Abril 2019

   UNA MIRADA A "KARL MARX Y A "JEAN JACQUES ROUSSEAU"

SOBRE LA NATURALEZA SOCIAL Y POLÍTICA DEL HOMBRE

Derivado de los dos artículos anteriores, se hace necesario dar una mirada a estos dos grandes pensadores en relación a la naturaleza del hombre. La concepción de Karl Marx es puramente materialista, y el hombre es un producto que surge de la naturaleza que pretende humanizarse. El hombre es puramente materia, oponiéndose a la idea de Santo Tomás, de que el hombre es la comunión perfecta de cuerpo y alma, según Marx, la naturaleza tomada en forma abstracta no es nada para el hombre, sin embargo, no puede existir el hombre sin la naturaleza, o fuera de la relación hombre-naturaleza.

Así entonces, la naturaleza se humaniza en el acto inicial en que produce al hombre y éste a su vez satisface sus necesidades iniciales en la naturaleza, luego, continuando esta relación, intervienen las producciones del hombre para la satisfacción de sus necesidades. Aquí Marx introduce el trabajo humano como mediador entre esa relación hombre-naturaleza, orientándola hacia su concepto de materialismo, ya que los productos fabricados pasan a ser creación del hombre. Toda esta conceptuación de la relación hombre-naturaleza constituye la base del materialismo marxista. El hombre comienza recolectando frutos y luego sigue trabajando, labrando y fabricando objetos naturales; luego observando la propia naturaleza crea instrumentos que no consume, pero que se incorporan a su ser, transformándolos en un mediador entre la naturaleza y su ser, con los que fabrica productos, ahora creados por él. Luego, cuando empieza a relacionarse con otros hombres se producen intercambios de productos que dan nacimiento a sociedades menos naturales, que salen del ámbito familiar. Estas relaciones de intercambio subsisten y cada vez son más complejas, incorporando también más humanidad al proceso, con lo que la universalización del hombre está en curso. Esta es la razón por la que el trabajo productivo desempeña una función de mediación social.

Marx afirma que: “el hombre no es más que un ser surgido de la naturaleza con vocación de universalizarse, de romper su particularidad, de romper tanto la separación que le enfrenta a la naturaleza como el tabicamiento que le separa de otro hombre” (Economía Política y Filosófica, 1844). La primera relación que se produce es hombre-mujer, en la cual éste se ve como humano, transformando y enriqueciendo su naturaleza, luego se producen relaciones sociales más complejas, partiendo desde la familia, hasta variedades menos naturales, como producto de la intermediación que resulta de los bienes materiales, con gran énfasis del trabajo productivo del hombre, la naturalidad subsiste, pero cada vez la agrupación es más elaborada. Así, el trabajo cumple una función de mediación social, pero cuando el hombre es despojado de sus medios de producción, continúa Marx, el trabajo se convierte en un medio de división.

No hay coincidencia con la visión cristiana en la importancia que da Marx al trabajo del hombre, ya que para ésta el trabajo es solo un medio por el cual el hombre busca satisfacer sus necesidades particulares y que, en el conjunto de la sociedad, a través de la división de él, se logra la satisfacción del conjunto; “no deberá ser el trabajo un medio de discordia, porque la autoridad se encarga de proteger y establecer las relaciones necesarias para evitar conflictos”.

Para Marx, siempre existirá una interacción entre las relaciones sociales y las fuerzas productivas, siendo determinadas las primeras por las segundas; estas fuerzas productivas, sumadas a las relaciones sociales condicionadas por ésta, Marx las llama “infraestructura” o modo de producción, a su vez determinan y condicionan las formaciones sociales de la conciencia, como son las instituciones, la moral y las ideologías, entre otras, lo que denomina “superestructura”. Se reafirma aún más el materialismo marxista, al condicionar todas las creaciones intelectuales del hombre, como es el Estado o cualquier institucionalidad, a las relaciones económicas determinadas por el trabajo del hombre. Para el cristianismo en ningún caso estas relaciones determinarán ni la conciencia del hombre, ni su pertenencia a una clase determinada, lo que se producirá sólo de acuerdo a sus capacidades y diferencias naturales de ellos. La conciencia del hombre actuará de acuerdo a su capacidad de libre elección razonada.

Por su parte, para JEAN JACQUES ROUSSEAU, el hombre vivió por milenios en estado natural o salvaje, tal como fue creado, libre de toda relación regular, de toda comunicación con sus semejantes e ignorante de la moralidad, obteniendo de la naturaleza todo lo necesario para vivir. En esta situación el hombre vivía plenamente feliz, sin embargo, por circunstancias fortuitas y motivado por las facultades propias del hombre, que para este pensador son: “la libertad de consentir o resistir y la facultad de perfeccionarse”, llegó a establecer relaciones con sus semejantes para vivir mejor, logrando un segundo estado en el cual es aún más feliz desarrollando sus facultades. De este estado de felicidad el hombre evoluciona a un tercero, cuando se inventan la agricultura y la metalurgia, lo que es funesto para él ya que aparecen: la propiedad privada, la desigualdad, la riqueza, las rivalidades y los desórdenes, lo que produce en este hombre feliz y bueno un cambo negativo que lo obliga a asociarse en grupos mayores, para evitar su destrucción material y lograr sobrevivir, resultando así, como un mal menor, las relaciones sociales.

Rousseau pensaba que la vida en sociedad que el hombre ha buscado, trae como consecuencia que éste pierde su libertad primitiva ante las exigencias que le impone la sociedad civil, lo que debe tratar de conciliar. La solución que propone Rousseau es encontrar una forma de asociación que defienda y proteja con toda la fuerza común, la persona y los bienes de cada uno de los asociados, y por la cual cada uno de ellos, uniéndose a todos, obedezcan, sin embargo, solamente a sí mismo y continúen tan libres como antes; este es el problema que procura solucionar a través del “Contrato Social”; de esta manera, la sociedad se transforma en un gran contrato, el más general de todos, en el cual todos encuentran su lugar y cuyo contrato político no debe ser más que su aplicación o garantía. Así, la sociedad fundada en el consentimiento de los individuos, hace que la soberanía del cuerpo social sustituya legítimamente a la libertad natural. La libertad se garantiza con la participación del individuo en la determinación del comportamiento de la colectividad, por lo que, al obedecer el mandato de la voluntad general, se obedece a si mismo. El compromiso que se adquiere y que da fuerza al pacto social, es que quien no obedezca la voluntad general, será obligado por todo el cuerpo social a acatarla.

Para Rousseau el pueblo tiene el poder y lo ejerce a través de la función legislativa, ya que para él no existe la representatividad y agrega que “toda ley que no haya sido rectificada personalmente por el pueblo, no es ley”; vale decir, que a lo menos el pueblo debe expresarse a través de un referéndum de aceptación.

Como se puede apreciar, Rousseau a través de su Contrato Social, hace que la voluntad del cuerpo social reemplace la libertad individual. La voluntad general, que no es igual a la voluntad de todos, corresponde a la voz de la mayoría, aunque ésta no sea unánime, ya que las minorías deben acatarla, de acuerdo al Contrato Social, como vimos anteriormente. En todo caso, todas las voces deben ser tomadas en cuenta. Para Rousseau, la voluntad general corresponde al Bien Común de los escolásticos y constituye un instinto del cuerpo político que equivale al instinto del ser natural referido al bienestar personal y su propia conservación. Por esto, la voluntad general está orientada al interés privado y es la suma de las voluntades particulares.

Finalmente, esta concepción de la voluntad general o interés común, difiere notablemente de lo expuesto por Santo Tomás, principalmente en los siguientes conceptos: se subordina el Bien Particular al Bien Común, porque la minoría debe aceptar la voluntad general y plegarse a ella; el hombre pasa a ser una parte del todo, solamente considerado como ser material, sin considerar su condición de persona.