Junio 2019

ANÁLISIS DEL ESTADO Y SU SERVICIALIDAD

 

Basado en la literatura del Derecho Público y en el pensamiento de Jacques Maritain, brevemente me referiré al Estado, el cual constituye “la parte más alta de la sociedad política, encargada de los intereses del todo”, se define a partir del bien y no del poder, ya que, si se definiese a partir del poder, el Estado se podría confundir con el agente que disponga en ese momento de mayor poder. Así entonces, el Estado es el rector del bien común, es el bien del todo social, pero en particular es el bien de las personas, de los individuos, de las personas que componen el todo social, es la proyección en lo común de las exigencias del bien de la persona misma, y que recae sobre cada individuo. Tiene como misión y como tarea, llevar al pueblo a su bien, es servidor del pueblo en el bien común.

A partir de esto, el Estado gobierna y administra, gobierna a los hombres, a los ciudadanos, en vista a promover y hacer posible su participación en el bien común en todas sus dimensiones, facilitando la consecución personal de dicho bien. En la participación del bien común, no compete al Estado la “preocupación” práctica y concreta por el bien puro y simple del hombre, pero sí, debe en una u otra forma considerar ese bien para respetarlo en su “trascendencia”, y no arrogarse lo que no corresponde. Es ésta una cuestión clave para definir y delimitar el papel del Estado, por ejemplo en la educación y la cultura, así como en su relación con la iglesia y las religiones. Este fin no debe ser confundido ni con el interés de grupo, sector o programa del partido del que gobierna…el Estado administra las cosas, es decir, la “cosa pública”. La administración estatal es exigida por el servicio al bien común, y no se justifica sino en él. La síntesis de su rol como tal, ya la había hecho muy bien Santo Tomás de Aquino, él estableció cinco aspectos que definen al Estado: 1) Éste debe llevar al pueblo a existir en su bien; 2) Una vez establecido esto, en lo fundamental, preservarlo; 3) Siempre mejorarlo, o agregarle bien al bien; 4) Corregir lo que está en desorden y 5) Cambiar o reemplazar lo que no cumpla ya su función y que no pueda ser corregido ni mejorado.

Ahora, el bien común es el fundamento de la autoridad del Estado, la cual implica la capacidad moral de ordenar, de mandar y ser obedecido. Jacques Maritain afirma que “puesto que para conducir a una comunidad de personas humanas hacia el bien del todo como tal, es preciso que algunos en particular se encarguen de esta conducción y que las orientaciones que impartan, es decir, las decisiones que tomen a este respecto, sean seguidas u obedecidas por los otros miembros de la comunidad”, así entonces, se debe considerar que la autoridad que justamente requiere la obediencia, no es la del amo, sino la del servidor y administrador, que se dirige a hombres libres y para su bien.

Los límites del Estado son los del poder; su energía es la voluntad del gobernante (individuo, grupo, partido), está presente aquí la clásica idea de soberanía, pero también, y sin contradicción, el mito de Rousseau de la “soberanía popular”, el que, a pesar de la apariencia, de hecho, refuerza la concepción absolutista de la soberanía, es decir, centrada en el Monarca, sin cambiar realmente de sujeto de atribución. Lo menos que se puede decir, es que los que guían el Estado, están continuamente expuestos a las tentaciones de dar libre curso a tendencias imperialistas y a la sed de poder absoluto. De ahí que el bien de la sociedad depende de instituciones dotadas de un poder de resistencia igual a la voluntad del Estado.

En esta perspectiva, el Estado soberano, tiende así a confundirse con la sociedad política tomada como un todo y aun con el pueblo mismo. Tiende, por ello, a imponerse a todos, y al límite a “hacer al hombre libre a pesar suyo” de acuerdo a la receta de Rousseau.

Juan Pablo II en tres encíclicas sucesivas, denunció que la pérdida del sentido universal y permanente del bien, de las normas y valores, y de la verdad en las modernas democracias, lleva a un totalitarismo abierto y encubierto. Esta visión puede expresarse y la historia así lo enseña, como la del régimen de Partidos que deja el paso al régimen partidario (Burdeau), para llegar en la energía voluntarista e ideológica del poder, al Estado confundido pura y simplemente con el Partido, o más bien, al Partido que es el Estado.

En sentido contrario, el progreso de la sociedad y de la libertad exigen que, en cada momento de la evolución de la sociedad, los individuos y las unidades menores asuman directamente el mayor número posible de tareas, y que la unidad mayor asuma el menor número posible de ellas. Es ésta una exigencia mayor del bien común que, si se lleva a cabo debidamente, conduce a una protección “estructural” de la sociedad y el pueblo, frente al “abuso frecuente y a menudo grave” de parte de la autoridad estatal que dispone del poder. Se limita así, el campo en el que se forjan las oportunidades que favorecen la corrupción, considerando que “de todas las perversiones de la autoridad política, la más obvia, y la más detestable, es la subordinación del bien público al interés privado de los hombres que están en el poder, y así, la relación al bien común corresponde tan esencialmente al gobierno civil, que gobernar en provecho del bien privado, significa degradar el Estado en tiranía.

Digamos que no se concibe este breve análisis crítico como una exhortación a eliminar el Estado, lo cual es simplemente utópico. Se trata solo de mantenerlo confinado en las funciones que le pertenecen irrenunciablemente, y de mantener a raya su permanente tendencia a traspasar sus límites, a abusar, invadir o destruir.

Sin embargo, el Estado es guía y conducción al bien común, y puesto al servicio del pueblo en este bien y en esa conducción. Pero, su rol debe ser proporcionado a la misión y a las tareas.  Como los antiguos griegos, romanos y medievales lo sabían, el buen gobierno es primero y básicamente el buen gobernante, es decir, quien tenga la capacidad moral (por sus virtudes) para mandar y ser obedecido, aun si en cualquier caso se debe obedecer a Dios antes que a los hombres, cualquiera sea la autoridad que éstos posean o se arroguen.