Junio 2020

VALORES ESENCIALES DE LA TRADICIÓN CHILENA

 

Con la pandemia ha salido lo mejor y lo peor de los chilenos. Esto amerita conocer los valores esenciales de la tradición chilena, entendiendo que son aquellos valores permanentes de la nación que corresponden, básicamente, a nuestra herencia cultural cristiana-occidental aportada por España, enriquecida con nuestro común acervo adquirido a lo largo de varios siglos desde nuestra existencia como Chile indiano y, posteriormente, como Chile republicano o independiente. Son aquellos valores de los que nos hablan diversos autores nacionales, entre ellos destaca Jaime Eyzaguirre, en el cual se basa este artículo.

En su Hispanoamérica del dolor, nos dice: El diagnóstico de las posibilidades de un pueblo brota del conocimiento de su vida. Ignorarla, cortar arbitrariamente el curso de su desarrollo, injertar en él de manera indiscriminada influjos exóticos, es poner en peligro su existencia… Sólo cabe avanzar con paso firme por el camino de la tradición, porque ella es la conformidad de la existencia nacional con el ser nacional. Tradición es transmisión y sólo se transmite lo perdurable, lo que supera a la fugaz circunstancia, lo que no es epidermis sino entraña, lo que no es detención sino dinamismo. Porque la tradición no es una nostalgia sino una esperanza.

Aspecto distintivo de nuestra tradición, es el sentimiento de independencia y de libertad. Junto a esta actitud de libertad ha caminado la arraigada convicción de que el orden jurídico y el respeto a la ley son el cauce para lograr el adecuado desarrollo colectivo. Esta feliz conjunción del sentimiento de independencia, del culto al derecho y del respeto a la persona, ha permitido a la patria, sobre todo a lo largo del siglo XX, encarar hondas reformas políticas y sociales.

Con relativa serenidad se han acompañado los cambios políticos y sociales que han afectado a Chile, así como en las tremendas horas de prueba que suele someterla una naturaleza tan bella como iracunda. Los sismos, maremotos, tsunamis, aluviones, pandemias que ultrajan inmisericordes el rostro y el cuerpo de la patria, lejos de abatir a sus hijos les han servido de acicate. Comenzar siempre de nuevo ya es una ley de nuestra historia, dictada desde los albores de la colonización. Encarar el dolor, la dificultad, con ánimo entero y voluntad no doblegada es parte esencial de nuestra fisonomía.

Y porque el chileno parece sentirse más a sus anchas en el infortunio que en la prosperidad, pone acento, no en el recuerdo de sus triunfos sino en el de sus desastres. Es así como se dice que Chile ha vencido en todas sus guerras, vienen a la memoria las victorias de Chacabuco, Yungay, Arica o de Angamos. Sin embargo, son en cambio, los combates de Concepción y de Iquique, los que conmueven la fibra de las Fuerzas Armadas y de la nacionalidad. Allí se entregó la vida, allí primó el sacrificio total… esto nos traslada al día de hoy, nos encontramos con el sacrifico de nuestros funcionarios(as) de la salud, de las FF.AA., De orden y Seguridad en el combate de la pandemia.

He aquí nuestra tradición, forjada en cuatro siglos de breve pero digna historia. He aquí los trazos del rostro espiritual de Chile, siempre joven, siempre dispuesto a perfeccionarse, pero también siempre amenazado de una peligrosa deformación. Salvar nuestra individualidad para tener así algo auténtico y original que decir, defenderla de las mixtificaciones y de los venenos sutiles que a pretexto de justicia o de progreso se quieren introducir, es tarea de hoy y de mañana. Hay que activar en el chileno(a) la conciencia del vivir histórico para que se conserve puro y alerta en medio de las asechanzas ideológicas destructoras. Hay que defender la herencia recibida, pero no guardarla como reliquia, sino esgrimirla como arma de combate en la lucha por una patria democrática, libre, soberana y progresista.

Por otra parte, en su Fisonomía histórica de Chile, Eyzaguirre nos dice que no podemos iniciar automáticamente la existencia de Chile en el año 1810 y poner en el olvido trescientos años de vida social en que se forjaron las bases culturales de todo el continente. “La Patria libre no es una extraña flor brotada de súbito y capaz de explicarse por sí misma. Ella tiene su prosapia, su luenga raíz que se clava en la hondura hasta entroncar con el día lejano en que por vez primera voces españolas, voces del occidente cristiano, se hicieron oír en el aire de América. Su historia es la sucesión consciente y colectiva de los hechos humanos, la de Chile sería inútil arrancarla de una vaga y fragmentaria antecedencia aborigen, carente de movilidad creadora y vacía de sentido y de horizontes. Chile se revela como cuerpo total y se introduce en el dinamismo de las naciones a través del verbo imperial de España. Por eso la primera y más de una de las páginas siguientes de su vida serán páginas españolas, con todas las modalidades propias que se quiera, pero sin velar en esencia la fisonomía originaria”.

En relación con los indígenas que poblaban nuestro territorio, Eyzaguirre nos dice que, “de todos los pueblos hallados por los conquistadores entre el desierto de Atacama y el seno de Reloncaví, el araucano fue el que menos contribuyó a la formación de la nacionalidad chilena. Sin embargo, el romanticismo literario iba a ser más fuerte que toda la verdad de la historia y de la etnología, y el araucano endiosado por Ercilla acabaría por transformarse, mediante un proceso colectivo de transposición psicológica, en el arquetipo de la nueva raza mezclada, y en el ingrediente decisivo del que los propios nietos de los conquistadores derivarían el heroísmo chileno y demás virtudes nacionales”.

Pero sí, a despecho de la leyenda transformada en tradición, el araucano no trae a las venas del pueblo chileno un aporte de sangre que pueda estimarse apreciable, influye considerablemente en el desarrollo de la vida nacional y sin él ésta habría tenido de seguro una orientación diversa. El araucano es el que impide, por lo menos durante dos siglos, que se normalice la vida entre los colonos; el que obliga al gobierno español a respaldar con dinero del Perú el costo de una guerra sin descanso; y el que obliga a mantener el hábito guerrero en el criollo de Chile y que crea en el territorio fronterizo de Concepción una tradición militar que a través de O´Higgins, Bulnes, Freire, Prieto y otros, llegará a hacerse presente en los tiempos de la independencia.

Existe un dicho …los chilenos somos hijos del rigor… En efecto, las características tan peculiares de la geografía de Chile, los frecuentes embates de la naturaleza, las amenazas vecinales y su difícil situación geoestratégica, entre otros aspectos, han hecho que la vida no se nos haya dado fácil. Tales factores, sumados a las condicionantes históricas mencionadas precedentemente, han contribuido a forjar el carácter chileno, algunos de cuyos rasgos, notas o virtudes más sobresalientes son, entre otras, las de un acusado sentido de independencia y de libertad, su amor a la tierra, su arrojada valentía, su estoicismo en el desastre, y una marcada voluntad de defensa del suelo patrio, del honor y de la dignidad nacionales.

Si hoy en día conjugamos todo lo anteriormente expuesto con las misiones asignadas a las Fuerzas Armadas, defensa de la patria y preservación de la seguridad nacional y del orden institucional de la República, nos daremos cuenta de que todas ellas deben estar enmarcadas dentro de aquella otra gran misión que es la de salvaguardar los valores permanentes de la nación. Las Fuerzas Armadas tienen el deber moral ineludible de que la nación subsista, de que no se disuelva; que podamos entregar a nuestros hijos la tierra que heredamos de nuestros padres, y que nuestro patrimonio histórico, cultural y espiritual no se tergiverse, no se manipule y no se mancille. Las Fuerzas Armadas deben defender no sólo el territorio la plataforma física del Estado, sino también la esencia de los valores de la Patria.

Es precisamente por estas razones que, como parte de la misión fundamental de las Fuerzas Armadas, está también el hacer cuanto esté a su alcance para que la nación no desaparezca por ambiciones, intromisiones y presiones internas y externas o invasiones ideológicas; las que son tanto o más peligrosas que las invasiones físicas, puesto que atentan contra la esencia de los principios base de la comunidad. En los tiempos actuales, las Fuerzas Armadas se ven enfrentadas ya no tan sólo a enemigos externos, sino que también a irregulares solapados enemigos internos, que tratan de confundirnos tras ideologías de “la nueva política” que aparentan luchar por los derechos del pueblo, con pluralidad y respeto… y lo único que han demostrado a la fecha es ignorancia y lucha permanente…. pero por sus propios interés partidistas, sectoriales y particulares.

Las lacras que tenemos y vivimos hoy en día, de delincuentes, narcos, anarquistas y seudos políticos antidemocráticos, no deben olvidar que la forjada tradición chilena contempla a unas Fuerzas Armadas servidoras de la patria, de su integridad territorial y de su identidad histórica-cultural. Ellas, gusten o no, tienen el carácter de garantes últimos del orden institucional de la República.