Junio 2018

DERECHO, CONFLICTO Y VIOLENCIA

Freund planteaba que el objeto de un conflicto es en general, no siempre, el Derecho, a condición de que no se le comprenda únicamente como una disposición formal, sino también como una reivindicación de justicia. Muchos juristas, que tienen una concepción estrecha y pacífica de la noción de derecho, no concuerdan con lo planteado por Freund. Sin embargo, cuando se considera la mayor parte de los conflictos, no se puede dejar de constatar que el sentimiento de la defensa o la reivindicación de un derecho está en el centro de ellos.

No existe prácticamente conflicto ni guerra que no busquen legitimarse. Lo que es preciso subrayar, por el momento, es que el derecho, en sus diversos aspectos, se trata de derecho positivo (que son normas jurídicas dictadas por el Estado para regular la relación de los hombres en sociedad, son temporales y rigen para una comunidad determinada) o de derecho natural (que corresponden a valores o principios que se encuentran en la conciencia de los hombres y la naturaleza, son normas universales y eternas), se presenta como una expresión formalizada o una reivindicación formal, es lo que está en juego en los conflictos.

Los seres humanos entran en conflicto en torno a la definición de sus derechos mutuos. Al respecto, cabría señalar que el orden y la justicia están siempre en una relación ambigua uno con otro y si hubiesen suficientes bienes de todas clases, para que todos tuvieran ilimitadamente las cantidades que quisieran de cada cosa, no habría motivo de conflicto.

Es porque hay escasez que es necesario el derecho y, precisamente, el conflicto surge frente a la escasez de aquellas cosas que uno quiere poseer, aquellos bienes que uno necesita. Es el derecho a determinadas cosas lo que constituye el objeto del conflicto. Por eso, conflicto y derecho no se excluyen; al contrario, es muchas veces el derecho el factor polemógeno, es decir, que crea el conflicto. Y eso es inevitable, tan inevitable como la realidad del derecho. El derecho está puesto para organizar la vida en sociedad, como un medio para alcanzar el fin de la sociedad, y al mismo tiempo crea conflictos.

Como el derecho es el objeto del conflicto, la solución jurídica lo puede solucionar. Dicho de otra manera, como el derecho alimenta el conflicto, también está en condiciones de ponerle término por mediación o arbitraje, en el sentido de que las partes estimen que la solución jurídica propuesta respeta sus derechos en límites tolerables. Una solución jurídica de un conflicto no es posible, a no ser que se plantee un problema de derecho. En caso contrario la solución jurídica tendría muchas posibilidades de resultar ineficaz, debido a que sería como pegada artificialmente desde el exterior sobre el conflicto.

Freund por otra parte, nos dice que las relaciones entre Derecho y Conflicto son multiformes: hay conflictos que nacen por carencia de una legislación; otros nacen de la impotencia del derecho, no solamente porque no puede prevenir todas las situaciones, sino porque en nuestros días hay “demasiado derecho”, el que no siempre está adaptado a la novedad en el desarrollo de las acciones sociales y de los conflictos. Otra fuente de conflictos está en la oposición entre órdenes jurídicos rivales: existe una pluralidad de derechos que no se armonizan y que se oponen recíprocamente.

El conflicto se crea, en general, como hemos visto, en torno a ciertos derechos que se creen conculcados o los cuales se quiere reivindicar. Por esta razón, el concepto de reivindicación es un concepto importante en el análisis del conflicto. La reivindicación es la expresión de una exigencia que se hace a otro, en nombre de un derecho que se estima lesionado. Normalmente todo conflicto parte de reivindicaciones que se hacen los contrincantes. Se trata, en efecto, de una especie de justificación moral preliminar al conflicto; de tal modo que la reivindicación en cierta forma prepara la entrada al conflicto y establece o justifica el terreno en el cual se plantea cada uno de los contrincantes. Al respecto, es pertinente citar a Andrés Bello, para quien “la guerra es la reivindicación del derecho por la fuerza”.

Por otra parte, al mencionar la relación del Derecho con la Violencia, tenemos que la violencia efectiva o virtual está en el centro del conflicto, es el medio último y radical en que culmina el conflicto y así le da toda su significación. En efecto, el recurso a la violencia incluso si no se consuma y permanece como amenaza, es inseparable de la sustancia misma del conflicto.

Podríamos considerar que la violencia es como la define Gonzalo Rojas Sánchez, “toda presión ejercida sobre la voluntad ajena”. Se trata de una definición bastante general, pero tiene el valor práctico de incluir no sólo las formas físicas de violencia, sino también aquellas otras más sutiles, tales como las sicológicas, morales u otras. En este mismo sentido, Rafael Gómez Pérez dice que “violencia es la fuerza física o moral ejercida contra alguien, coaccionándole para que haga lo que no quiere o no haga lo que quiere”.

Freund por su parte, propone la siguiente definición; “la violencia consiste en una relación entre poderes y no simplemente entre fuerzas que se desarrollan entre varios seres o grupos humanos, renunciando a otras maneras de mantener relaciones entre ellos, para forzar directa o indirectamente al otro para que actúe contra su voluntad y ejecute los designios de una voluntad extraña, bajo amenazas de la intimidación, de medios agresivos o represivos, capaces de atentar contra la integridad física o moral del otro, contra sus bienes materiales o contra sus ideas más preciadas, que se arriesga a la aniquilación física en caso de resistencia supuesta, deliberada o persistente”.

La interdependencia del Derecho y del Conflicto nos ayuda a comprender que la violencia puede estar al servicio del derecho para establecerlo, restablecerlo o mantenerlo cuando la ley y otras regulaciones sociales como los hábitos y las costumbres, o la mentalidad general, ya no son capaces de detener una violencia adversa que amenaza al orden social, o que trata de desestabilizarlo. En este caso no queda otro medio que el de la contra-violencia legal. Es lo que se llama represión. La violencia se convierte así en el apoyo del derecho que ya no se respeta.

Sea lo que sea, Derecho y Violencia, en lugar de excluirse, se apoyan recíprocamente en ciertas condiciones. Incluso un Estado de derecho no puede escapar a este destino, pues si es impugnado por una violencia ilegítima y si quiere sobrevivir, ha de usar a su vez la violencia al servicio del derecho.

Resulta de ello que es vano esperar que en las sociedades humanas históricas se pueda un día prohibir, y mucho menos desterrar para siempre los conflictos sin ningún recurso a la violencia, en base únicamente a una convención jurídica. En esto reside la debilidad de las teorías del contrato social. Ciertamente éste se da en principio para sustituir las relaciones conflictivas de la violencia interna de los pueblos, pero ¿cómo hacer respetar el contrato de otra forma que no sea la violencia, cuando los individuos y los grupos están decididos a romperlo precisamente mediante la violencia?

El derecho es una forma de disuasión de la violencia y de los conflictos, que en todo caso limita sus manifestaciones. La obra del derecho consiste, desde este punto de vista, no en la supresión de toda violencia o de todo conflicto (empresa humanamente imposible), sino en su limitación a formas capaces de prevenirla, de obligarla a mantener entre ciertos límites a circunscribir sus efectos, y llegado el caso de abrir la vía a una solución por compromiso.

La violencia es inherente a las sociedades. Joblin, Joseph, en La “iglesia y la guerra”, expresaba que “la violencia forma parte de la condición humana, pero es ambigua; puede ser espada en manos de la autoridad, el instrumento de Dios para hacer justicia y castigar al que obra mal, mas también, reflejo de la maldad de un corazón que ve en la fuerza el medio de satisfacer su sed de dominio. Saber, pues, discernir el sentido de sus manifestaciones y actuar en consecuencia es ser fiel al plan de Dios sobre el mundo”. Es natural, por tanto, que esté presente al menos de manera latente en cada una de las sociedades, cualesquiera que sean el espacio y la época, el sistema político y económico, o el estado de desarrollo general. Jamás se extirpará totalmente. Todo lo que se puede hacer es mantenerla entre ciertos límites y actuar sobre sus efectos. Si apreciamos bien, en esto consiste el papel de la política.

Los medios que los hombres han encontrado para limitar la violencia, consisten por una parte en la regulación de la vida humana por la moral o las costumbres, y por otra en el establecimiento de convenios (reglas jurídicas e instituciones). Y, por último, en la concentración de la violencia en organismos cuyo control es posible en nuestros días, las Fuerzas Armadas para mantener la seguridad exterior, y la policía para mantener la concordia interna.

Verdaderamente hay que ser cándido para creer que se podrá hacer entrar en razón a un grupo o a una colectividad, decididos a usar la violencia y a provocar un conflicto, gracias a encantamientos, oraciones o propuestas de amistad. El error está en creer que “yo no tengo enemigos si no quiero tenerlos”. En realidad, es el enemigo el que me elige, y si él quiere que yo sea su enemigo, yo lo soy a pesar de mis propuestas de conciliación y de mis demostraciones de benevolencia. En este caso, no me queda mas que aceptar batirme o someterme a la voluntad del enemigo. Precisamente la noción de situación excepcional, nos hace comprender que llega un momento en el que únicamente con la violencia se puede detener la violencia. Se puede deplorarlo, pero sobre este punto la historia es intransigente, incluso el sistema jurídico mejor elaborado es impotente ante un deseo de búsqueda deliberada de la violencia.

Finalmente, sobre este tema de las relaciones de la violencia con lo jurídico, el profesor Manuel Rivacoba, ha expresado que la “Violencia y justicia es un tema permanente …, ya que en el derecho se observa un esfuerzo radical por monopolizar la violencia y al mismo tiempo, racionalizar su ejercicio, sometiéndola a límites, tomándola y empleándola como medio de fines que son relevantes y de alta significación social, concibiéndola, en definitiva, como garantía de la convivencia en libertad”.