Agosto 2019

Función Política de las Fuerzas Armadas

Según la literatura en derecho político, política es aquella actividad libre que tiende a la organización …y defensa… de un orden basado en el bien común; así entonces, podríamos decir que las instituciones armadas son instituciones políticas. En efecto, si tratamos de ver cuál es la realidad de la función militar, nos daremos cuenta de que ella existe en virtud de unas finalidades netamente políticas que deben ser satisfechas, incluso la guerra misma, como bien lo ha señalado Clausewitz “es un acto político”. La apreciación, tantas veces repetida, de que la guerra es la continuación de la política por otros medios, nos parece bastante alejada de la realidad y causante de no pocos equívocos. La guerra en sí misma es una opción política más, ya que con ella se persiguen finalidades exclusivamente políticas. Es así como el militar español, Felipe Quero Rodríguez, en su libro “Milicia y enseñanza militar”, mencionaba que “El hecho de que el enfrentamiento armado se resuelva de forma fundamental por medio de procedimientos técnicos militares, no desvirtúa su naturaleza política y por eso la función militar es de ejercicio técnico-profesional y de finalidad política”.

Las Fuerzas Armadas no son por tanto, ajenas a lo político en su más fundamental acepción, por otra parte, hay una serie de aspectos que implican al ejército en la política; que ponen de manifiesto que está muy lejos de ser algo que no roce con la política, sino que está inmerso en ella. Samuel E. Finer, señalaba que “Si apreciamos bien la realidad de las cosas, podremos darnos cuenta de que los militares siempre cumplen una función política; sólo varía la forma en que ésta se manifiesta”. Así entonces, la finalidad de la institución militar es de índole política.

No obstante, en la realidad, la actuación política de las Fueras Armadas es considerada extramilitar. Ello procede, como señala Hermann Oehling, de “una concepción de antagonismo entre ambas sociedades, la civil y la militar”. Se olvida demasiado fácilmente que, en definitiva, el establecimiento militar no es más que la dimensión defensiva de una comunidad política, es su estructuración para la defensa. En general, se ha prestado poco interés a la fuerza militar como institución y como factor vital del complejo político. Las mismas Fuerzas Armadas han guardado un comprensible silencio sobre sus funciones extralimitares e incluso en sus declaraciones y escritos, abundan las manifestaciones de apoliticismo.

Claro está, que las Fuerzas Amadas nacen de la voluntad nacional de asegurar su defensa, por ello, encarnan el máximo exponente del deseo de mantener la unidad de la comunidad política, es decir, de la permanencia misma de la Patria. Ellas son, como lo expresa Ramón González López “una institución sustantiva fundamental en el orden de la sociedad, cimiento y garantía del Estado, de su supervivencia y de su vida, es decir, de la actividad política y del orden institucional”.

Las Fuerzas Armadas son el órgano fundamental que el Estado se da para su protección y defensa, y son, por lo tanto, esenciales para la seguridad nacional. Las Fuerzas Armadas constituyen la garantía de una existencia en libertad y del ordenamiento institucional de la República. La nobleza de las Fuerzas Armadas reside en que ellas están consagradas al servicio de la patria y, en definitiva, su fuerza se ejerce en defensa de la dignidad del hombre y de sus derechos fundamentales.

La naturaleza de su misión está más allá, por tanto, de las opciones políticas concretas y temporales. Las Fuerzas Armadas están por encima de la política partidista; ellas están directa y entrañablemente unidas al pueblo y a sus instituciones fundamentales y son depositarias de su confianza y seguridad.

Este alto deber, que corresponde a las Fuerzas Armadas, impone a sus miembros el debido respeto a cualquier opción política que tenga cabida en el orden institucional, sin que, les sea lícito, en consecuencia, participar ni mostrar su preferencia por cualquiera de ellas. El actuar de otra manera, tiende a resquebrajar la necesaria unidad de los institutos armados y conlleva un relajamiento de la disciplina, que tiende a reducirla a un acatamiento meramente formal, lo que constituye el peligro más grave para un Ejército y que pueda hacer que éste se derrumbe estrepitosamente cuando sea sometido a prueba.

La moral militar está en la voluntad de la sociedad de defenderse a sí misma, por eso, las Fuerzas Armadas no pueden representar a un sector del pueblo o a algunas personas nada más.  Porque cuando la Patria está en peligro y sus hijos son llamados masivamente a defenderla con sus vidas, a ninguno le preguntamos por sus ideas políticas ni se nos ocurre que los únicos obligados a defenderla sean los que sostienen determinadas concepciones de la sociedad.

De aquí el relato español, acerca de la actitud de un oficial que, al recibir ciertas indicaciones sobre el voto de sus soldados, rechazó con riesgo las sugerencias, diciendo: “Mi deber es conseguir que mis soldados me obedezcan hasta la muerte en la defensa de la Patria, y si esa obediencia he de exigirla a todos, aun a los de ideas más opuestas a las mías, mi obligación es no mostrar ante ellos preferencias políticas o ideológicas”.

En resumen, las Fuerzas Armadas, como un todo y también sus miembros individualmente considerados, deben estar marginados de toda pugna política partidista, sin perjuicio del derecho ciudadano de sus miembros de expresarse en las urnas. La participación de los militares en la vida política del país es un derecho inalienable, puesto que los miembros de las Fuerzas Armadas están dotados de derechos ciudadanos que les permiten tomar parte activa en aquellos ámbitos del quehacer político y social considerados en la Constitución. Dicha participación sólo se debe ver restringida por ciertas normas legales y reglamentarias, tendientes a mantener la unidad y la disciplina, y el buen funcionamiento de las instituciones militares.