Octubre 2018

AMOR A LA PATRIA Y VOLUNTAD DE DEFENSA

En el marco de la teoría de defensa, se inscriben dos ideas-fuerza de especial relieve: el amor a la patria y la voluntad de defensa.

Tomando las palabras de Joaquín Blanco Ande, “el valor moral de mayor incidencia en la defensa es el patriotismo. El patriotismo, ese sentimiento de amor a la patria, es el valor que configura la esencia de la Defensa Nacional”. Resulta evidente que no se defiende aquello que no se ama, por el contrario, un ser humano estará dispuesto a sacrificarse al máximo, incluso hasta dar su vida, por aquello que venera y honra.

Patriotismo es el sentimiento que liga a los habitantes de una nación para mantener su unidad e independencia, su vida, su prosperidad y su honor, sin considerar los sacrificios que sea necesario hacer. Este sentimiento común de cariño a la patria, templado en el dolor y en el esfuerzo, constituye la más grande herencia ciudadana que se va transmitiendo de una generación a otra; fisiológicamente por la sangre y espiritualmente a través de la historia.

Como decía Juan Arencibia de Torres, “el patriotismo es un concepto dinámico, como toda virtud. Implica, además del amor que profesamos a una herencia, una tarea a realizar con tesón, mucha ilusión y visión de futuro. La patria nos exige gratitud al pasado, servicio y sacrificio en el presente, e inteligencia y generosidad para construir su futuro”.

El patriotismo entonces, está por encima de las diferencias ideológicas, religiosas y sociales. El patriotismo implica solidaridad nacional en especial cuando se viven momentos difíciles, como cuando peligra la integridad del territorio (Ejemplo…la amenaza permanente por nuestro determinismo histórico con Bolivia, Perú o Argentina) o con ocasión de una catástrofe natural. El fortalecimiento de este necesario sentimiento de amor a la patria es una de las labores más delicadas de padres, profesores, medios de comunicación social y de todos aquellos que, por su relevancia en la vida nacional, pueden hacer oír su voz.  Bien decía Arencibia de Torres “cada pueblo tiene la patria que se merece, porque a la postre es hija de nuestro esfuerzo”.

En materia de la voluntad de defensa, Hermann Oehling señaló que “los ejércitos encarnan el exponente máximo del deseo de mantener la unidad de la comunidad política”. Las Fuerzas Armadas representan la voluntad de la comunidad nacional para asegurar su defensa, ellas cristalizan la máxima expresión de los anhelos de libertad e independencia de una nación. A este respecto José Ortega y Gasset ha señalado, con razón, que: “lo importante es que el pueblo advierta que el grado de perfección de su ejército mide con pasmosa exactitud los quilates de la moralidad y vitalidad nacionales”.

La voluntad de defensa está directa y estrechamente relacionada con los valores morales predominantes en la comunidad nacional y con el sentimiento colectivo de nacionalidad. Como ha dicho Salvador Reyes; “es el sentimiento colectivo de nacionalidad, lo que hace grande a los pueblos; cuando ese sentimiento se pierde, se pierde la voluntad de subsistir como nación”. Es precisamente ese espíritu, esa alma nacional lo que cuenta en definitiva, pues en la historia triunfa la vitalidad de las naciones, no la perfección formal de los Estados.

La defensa nacional obedece al instinto de conservación nacional, a la voluntad de cultivar y proteger el patrimonio y los valores propios, al sentimiento colectivo de nacionalidad. Cuando ese sentimiento es profundo, los pueblos se hacen grandes. Por el contrario, cuando ese sentimiento se debilita, se debilita también la voluntad de subsistir como nación. Y cuando se pierde la voluntad, cuando se pierde el ánimo, se tiene todo perdido.

Es por esto que debemos fortalecer nuestra conciencia nacional, única forma de que exista una comunidad nacional viva y fuerte, al respecto Arencibia expresó: “una conciencia nacional basada en nuestra singularidad como nación soberana, en nuestras tradiciones, en nuestra historia, en nuestros proyectos, en nuestro inquebrantable deseo de trabajar unidos en la búsqueda de la justicia y la paz, en pro de una nación mejor para las generaciones venideras”. En pocas palabras, una conciencia nacional basada en la profunda vivencia del más genuino y bien entendido patriotismo.

Las necesidades de la defensa nacional exigen que fortalezcamos el patriotismo, destacando aquello que nos une en lugar de aquello que nos divide, que rescatemos nuestras tradiciones, nuestra historia y nuestros valores patrios. Ellos son los que nos otorgan nuestra identidad, los que nos hacen sentirnos parte de un mismo pueblo y nos diferencian de las demás naciones. La vivificación de nuestra identidad nacional, dado el actual proceso de globalización, es hoy más necesaria que nunca. Debemos enorgullecernos de ser chilenos, desterrando el mito de que somos un país pequeño y pobre; somos dueños de un territorio, terrestre y marítimo, muy rico y más grande que el de casi todos los países de Europa, y nuestra población tiene una elevada capacidad intelectual y una gran calidad humana. Hemos visto en décadas recientes como, mediante políticas adecuadas, es posible crear un marco propicio para despertar esas potencialidades y lograr un acelerado desarrollo.

La historia de la humanidad nos recuerda que cuando los pueblos pierden el sentimiento de la nacionalidad, concluyen siendo absorbidos por las naciones más poderosas. El antiguo aforismo de que el débil constituye el manjar apetecido del poderoso, tiene hoy día una fuerza indesmentible.

Lamentablemente, hay personas en nuestra sociedad que tienden a darle la razón a Francisco Antonio Encina, quien dijera que “las diferentes secciones iberoamericanas tienden cada día hacia un nacionalismo más acentuado. Brasil quiere ser más Brasil, Argentina más Argentina, Perú más Perú, Bolivia más Bolivia…sólo Chile quiere ser menos Chile”…

Cuando se habla de integración, desarme y pacifismo parece pertinente citar a Alone; “¿Queremos seguir existiendo, deseamos ser lo que todavía somos, un país diferente que tiene sus tradiciones, su carácter, sus leyendas, su orgullo y sus costumbres o nos tientan la disolución, el conglomerado, la quimera panamericanista y acabaremos por ceder a la tentación de morir? Parece extremado el dilema; pero no hay otro. Ahí están los hechos, los documentos, las declaraciones, los tratados. Ahora tomen la palabra, las teorías. Llegamos a momentos decisivos y dos fuerzas antagónicas, la realidad y la aspiración van a encontrarse. “La historia sólo condena a los pueblos que renuncian a defenderse” (Frase atribuida a André Beaufre).

En relación con estos conceptos acerca de la pérdida de la voluntad de defensa, parece interesante citar a Solzhenitsyn; “No existen armas, por muy poderosas que sean, capaces de salvar a occidente, mientras él no remedie la pérdida de su fuerza de voluntad”. En un estado de debilidad psicológica, las armas llegan a ser una carga para el lado que capitula. Si uno quiere defenderse a sí mismo, debe estar dispuesto a morir; y existe poca disposición a morir en una sociedad criada en el culto al bienestar material. En este caso, no puede hacerse nada, excepto concesiones, intentos de ganar tiempo y traiciones.

En el camino desde el Renacimiento hasta nuestros días, hemos enriquecido nuestra experiencia, pero hemos perdido el concepto de una entidad suprema completa, que solía refrenar nuestras pasiones y nuestra irresponsabilidad. Hemos puesto demasiada esperanza en las reformas políticas y sociales, para descubrir finalmente, que nos encontrábamos privados de nuestra riqueza más preciosa: nuestra vida espiritual.

En un mundo tan complejo como el actual, en el que todo se encuentra, de una forma u otra, muy relacionado, ningún sector de la vida nacional está exento de obligaciones respecto a la Defensa Nacional. De igual forma sucede con respecto a ciertas amenazas que puedan producirse fuera de las fronteras de la propia nación, sea contra objetivos materiales o subvirtiendo valores espirituales… también en estos casos se encuentra inmersa la Defensa Nacional, porque se pone en peligro la Seguridad Nacional.

La Defensa Nacional, en lo que a la población se refiere, se materializa esencialmente en una actitud de sacrificarse por la Patria, de entender más de deberes que de derechos. Juan Arencibia decía; “Son muchos los que, en nombre de la libertad pretenden sacudirse de los deberes que la sociedad les impone, sin embargo, son los más exigentes a la hora de sacar provecho de las ventajas que esa sociedad, con la que se muestran disconformes, les ofrece”. Todo esto se alcanzará el día que nuestra obra y la de aquellos que nos sigan sea, antes que ninguna otra cosa, la defensa decidida de los valores nacionales, la exaltación del culto a Chile y el decidido intento de que, por encima de las  ideologías políticas y de la lucha de clases nos una a cada chileno con todos los demás el orgullo de haber nacido en esta “terraza infinita bañada de mar y cielo” (André Frossard).

La voluntad de defensa, en definitiva, está cimentada sobre la base de ciertos valores morales fundamentales, entre los cuales se destacan, según Blanco Ande, los siguientes:      “amor a la patria, solidaridad y fraternidad, apego al territorio, fortaleza moral y abnegación, amor a la libertad y respeto al vínculo familiar”.

Aun cuando ya se ha señalado, cabría agregar que la voluntad de defensa se manifiesta claramente en el grado de aceptación o de contribución ciudadana a la defensa militar. “Si la defensa nacional es una necesidad primaria y primordial de la comunidad política, de ahí se desprende que ninguno de los que la integran pueda excusarse de contribuir a ella en la medida de sus posibilidades (Pablo Casado).