Octubre 2019

LA GUERRA ES SIEMPRE POSIBLE

 

Dice un antiguo refrán “Dos no riñen si uno no quiere”; pero no explica cómo termina el que es provocado y no quiere pelear.  Nadie quiere la Guerra, pero la historia nos dice que por desgracia ninguna nación está libre de verse envuelta en ella. Es posible que la guerra la tengamos lejos, pero no podemos descartar y así nos dice nuestra historia, que algún día se nos acerque.

Cuando terminó la segunda guerra mundial, los vencedores estaban muy felices de crear una serie de organismos encaminados a evitar que se repitiesen los conflictos bélicos. Lo que aconteció después, es que sigue siendo una realidad actual en muchas regiones de la Tierra. Cerca de trescientas guerras de mayor o menor importancia, han quebrantado la deseada paz. Algunas de estas guerras han puesto en peligro la paz en el mundo entero.

Michael Howard, en la consideración final de su obra “La guerra en la historia europea”, advierte, “Nada ha ocurrido a partir de 1945 que indique que la guerra, o la amenaza de guerra, no sigue siendo un instrumento efectivo en la política del Estado.  Contra esos pueblos que ya no están preparados para defenderse por sí mismos, ciertamente podría ser muy efectivo”.

Las Fuerzas Amadas deben tener conciencia de la posibilidad de una guerra en cualquier momento, lo que, como es lógico, no quiere decir que la deseen. A su cargo está la defensa militar de la nación, y para hallarse a punto, física, técnica y moralmente, deben instruirse y educarse de día y de noche, durante todas las estaciones del año. Los ejercicios que realicen deben acercarse, dentro de lo posible, a las realidades que pueden tener que afrontar. Habrá que llevar a cabo temas tácticos convencionales y nucleares, no se puede descartar ninguna hipótesis. Todos los que forman parte de los ejércitos deben tener conciencia clara de que el temor a la guerra no evita que ésta pueda producirse. Ya en el siglo primero, el gran filósofo español Séneca advertía que el temor a la guerra era peor que la guerra misma. Casi dos mil años después, el general Gamelín, no exento de culpa del desastre francés de 1940, escribía en el mes de junio de ese año: “Inducido a criticar a todos aquellos que ostentaban una parcela de autoridad, incitado bajo pretexto de civilización a gozar de una vida cotidiana fácil, el movilizado de hoy en día no había recibido, durante los años comprendidos entre las dos guerras mundiales, la educación moral y patriótica que le habría preparado para el drama en el cual iban a jugarse los destinos de la Patria”. Este es el riesgo suicida que un sector de la sociedad quiere que corra su Patria.

Los gobiernos, a la hora de plantearse con responsabilidad las obligaciones que les competen de acuerdo con sus respectivas constituciones, a la vista de los datos reales que obran en su poder, no les queda otro remedio que aceptar la posibilidad de verse envueltos en una guerra. En consecuencia, se ven en la necesidad de tomar cuantas disposiciones consideren oportunas para garantizar la propia existencia de la nación y la dignidad y libertad de sus gobernados. Los gobiernos saben muy bien, por experiencia propia o ajena, que los demás estados pueden hacer uso de la fuerza en cualquier momento, y que si no están preparados para repeler por la fuerza cualquier agresión de la que puedan ser objeto, se condenan a pagar el alto precio de su imprevisión y debilidad. En este punto no tienen dudas los moralistas. El Concilio Vaticano II, en la Constitución Gaudium et Spes, uno de sus más importantes documentos, señala: “A los Jefes de Estado y a cuantos participan en los cargos de gobierno les incumbe el deber de proteger la seguridad de los pueblos a ellos confiados, actuando con suma responsabilidad en asunto tan grave”.

Si la guerra no fuese una posibilidad siempre presente en la vida de los pueblos, o si algún Estado-nación con una mentalidad o con una actitud pacifista llegase a la conclusión de que el riesgo de una guerra no existe, es decir, que no existen hipótesis de conflicto o adoptase la resolución de no emprender una empresa bélica por motivo alguno, los ejércitos no tendrían razón de ser. (Según el Libro de defensa, “las hipótesis de conflicto son escenarios supuestos de riesgo de colisión de intereses entre un país o una alianza y otro país o alianza de países…. una hipótesis de conflicto es distinta de su probabilidad de ocurrencia… ésta se establece por medio del análisis de indicadores que anuncian la posible transformación de un escenario eventual de riesgo en uno real de colisión”.

Como bien ha señalado Ortega y Gasset, un ejército no puede existir cuando se elimina de su horizonte la posibilidad de una guerra. La imagen, siquiera el fantasma de una contienda posible debe levantarse en los confines de la perspectiva y ejercer su mística, espiritual gravitación sobre el presente del ejército. Sin guerra posible no hay manera de moralizar un ejército, de sustentar en él la disciplina y tener alguna garantía de su eficacia. Por otra parte, como dice el mismo Ortega: “tener un ejército y no admitir la posibilidad de que actúe es una contradicción gravísima”.

Finalmente, este tema de la defensa nacional, no puede ser tratado aisladamente, sino que dentro de un contexto político más amplio. En este sentido y como lo expresó Adam Smith, cabría considerar que “el primer deber del soberano, proteger a la sociedad de la violencia e invasión de otras sociedades independientes, puede ser realizado solamente mediante la fuerza militar”. Más aún, y tomando lo señalado en su oportunidad por Julio Canessa, “La libertad, la paz y la seguridad de un Estado-nación no son dones gratuitos, requieren, entre otros aspectos, una constante preparación del instrumento militar para garantizarla”.