Marzo 2020

EL CONFLICTO SOCIAL

 

Lewis Coser define el conflicto social como “una lucha con respecto a valores y derechos sobre Estados, poderes y recursos escasos, lucha en la cual el propósito es neutralizar, dañar o eliminar a los rivales”. El conflicto social pertenece a la dimensión sociológica y no a la psicológica, y es, por tanto, un fenómeno objetivo. El conflicto como concepto debe ser aplicado a todas las situaciones internas del país y no únicamente a la dimensión de guerra, que es la más extrema.

Para Coser el conflicto es un elemento esencial para la formación del grupo y también para su persistencia, porque permite que el grupo defina sus fronteras frente al resto del medio social, y que sus miembros se identifiquen con él y adquieran un compromiso de lealtad entre sí.

El enemigo público es inerradicable de la estructura social, el hostis (enemigo, adversario) está presente, y es el enemigo colectivo, y será enemigo todo aquél que trate de imponer un orden distinto al vigente, porque presupone alterar o reemplazar las estructuras de dominación o las definidas por la sociedad, idealmente en democracia.

Las teorías del conflicto suponen como punto de partida que la realidad humana es conflictiva. Según estas teorías, cualquier fenómeno político se entiende si lo miramos desde la perspectiva de los intereses que están en lucha, un representante típico de este pensamiento es Marx.

En sí, las teorías del consenso social suponen que la sociedad se caracteriza por una realidad básica: la sociedad hace posible la vida colectiva de los individuos y la hace posible porque les proporciona orden y paz. Lo básico, lo distintivo de la vida humana, es el estar sujeta a determinadas normas que garantizan cierta predictibilidad mínima en las conductas de los distintos actores sociales, mirado de esta manera, el estado normal de una sociedad es de equilibrio y paz; el conflicto es una alteración, una patología.

Actualmente, la teoría del conflicto reviste una importancia singular en el estudio de las relaciones internacionales, entendidas éstas como las que se establecen entre dos o más sociedades políticamente organizadas. Al respecto, hay corrientes de pensamiento como el funcionalismo, el marxismo y otra que podríamos denominar intermedia. Probablemente, el punto más controvertido en la teoría del conflicto es la definición propiamente tal de conflicto. ¿Qué es, y qué no es conflicto? Una rápida revisión de la literatura al respecto nos permite apreciar una diversidad de términos que designan diversos tipos de enfrentamientos entre los hombres, desde la competencia hasta la guerra o la revolución, pasando por la lucha, el combate, la batalla o simplemente la querella, la disputa, la contienda, la controversia, la contradicción, la oposición, el desacuerdo o la rivalidad. Pero también está la crisis, la tensión o el antagonismo, que se confunde bastante a menudo con el conflicto.

Ahora, un conflicto se llamará social cuando procede de la estructura de las unidades sociales, es decir, es más allá de lo individual. Esta es una definición amplia de un fenómeno básico que puede tener una multiforme variedad de expresiones o manifestaciones como discusión, competencia, escaramuza, batalla, guerra, etc.

Con el propósito de aportar una idea general, que nos permita comprender el concepto de conflicto en un sentido amplio, amerita citar a Julien Freund, quien, en su obra Sociología del Conflicto, ha propuesto una definición precisa del concepto: “El conflicto consiste en un enfrentamiento por choque intencionado, entre dos seres o grupos de la misma especie que manifiestan, los unos respecto a los otros, una intención hostil, en general a propósito de un derecho, y que para mantener, afirmar o reestablecer ese derecho, tratan de romper la resistencia del otro eventualmente por el recurso a la violencia, la que puede, llegado el caso,  tender al aniquilamiento físico del otro”.

En relación con esta definición, parece de interés destacar ciertos elementos de ella, a saber: el enfrentamiento o choque son voluntarios, los dos antagonistas deben ser de la misma especie, la intencionalidad conflictiva implica una voluntad hostil, lo que quiere decir una intención de perjudicar al otro.

Así entonces, el objeto de un conflicto es en general, pero no siempre, el derecho, a condición de que no se le comprenda únicamente como una disposición formal, sino también como una reivindicación de justicia. Muchos juristas, que tienen una concepción estrecha y pacífica de la noción de derecho, no concuerdan con lo planteado por Freund. Sin embargo, cuando se considera la mayor parte de los conflictos, no se puede dejar de constatar que el sentimiento de la defensa o la reivindicación de un derecho está en el centro de ellos.

Claro está entonces, que los seres o los grupos humanos entran en conflicto en torno a la definición de sus derechos mutuos, de lo que corresponde a cada uno. Al respecto, cabría señalar que el orden y la justicia están siempre en una relación ambigua uno con otro y si hubiera suficientes bienes de todas clases, para que todos tuvieran ilimitadamente las cantidades que quisieran de cada cosa, no habría motivo de conflicto.

Es porque hay escasez e inequidad que es necesario el derecho y precisamente, el conflicto surge frente a la escasez de aquellas cosas que uno quiere poseer; aquellos bienes o bienestar que uno necesita o que otros tienen injustamente a la mirada del menoscabado socialmente. Es el derecho a determinadas cosas lo que constituye el objeto del conflicto. Por eso conflicto y derecho no se excluyen; al contrario, es muchas veces el derecho el factor que crea el conflicto y eso es inevitable. El derecho esta puesto para organizar la vida en sociedad, como un medio para alcanzar el fin de la sociedad, y como podemos ver, al mismo tiempo crea conflictos.

Así entonces, como el derecho es el objeto del conflicto, la solución jurídica lo puede solucionar, dicho de otra manera, como el derecho alimenta el conflicto también está en condiciones de ponerle término por mediación o arbitraje, en el sentido de que las partes estimen que la solución jurídica propuesta respeta sus derechos en límites tolerables. Una solución jurídica de un conflicto no es posible a no ser que se plantee un problema de derecho, en caso contrario la solución jurídica tendría muchas posibilidades de resultar ineficaz, debido a que sería como pegada artificialmente desde el exterior sobre el conflicto.

Freund, por otra parte, nos dice que las relaciones entre derecho y conflicto son multiformes: hay conflictos que nacen por carencia de una legislación; otros nacen de la impotencia del derecho, no solamente porque no puede prevenir todas las situaciones, sino porque en nuestros días hay demasiado derecho, el que no siempre está adaptado a la contingencia en el desarrollo de las acciones sociales y de los conflictos. El conflicto se crea, en general, en torno a ciertos derechos que se creen conculcados o los cuales se quiere reivindicar. Por esta razón, el concepto de reivindicación es un concepto importante en el análisis del conflicto. La reivindicación es la expresión de una exigencia que se hace a otro en nombre de un derecho que se estima lesionado. Normalmente todo conflicto parte de reivindicaciones que se hacen los contrincantes. Se trata, en efecto, de una especie de justificación moral preliminar al conflicto; de tal modo que la reivindicación en cierta forma prepara la entrada al conflicto y establece o justifica el terreno en el cual se plantea cada uno de los contrincantes. Al respecto, nos parece pertinente citar a Andrés Bello, para quien “la guerra (conflicto) es la reivindicación del derecho por la fuerza”.

Por otra parte, la violencia efectiva o virtual está en el centro del conflicto, es el medio último y radical en que culmina el conflicto y así le da toda su significación. En efecto, el recurso a la violencia incluso si no se consuma y permanece como amenaza, es inseparable de la sustancia misma del conflicto. Gonzalo Rojas Sánchez, dice que la violencia es “toda presión ejercida sobre la voluntad ajena”, se trata de una definición bastante general, pero tiene el valor práctico de incluir no sólo las formas físicas de violencia, sino también aquellas otras más sutiles, tales como las sicológicas, morales u otras.

Freund establece que “la violencia consiste en una relación entre poderes y no simplemente entre fuerzas que se desarrolla entre varios seres, al menos dos o grupos humanos de dimensión variable que renuncian a otras maneras de mantener relaciones entre ellos, para forzar directa o indirectamente al otro para que actúe contra su voluntad y ejecute los designios de una voluntad extraña, bajo las amenazas de la intimidación, de medios agresivos o represivos, capaces de atentar contra la integridad física o moral del otro, contra sus bienes materiales o contra sus ideas más preciadas, que se arriesga a la aniquilación física en caso de resistencia supuesta, deliberada o persistente.

La interdependencia del derecho y del conflicto nos ayuda a comprender que la violencia puede estar al servicio del derecho para establecerlo, reestablecerlo o mantenerlo cuando la ley y otras regulaciones sociales como los hábitos y las costumbres, o la mentalidad general ya no son capaces de detener una violencia adversa que amenaza al orden social, o que trata de desestabilizarlo. En este caso no queda otro medio que el de la contra violencia legal, es lo que se llama la represión. La violencia se convierte así en el apoyo del derecho que ya no se respeta.

Sea lo que sea, derecho y violencia, en lugar de excluirse, se apoyan recíprocamente en ciertas condiciones. Incluso un Estado de derecho no puede escapar a este destino, pues si es impugnado por una violencia ilegítima, si quiere sobrevivir, ha de usar a su vez, la violencia al servicio del derecho.

Es vano esperar que en las sociedades humanas históricas se pueda un día prohibir, y mucho menos desterrar para siempre, los conflictos sin ningún recurso a la violencia, en base únicamente a una convención jurídica -política, en esto reside la debilidad de las teorías del contrato social. Ciertamente éste se da en principio para sustituir las relaciones conflictivas de la violencia interna de los pueblos, pero ¿cómo hacer respetar el contrato de otro modo que, por el recurso a la violencia interna, cuando los individuos y los grupos están decididos a romperlo mediante el recurso a la violencia?

Estimado lector, la violencia es inherente a las sociedades, es natural, estará presente al menos de manera latente en cada una de ellas, cualquiera que sea el espacio y la época, el sistema político y económico, o el estado de desarrollo general. Jamás se extirpará totalmente. Todo lo que se puede hacer es mantenerla entre ciertos límites y actuar sobre sus efectos. “En esto consiste el papel de la política”.

Los medios que los hombres han encontrado para limitar la violencia, consisten por una parte en la regulación de la vida humana por la moral o las costumbres, y por otra en el establecimiento de convenios (reglas jurídicas, normativas e instituciones), y por último, en la concentración de la violencia en organismos cuyo control es posible y legítimo en nuestros días, las Fuerzas Armadas para mantener la seguridad exterior (salvo en algunos estados de excepción constitucional), y Carabineros y PDI para mantener la concordia interna. Verdaderamente hay que ser cándido o ingenuo para creer que se podrá hacer entrar en razón a un grupo o a una colectividad decididos a usar la violencia y a provocar un conflicto, gracias a encantamientos, buenas intenciones, oraciones o propuestas de amistad.

El error está en creer que yo no tengo enemigos si no quiero tenerlos. En realidad, es el enemigo el que me elige, y si él quiere que yo sea su enemigo, yo lo soy a pesar de mis propuestas de conciliación y de mis demostraciones de benevolencia. En este caso, no me queda más que aceptar batirme o someterme a la voluntad del enemigo. Precisamente la noción de situación excepcional, nos hace comprender que llega un momento en el que únicamente con la violencia se puede detener la violencia. Se puede deplorarlo, pero sobre este punto la historia es intransigente. Incluso el sistema jurídico mejor elaborado es impotente ante un deseo de búsqueda deliberada de la violencia y del conflicto. Es así entonces, que la institucionalidad a través del estado de derecho, pese a sus limitaciones, sigue siendo una vital herramienta que se coloca al servicio de las actividades relevantes y de significación social, constituyendo hoy en día, una garantía de la convivencia en libertad, por tanto, la lucha real de nuestro tiempo, es defenderla.