercado no funcionan siempre. En algunos casos, lo que está en juego se percibe como tan esencial para la supervivencia de la nación, o para el bienestar económico, que resulta impensable el compromiso. Cuesta imaginar, por ejemplo, que Estados Unidos vaya a tolerar que el Golfo Pérsico quede bajo el control de una potencia hostil, ni que Egipto consienta que Sudán o Etiopia controlen al caudal del Nilo. En situaciones así,  las consideraciones de seguridad nacional prevalecerán siempre sobre los acuerdos negociados, que podrían percibirse como claudicaciones inadmisibles en puntos de interés nacional vital. Por otra parte, las fuerzas del mercado global también pueden incrementar la probabilidad de un conflicto. Es lo que sucede, en particular, cuando un recurso disputado se considera tan valioso en términos monetarios, que ninguno de los pretendientes admite la renuncia al mismo. Obviamente fue lo que ocurrió en la República Democrática del Congo (ex Zaire), donde varias facciones internas y potencias extranjeras han luchado por controlar las lucrativas minas de oro y cobre en el sur y el oeste del país. En Sierra Leona es endémica una situación similar, allí el origen del conflicto son los valiosos yacimientos de diamantes. Habitualmente los contenciosos de este tipo, se plantean en países pobres y subdesarrollados, donde la posesión de un yacimiento de mineral o de un campo petrolífero es el único camino viable para la acumulación de riqueza.

Tiende a agudizar todavía más el riesgo de conflicto alrededor de los recursos, la creciente diferencia interna entre los habitantes ricos y los pobres que registran muchos países en vías de desarrollo, fenómeno generalmente considerado como una de las consecuencias de la globalización. Los que están en los peldaños más altos de la escala económica consiguen procurarse lo necesario para vivir, pero los de abajo se ven cada vez más excluidos del acceso a bienes tan vitales como comida, tierra, vivienda y agua potable. Conforme disminuyen las existencias y suben los precios de muchas materias, la situación de los pobres será cada vez más desesperada y ellos estarán cada vez más inclinados a prestar oídos a las exhortaciones de demagogos, populistas, fundamentalistas y extremistas que prometan el alivio de los sufrimientos mediante la insurrección o la separación étnica.

Aunque las fuerzas del mercado y la globalización contribuyan a evitar la violencia en muchas situaciones de escasez de recursos, es probable que no lo consigan en otras. Cuando esto suceda, las disputas por el acceso a recursos críticos o sumamente valiosos podrán desembocar en enfrentamientos armados. Éstos revestirán diversas formas, como luchas internas por el control de un recurso determinado, disputas territoriales por fronteras o zonas económicas exclusivas en litigio, enfrentamientos navales en las rutas marítimas más importantes, o luchas regionales de poder en las zonas que contengan grandes reservas de recursos críticos, como las regiones del Golfo Pérsico y el mar Caspio. Pero cualquiera que sea la forma en que se manifiesten, parece oportuno describirlas como guerra por los recursos, puesto que son conflictos que giran en buena medida en torno de la búsqueda o la posesión de las materas críticas.

La historia humana se caracteriza por una larga sucesión de guerras por los recursos, tan larga que podríamos retrotraernos a las primeras civilizaciones agrarias. Después de la II Guerra Mundial la persecución incesante de los recursos quedó eclipsada por las exigencias políticas e ideológicas soviéticas - estadounidense, pero resurge con renovada intensidad en la era contemporánea. Teniendo en cuenta todos los factores mencionados hasta aquí, la creciente importancia que se atribuye al poderío económico en la política de seguridad de los Estados,  la creciente demanda mundial de recursos, la probabilidad de escaseces significativas y la existencia de numerosos litigios por la propiedad, es indudable que ha de aumentar la incidencia de los enfrentamientos por las materias vitales.

Por supuesto la competencia por los recursos no será la única fuente de conflictos en nuestros tiempos. Otros factores, como la hostilidad étnica, la injusticia económica, las rivalidades políticas, etc., también conducirán a estallidos periódicos de violencia. Pero cada vez más estos factores se vincularán a las disputas por la posesión de las materias vitales, o el acceso a ellas. Por muy divididos que se hallen dos Estados o dos sociedades en cuestión de política o de religión, la probabilidad de que pasen a la agresión mutua se multiplica cuando cada una de las partes se persuade de que su aprovisionamiento esencial de agua, alimentos o energía está siendo amenazado por la otra. Entonces y transcurrido un tiempo suficiente para que se haga sentir a escala mundial la merma de muchos recursos claves, el peligro de que la disputa por éstos interfiera en otros motivos de discrepancia necesariamente aumentará.

De los peligros más evidentes que tenemos en el presente siglo, ninguno es tan propenso como el petróleo a originar conflictos entre los Estados. Es distinto de otras materias primas como los minerales, la madera e incluso el agua, por su papel fundamental para la economía planetaria y su capacidad para desencadenar hostilidades a gran escala. Y es así, porque actualmente ninguna sociedad industrial avanzada puede subsistir sin un aprovisionamiento sustancial de petróleo. Por tanto cualquier circunstancia susceptible de comprometer seriamente la continuidad del  suministro puede originar una crisis y,  en casos extremos, provocar el empleo de la fuerza militar. Cualquiera de las grandes regiones productoras está expuesta a una incidencia de ese tipo. Conflictos digamos menores, alrededor del petróleo, serían originados por aquellos Estados que rivalizan en ganar o retener un dominio sobre demarcaciones fronterizas ricas en recursos o zonas económicas exclusivas frente a las costas. En todo caso, durante los próximos decenios el enfrentamiento, grande o pequeño, será un rasgo significativo del entorno mundial de seguridad.

Finalmente, podremos estar de acuerdo que los recursos naturales son los cimientos con que se construye la civilización, así como condiciones esenciales de la existencia cotidiana. Los habitantes del planeta Tierra hemos recibido la bendición de poseer cuantiosas existencias de la mayoría de las materias básicas. Pero la presión sobre esas existencias es cada vez más grande, y en algunos casos nosotros mismos o nuestros hijos tendremos que enfrentarnos a la perspectiva de su inminente agotamiento. Si se recurre a la guerra para zanjar las disputas por las materias primas, el coste en vidas humanas será grande. Para evitar y para asegurar un abastecimiento adecuado de las materias esenciales, debemos ponernos en seguida a crear un sistema mundial de conservación y protección de los recursos y colaboración para su uso.

El desafío está en que la humanidad, sea lo suficientemente capaz de salir de su mezquindad y egoísmo y enfrentar colectivamente estas amenazas.