Septiembre 2019

LA CONDUCCIÓN POLÍTICA Y ESTRATÉGICA

 

La Dirección es el arte de poner la organización al servicio de la estrategia, de conformidad a esta definición, se intentará sucintamente dar respuesta a la siguiente interrogante: ¿cómo se entiende la conducción política, con relación a la seguridad y defensa del país?

Según lo expresado por Clausewitz “la guerra es la continuación de la política por otros medios”, esta expresión, nos daría a entender que la política y la guerra serían dos actividades muy distantes o mejor dicho muy diferentes, como también sucesivas. Dicho esto, se podría concluir que se llegaría a la guerra por el fracaso de la política, lo cual daría paso a las Fuerzas Armadas para que sean ellas las que resuelvan el problema.

La guerra sería entonces un asunto exclusivo de índole militar, donde la “política” recién tomaría nuevamente el control, solo al término de ella. En este aspecto, se podría decir, que la política no debería interferir en la conducción de la guerra. Pero permítanme citar nuevamente a Clausewitz “vemos por lo tanto que la guerra no es simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento político, una continuación de la actividad política, una realización de la misma por otros medios”, aquí entonces cambia el espectro y se aprecia el rol instrumental de la guerra y por tanto, resalta la responsabilidad política en cuanto a la decisión de su empleo y principalmente en el tema que nos preocupa, la responsabilidad en su conducción.

En virtud de lo expuesto, se estima prudente abordar brevemente la relación entre el objetivo político y el esfuerzo militar, pues es muy importante la valorización que los niveles políticos de los Estados le asignan al objetivo por el cual van a la guerra, pues esa valorización es la que permite visualizar la intensidad probable del conflicto, lo que podría ser la diferencia entre una simple demostración de fuerza hasta una guerra total o de exterminio. En este punto, aparece un aspecto relevante, como es el que para asignar valorización a los objetivos, debe existir un cabal conocimiento del entorno presente y principalmente futuro, es decir, demanda acercamiento al futuro, lo cual exige dotarse de una estrategia, en otras palabras, de un conjunto de reglas de conducta que permitan alcanzar los objetivos de la política.

La valorización de la que hablo, es algo compleja pues implica proyectos, relaciones de fuerza y también determinados retos. Otro aspecto que dice relación con esta valorización, es el hecho de tener en cuenta los escenarios que se presentan, es decir, las descripciones de situaciones futuras y de los eventos que nos llevarían a ese futuro, y aquí se debe considerar al elegir el escenario más probable, comprendiendo que en épocas pasadas cuando el mundo cambiaba menos de prisa que hoy en día, donde lo más común era la continuidad de las tendencias, en este sentido Michel Godet decía “es que actualmente lo probable parece más bien que corresponde, en la mayoría de los casos, a profundas rupturas de las tendencias actuales”.

Los objetivos políticos se derivan de los intereses nacionales y en la mayoría de los casos se intenta su obtención en forma pacífica a través de la acción diplomática, económica y/o psicopolítica, manteniendo al instrumento de acción militar en un plano de disuasión, para dar el marco de seguridad correspondiente. Entenderemos entonces como guerra, al estado a que se llega cuando uno de sus actores políticos decide emplear la fuerza militar para alcanzar sus objetivos, modificando su situación disuasiva a otra de intervención real.

A modo de conceptualización, el nivel Político (según el libro de la defensa), “es el más alto escalón de la conducción política de un país que orienta y promueve la consecución de los objetivos nacionales, normalmente, está integrado por el Presidente de la República y sus Ministros de Estado, más los parlamentarios”. Por su parte el nivel estratégico “corresponde al más alto escalón de la conducción militar conjunta, su función es preparar, entrenar y emplear las Fuerzas Armadas para neutralizar cualquier amenaza principalmente externa”. Existen ejemplos emblemáticos en la historia de la intervención política o gubernamental en la conducción de las operaciones militares, las cuales por lo general no han sido muy afortunadas; Adolf Hitler se autoerigió el Feldher (Comandante en Jefe) en la campaña de Rusia; James Carter por su parte trató de comandar personalmente la operación de rescate de los rehenes en Teherán y Lyndon Johnson intentó dirigir las fuerzas en campaña durante la guerra de Vietnam. Debemos reconocer que la historia también nos muestra la tentación militar de dirigir la guerra, un ejemplo claro en nuestros tiempos se presentó en la Guerra del Golfo al existir el intento militar de continuar la acción al interior de Irak.

En este mismo contexto, la conducción político-estratégica de EE.UU. parece haber alcanzado un equilibrio en este aspecto, el presidente Bush estableció en la Guerra del Golfo los objetivos políticos de guerra y los límites dentro de los cuales ellos debían ser alcanzados. Por su parte el presidente Saddam Hussein asumió ambos roles, es decir, de conductor político de la guerra y conductor militar de las campañas y operaciones.

Cabe mencionar que, en lo referido a la conducción político-estratégica, el concepto de maniobra es absolutamente aplicable al nivel político estratégico, pues el conductor supremo deberá accionar con sus cuatro campos de acción (Interno, Externo, Económico y de Defensa), para alcanzar el objetivo. Esta maniobra político-estratégica, es empleada al igual que los instrumentos de la política permanente, dosificando las estrategias de disuasión, de acuerdo a los dictados de la gran política y la estrategia total. Por tanto, en este nivel se maniobra siempre y en todo momento, es decir, durante la paz para mantenerla, en situaciones de crisis y durante la guerra, para lograr el objetivo político de la manera más aceptable.

Con los antecedentes expuestos, podemos apreciar que la relación entre fines políticos y acciones militares, no deja dudas de la naturaleza política de la guerra y pone de manifiesto el rol instrumental de ésta.

En sí las Fuerzas Armadas, son un instrumento del poder nacional y actúan articuladas con los otros instrumentos de ese poder, bajo la dirección del Gobierno de turno para obtener los objetivos nacionales. Así entonces, tenemos que la primera y vital responsabilidad de un gobierno, es reconocer la existencia de los conflictos que puedan amenazar al Estado e identificar con la mayor precisión y claridad posible sus eventuales características.

Por otra parte, la preparación de las condiciones diplomáticas, de las alianzas, de los recursos y previsiones económicas, de las fuerzas morales y de los medios militares de una nación para enfrentar un conflicto, deben obedecer a una idea o estrategia clara, definida y con gran permanencia en el tiempo, no olvidando que debe existir a su vez, una amplia aceptación social de ella. Es así como la conducción política-estratégica, de empleo permanente en las relaciones que posee un país, constituye la aplicación práctica del modelo político-estratégico seleccionado por el conductor político, es decir, por el Gobernante, tomando en este punto validez lo expuesto por Michel Godet, en el sentido que “son los hombres en definitiva y las organizaciones los que marcan la diferencia”.