Febrero 2019

EL HOMBRE… SU NATURALEZA SOCIAL Y POLÍTICA (VISIÓN SANTO TOMISTA)

Siguiendo a Santo Tomás de Aquino y de acuerdo a la concepción cristiana, podemos expresar que El Hombre es la síntesis o comunión, en una sola substancia del cuerpo y el alma. Ambos elementos en forma separada no constituyen el hombre. Esta unidad es la que proporciona a cada ser humano aquellas características particulares que lo distinguen de sus semejantes. El alma constituye el primer principio inmanente de todo ser humano, y sus principales manifestaciones son el movimiento y el conocimiento. Santo Tomás expresa que el principio del pensamiento o alma nacional, es la forma esencial del hombre y su actividad propia es el pensamiento, lo que lo diferencia de todos los otros seres vivos. Veamos brevemente cuáles serían estas características particulares del ser humano:

La razón o alma racional; Es la potencia del alma que tiene la facultad del entendimiento y de la reflexión, pero no es el alma misma, sino una manifestación de su actividad. Hay que recordar que, para Santo Tomás, el alma es una sola, incorporal, inmaterial e inmortal, dotada de potencias reales, fuentes de las facultades del pensar, sentir y de la vida biológica y física del hombre.

El conocimiento humano; Es una actividad del alma racional de carácter pasivo y receptivo, en la cual el conocimiento es asimilado por el sujeto que conoce al realizar una captación de la realidad, estableciéndose una estrecha relación entre la percepción sensible y el conocimiento intelectual. Como el conocimiento es una actividad pasiva, necesita pasar de la potencia al acto, así se plantea la existencia del intelecto, que constituye el principio activo del proceso. Por otra parte, los caracteres que concurren al conocimiento son: la percepción sensible, el sentido común, la imaginación y la facultad sensible de juzgar.

La voluntad; El hombre tiene en común con los animales una extensa variedad de apetitos sensibles que siguen a la percepción y también un apetito racional o intelectual que le hace desear el bien aprehendido por la razón, lo que constituye la voluntad. La raíz y origen de la voluntad es la razón, porque el hombre no se conforma con el conocimiento de un objeto, sino que a partir de ese conocimiento lo acepta como bueno y tiende a él, o lo rechaza como malo y se aparta, por lo que nada es objeto del querer, a menos que expresamente sea conocido. El que la voluntad tienda o desee un objeto, no significa que éste sea bueno en la realidad, sino que ha sido concebido como bueno por la razón. Por esto Santo Tomás dice que la inclinación de la voluntad hacia el bien es algo natural, y que los hombres buscan ese bien como algo bueno o que creen bueno.

Libre elección; En relación a los bienes particulares, la voluntad no actúa obligada, porque tiene la facultad de juzgar libremente para decidir. Así, todo acto de libre elección va precedido por un juicio de la razón y producido por la voluntad. Esto significa que todos los actos que lleva a cabo un ser humano son libres.

Fin último del hombre; El hombre es libre de elegir su bien particular, lo que corresponde a un fin también particular, para llegar a ese fin usa medios que lo llevan a ese bien elegido. El hombre quiere muchas cosas, algunas las desea para obtener otras y otras las quiere por si mismo. Así tenemos fines próximos y fines últimos. Aquí surge la interrogante de si puede existir más de un fin último. Esto no puede ocurrir, debido a que el fin próximo es deseado en función de un fin último, el cual debe constituirse en un fin terminal para ser realmente último. Santo Tomás sostiene que la moral es el movimiento de la criatura racional hacia Dios y que, en la cúspide, como meta de esta trayectoria está la bienaventuranza o visión de Dios, lo que es el fin último del hombre. Este deseo de lograr la bienaventuranza, lo materializa el hombre a través de actos morales que son fines intermedios. La atracción del hombre hacia el fin último, se debe a que la idea de bien atrae irresistiblemente a la voluntad y como Dios creó al hombre para que alcance el Bien Supremo, que es Él mismo, es que el ser humano busca alcanzarlo como una meta definitiva, porque al lograrla “desde esta visión surge para la voluntad humana un amor y una alegría inefable”.

Sin embargo, las personas tienen diferentes ideas acerca de lo que es el bien, aunque es común a todos los seres humanos el anhelo de realizar lo que en él está en potencia, vale decir para este acto, buscar la felicidad, bien que satisface su propia voluntad. Por esto, es que cuando Santo Tomás considera que el fin supremo y último para el hombre es Dios, no quiere decir que todos los hombres busquen alcanzar la perfección moral, sino que todos tienden a la realización de las posibilidades de sus naturalezas particulares.

Veamos ahora la Naturaleza Gregaria del Hombre. Dios o la naturaleza proveyó a todos los seres vivientes de características físicas especiales, que le permiten sobrevivir. Esto no sucede con el hombre, el cual desde el momento que nace necesita del apoyo y la ayuda de otros hombres. Sin embargo, Dios dotó al hombre de la razón con todas sus capacidades, lo que con la habilidad de sus manos le permite obtener lo que necesita de su entorno. Pero no es posible que un solo hombre pueda conocer todo lo que necesita para sobrevivir, porque el conocimiento es asimilado por el sujeto que conoce y procede de la experiencia sensible y luego de ser procesado por el intelecto, se traduce en actos humanos. Así, un hombre aislado no puede conocer todo y necesariamente por su propia conveniencia tiende a asociarse con sus semejantes, con los que intercambia sus experiencias sensibles particulares, abarcando de esta manera mayor número de campos del conocimiento. Más aún, el hombre fue dotado por Dios con el lenguaje, lo que le permite expresar y transmitir a sus semejantes sus ideas y sentimientos, que le facilita enormemente esta comunicación vital para su existencia y desarrollo. Así se comprende perfectamente que el hombre por necesidad y naturaleza es un ser esencialmente gregario.

Así entonces, la condición gregaria y social del hombre lo hace unirse en asociaciones de personas que buscan satisfacer sus necesidades personales y que tienen un fin que es común a todos a los integrantes del grupo. Cada uno de los integrantes busca su satisfacción personal, lo que puede traer como consecuencia, múltiples conflictos al oponerse en algún momento a los intereses de los asociados, o al menos verse afectado alguno de los miembros de la comunidad. Así surge en forma natural la necesidad de que alguien dirija y decida dentro del grupo cuáles son los medios convenientes para que el todo alcance el fin común perseguido.

En el “Prefacio a la Política de Aristóteles”, expresa Santo Tomás, que la naturaleza procede en sus operaciones desde lo más simple a lo compuesto, por lo que sus realizaciones más complejas son a la vez su obra más perfecta en función de todas las que le preceden. Indica también que la razón humana, además de disponer de cosas materiales para su uso y beneficio, dispone también de hombres, por cuanto la razón los lleva en procura de un fin determinado. De esta manera, los hombres impulsados por la razón, se van agrupando en comunidades que procuran satisfacer sus fines intermedios, para ir configurando la reunión que es la comunidad civil, ordenada con el fin de ser suficiente a la vida humana buena, trascendente al fin último, la bienaventuranza. Se configura de esta forma la sociedad civil, como una creación de la razón humana.

La sociedad civil o sociedad política es una creación del hombre que fluye de la indigencia humana, porque el hombre se agrupa en comunidades para vivir decentemente. La sociedad no sólo es buena para el hombre en el aspecto material, sino que también lo es en la parte moral e intelectual, ya que le permite desarrollar sus propias virtudes y satisfacer la necesidad de comunicación, en cuanto busca compartir sus realizaciones y sentimientos humanos con otros semejantes. Es así como se constituye por diversas comunidades, que partiendo de la familia se organizan bajo un mismo régimen legal para vivir bien y lograr los fines perseguidos. Al gobernante, máxima autoridad del régimen estatuido, le corresponde conducir la sociedad política de modo que ésta viva en paz y unida en la pluralidad de hombres que la constituyen y velará por la satisfacción de los medios materiales necesarios para el desarrollo y sostenimiento de ella. Por esto, gobernar significa conducir lo gobernado al fin conveniente.

Sin embargo, es necesario que la sociedad esté organizada de modo que se realicen en ella todas las tareas necesarias, distribuyéndose el trabajo y funciones, de manera que se administren adecuadamente los recursos disponibles. Esta organización o distribución de cargos implica en primer lugar a aquellos que colaboran con el gobernante en la conducción de la sociedad, en algunos casos por delegación de la autoridad, vale decir, lo que conocemos como Gobierno y todo el aparato burocrático necesario para cumplir las tareas que le son propias y por otra parte, las diversas profesiones y oficios que se dan en la sociedad, y que son la base de esta asociación, lo que permite “satisfacer las necesidades de la vida”.

En la sociedad existe una diversidad de personas que desempeñan múltiples funciones. Esta característica produce diferencias en los ciudadanos, que va a generar las clases sociales en ese conjunto.  Santo Tomás dice: “es necesario en toda congregación, y sobre todo en la ciudad, que haya diferencia de grados en los ciudadanos en cuanto a las casas y familias, a las artes y oficios, más todo debe estar unido bajo el vínculo de la sociedad, que es el amor de los ciudadanos”. Ahora, el vínculo del amor de los ciudadanos es considerado como una virtud unitiva, que obliga a todos los ciudadanos entre sí, por el que se hace el bien a la sociedad y permite que cada persona, de acuerdo a su propia capacidad o estado se integren a ella. Esta diferencia entre los ciudadanos se especifica aún más, cuando se trata el reparto de la riqueza, para lo cual deben considerarse las cualidades de cada uno.

Cada hombre entra en el ordenamiento social en procura de su propio bienestar, por lo que cada uno de los componentes de la asociación desean alcanzar su bien particular. Obviamente, si esto se produjera, la sociedad se desquiciaría y habría un conflicto permanente entre sus partes. Surge así un principio director que unifica los bienes individuales de las partes y es el Bien Común, concepto que adquiere un significado fundamental. El Bien Común no es igual al Bien Particular, como lo indica Santo Tomás, cuando dice, “Esto es razonable, puesto que no es lo mismo el fin propio y el fin común. Según el fin propio, todos difieren; según el bien común, se unifica”. El Bien Común es el bien de toda la sociedad y de cada una de sus partes, lo que se explica considerando que el hombre es tanto parte como todo, parte, en cuanto a que pertenece al todo social como individuo material, y todo, porque es un todo en sí, en cuanto a que es persona. Por esto, el Bien Común está subordinado al bien del ser humano, considerado como persona. Así, el Bien Común tiene como finalidad asegurar al hombre las condiciones para que realice su vida como persona y lo restringe, en cuanto a individuo.

En todo caso, el Bien Particular no se opone al Bien Común, porque ambos son bienes propios de la persona humana, sea con sus fuerzas singulares en el caso del bien particular, o con la colaboración de todos los componentes de la sociedad en el caso del Bien Común. Sin embargo, es necesario destacar que el Bien Común como fin de la sociedad política temporal, está infra ordenado al bien del Reino de Dios, de acuerdo a la visión cristiana.

Hasta aquí hemos visto al hombre individual y social, en el próximo artículo abordaremos al hombre político.