Noviembre 2019

UNA MIRADA A CHILE, DIGNA DE REFLEXIÓN

No puedo dejar de compartir este análisis realizado por el Contra Almirante en retiro peruano, Juan Marchini.

Los sucesos de Chile dejan varias lecciones que debemos aprender. En primer lugar, es evidente que la izquierda nos ha ganado la guerra cultural. De otro modo no se entiende el respaldo que llegan a tener los vándalos en diversas instituciones civiles, en la prensa y hasta en las FF.AA., que salieron a las calles para garantizarles a los manifestantes que no serían molestados en su tarea de destrucción.

La guerra cultural es la más silenciosa de las que ha emprendido la izquierda. En los últimos años, la izquierda se adueñó de los derechos humanos, tanto del discurso como de las instituciones. Esto llega incluso a niveles de vergüenza en las Naciones Unidas.

Luego se apropiaron de la memoria histórica. Los académicos de izquierda se han encargado de contar la historia desde su propia perspectiva. No solo la han contado, sino que la han reforzado con museos de la memoria, películas, documentales, obras de teatro y toda clase de arte representativo, además de las efemérides que a la izquierda le encanta rememorar y en las que los delincuentes y criminales han sido transformados en héroes o víctimas.

Luego nos fueron metiendo, poco a poco, la idolatría por toda clase de manifestación callejera, convertidas en expresiones auténticas de la democracia popular. Implantaron el famoso y falso “derecho a la protesta” que no existe, por lo menos en nuestra Constitución. Pero lo repiten tanto que todos creen que es, en efecto, un derecho constitucional. En consecuencia, se negaron siempre a regular las protestas, acusándolos de pretender “criminalizar las protestas”, cuando es un hecho que muchas protestas son criminales.

Nos vendieron el cuento de la “protesta pacífica” y de los “infiltrados” para lavarse las manos cada vez que una manifestación terminaba en vandalismo. Los abogados de DD.HH. de las oenegés de izquierda estaban siempre prestos a rescatar de la cárcel a los vándalos, dándoles la sensación de impunidad y de heroísmo. Toda reacción del estado mediante la policía era condenada como “abuso y exceso policial”. Y si aparecía un muerto a bala, el ministro del ramo era llamado a dar cuentas al Congreso, donde se le exigía su renuncia, si no lo había hecho ya bajo presión de los medios.

Toda manifestación callejera fue elevada a los altares, como la expresión del pueblo, es decir, del Dios máximo de la izquierda. El pueblo, ese ente vacío cuyo espacio ninguna manifestación puede llenar, pasó a ser el ser supremo al que se le debe todo. Cualquier manifestación callejera era vista como la encarnación material del Dios pueblo y había que rendirle pleitesía. Nadie puede osar levantar su mano contra el Dios pueblo.

Pero el torpedo más temible para toda sociedad fueron los “derechos sociales”, una especie de doctrina teologal que convierte en derechos (es decir, en obligaciones para el Estado e incluso para los privados) todo lo que un grupo social necesita, desde el agua potable en un desierto hasta el empleo con garantías de estabilidad laboral eterna. Los derechos sociales son un cheque en blanco a ser llenado a voluntad por los demagogos más grandes de la historia. Ya lo dijo Evita “donde hay una necesidad, nace un derecho”.

Con todo ese mar de conceptos maniqueos y falsas verdades, nuestra cultura fue travestida en un manicomio de izquierdas, donde la utopía reemplaza a la realidad y el discurso flota en el delirio, sustentado apenas por la pose del bienhechor social. Por supuesto, la estrella polar de todo ese universo de delirio psicodélico progresista fue la “igualdad social”, el más aberrante de todos los conceptos enarbolados por el progresismo; pero, al mismo tiempo, el más repetido y de efectos más psicotrópicos, pues convence de inmediato a todo bípedo parlante de que semejante disparate es el mayor objetivo de una sociedad humana. Como si se tratara de una granja de ovejas o gallinas.

Pero como casi nadie tiene el valor de oponerse a la frondosa variedad de conceptos alienados de la izquierda, y pocos se resisten a posar como poseedores de tanta sabiduría política y nobles bienhechores sociales, la izquierda tuvo campo libre para distribuir su basura ideológica como si fueran paquetes de cocaína entre los jóvenes. Y una vez más en la historia, los jóvenes acaban siendo los tontos más útiles de la izquierda y la carne de cañón de sus revoluciones.