Agosto 2020

LAS FF.AA.… SU SENTIDO

A propósito de lo que vivimos actualmente en nuestro país, donde el Estado de Derecho se encuentra en crisis en virtud de la mediocridad de la actual clase política, la interrogante que empieza a tomar sentido es ¿quién podrá defendernos? Consecuente con esto, en los últimos artículos publicados, he dado a conocer sistemáticamente, que el último recurso en la historia de las convulsiones sociales, son las Fuerzas Armadas.

Es así como invito nuevamente a la reflexión, en el sentido que la fuerza militar es un instrumento al servicio del bien común y de la paz; paz que es, por lo demás, una condición del bien común. Y la paz, aun cuando tiene que ser buscada y construida primariamente con factores morales y espirituales, como son la justicia y el amor, necesita apoyarse sobre una medida de poder, pues, como sabemos, la idea de potestad descansa en último término en la posibilidad de usar la fuerza. La paz no puede ser lograda sin algún empleo o amenaza de empleo de la fuerza.

Los gobiernos de cada Estado no sólo tienen el derecho, sino que el deber de proteger su seguridad con una defensa legítima. Las Fuerzas Armadas no sólo cumplen una función legítima, sino que necesaria y recomendable; ellas se preparan para el uso racional de la fuerza en caso de necesidad. El fin superior, que da sentido al uso de la fuerza y a la función militar, y los justifica, es la paz; pero entendida ésta como la tranquilidad del orden natural, una paz justa y digna. “La fuerza militar tiene que hacer muchas veces la guerra, pero el fin que justifica ese medio es la paz” (José GUERRA Campos).

Un ejército es, ante todo, una fuerza organizada, disciplinada, ordenada al servicio del bien general, al servicio de la comunidad; es una fuerza servidora del bien común. La fuerza militar, es una fuerza dirigida en su accionar compulsivo por la autoridad. La función militar “descansa en los mismos supuestos contenidos en nuestro escudo patrio: por la razón o la fuerza. La fuerza de la razón es determinante y merece la primera prioridad. Sólo agotada su viabilidad, es lícito apelar a las razones de la fuerza” (Raúl HASBUN Zaror).

En un sentido profundo y espiritual, la fuerza jurídica organizada, lejos de oponerse al Evangelio, se encuadra, desde su misma intimidad, en las exigencias del mensaje evangélico. La iglesia, que ve al Ejército como una fuerza preparada para una guerra posible, exige al mismo tiempo que los ejércitos, sobre todo en nuestro tiempo, se desarrollen en una atmósfera espiritual que aspire sinceramente a evitar un conflicto. La espada legítima, en la concepción de los Apóstoles, no es un simple hecho bruto, de fuerza que se impone y con la que se tropieza, sino que es la expresión de un valor espiritual.

Es por ello que no hay distancia o incompatibilidad entre un auténtico espíritu cristiano y un auténtico espíritu militar, como a veces suelen pensar ciertas personas que con una visión simplista y grosera, aunque a veces se dé con buena intención, en nombre del amor a la paz, del ideal del amor fraterno, de la sana y santa mansedumbre, ven una contradicción entre ambos, pues estiman que las Fuerzas Armadas o la vida militar han de ser equiparadas al odio, que es lo contrario del amor; a la guerra, que es lo contrario de la paz y a violencia, al abuso.

Las Fuerzas Armadas son un medio necesario para la defensa legítima, en orden a establecer la paz; son un factor continuo de paz, de convivencia fraternal. Un hombre dedicado a la profesión de las armas, con sus funciones y virtudes características (disciplina, jerarquía, honor, patria, servicio, amistad y sacrificio) puede convertirse, precisamente porque las vive en profundidad, en foco irradiante de servicio ilimitado a los demás hombres. En la plenitud de una concepción cristiana un hombre de armas, partiendo de sus propias virtudes militares, de pronto ensancha el horizonte hacia una disciplina que empalma con Dios; hacia una jerarquía que le absorbe a él mismo y le enmarca en una humildad que no es abyección, sino orden. Ese es, podríamos decir, el sentido profundo de la disciplina.

Es cierto que quienes profesan la carrera de las armas son profesionales de la guerra; técnicos de las armas y del uso de la fuerza militar organizada, pero junto con ello son también hombres y ciudadanos conscientes y responsables. No habrían elegido tal profesión sin responder a una vocación; no habrían preservado en ella si no estuviesen convencidos de que cumplen una función necesaria y de que son útiles a su patria.

Es por estas razones que, en 1989, el Papa Juan Pablo II expresaba a los militares italianos: “Si se considera su naturaleza en el sentido positivo, la vocación al servicio militar es una cosa muy digna, muy bella y muy gentil. El mismo núcleo de la vocación militar no es otro que la defensa del bien, de la verdad y sobre todo de aquellos que son agredidos injustamente”.

Es el ideal del amor a la patria, de hacerla cada día más próspera, feliz y grande, lo que le da sentido a la vida militar; es el culto a aquellos valores que son por nosotros tan preciados: Dios, patria y familia; justicia y libertad; disciplina y sacrificio; honor y valentía. Quienes hacen de su vida una profesión de servicio a la patria, una profesión que comporta riesgos, incluso el de la propia existencia, están dispuestos a dar lo más preciado de sí en defensa de esos valores y tras la consecución de ese ideal.

Es la profunda convicción en las virtudes de nuestro pueblo y en los valores más preciados de nuestra patria y de vuestra fe cristiana, lo que impulsa a nuestras Fuerzas Armadas a asumir sus responsabilidades constitucionales, preservando la existencia de la nación y todo lo que ello significa: su estructura institucional, su prestigio, su dignidad y su honor. Es en ese sentimiento y en el sacrificio con que nuestras Fuerzas Armadas se han comprometido para salvaguardar esos valores, donde radica su fuerza moral.

Por las razones expuestas nos atrevemos a decir, con la convicción más profunda, que la carrera de las armas no es ni ha sido nunca una simple disciplina mecánica, fría, irrazonada, que anula la personalidad, como algunos pretenden identificarla. Por el contrario, el sentido de la carrera militar es más profundo, más trascendental. Es el fortalecimiento consciente de la disciplina, es un medio para conquistar el camino de lo imperecedero, es un culto al honor, es la práctica de la mística de la lealtad, es el esfuerzo de todos los días por sobreponer lo espiritual a lo material, es sacrificio, es un desafío constante que no rehúye peligro alguno; todo ello con un solo objetivo: servir a la patria.

Finalmente, la finalidad de la defensa es la de precaverse contra un daño, riesgo o peligro. En otras palabras, la defensa tiene por finalidad garantizar la seguridad; concepto que entraña la capacidad de protección ante las diversas amenazas, evitando las situaciones de vulnerabilidad. La defensa, o los medios de defensa, han de tener como meta prioritaria la búsqueda y el mantenimiento de la seguridad. La defensa vendría a ser una causa, cuyo efecto es el de producir una cierta condición de seguridad. El concepto de seguridad corresponde a una situación o condición y el de defensa al medio o instrumento para alcanzar y mantener esa situación o condición.

Si aplicamos los conceptos anteriores al plano o al nivel nacional, tendríamos que la Defensa Nacional estaría constituida por las medidas destinadas a conseguir seguridad nacional; es decir, por aquellas medidas destinadas a crear una condición que permita disuadir a potenciales agresores y a neutralizar amenazas o interferencias -externas o internas- que atenten contra la supervivencia, estabilidad o desarrollo del Estado-nación. La Defensa nacional, por consiguiente, es “el conjunto armónico de medios para lograr el objetivo fundamental y permanente de Seguridad Nacional” (Eduardo MUNILLA)

Como lo expresara un exministro de defensa, “la Defensa Nacional es el conjunto de recursos, humanos y materiales, que se emplea en el esfuerzo defensivo del país: es también la suma de instituciones e instrumentos destinados a enfrentar con éxito amenazas o agresiones que pueden afectar la seguridad, integridad, la paz, la calidad de vida, el bien común de los habitantes de la nación y, en general, los valores fundamentales consagrados en la  Constitución”… basta una mirada a lo que estamos viviendo hoy en día como sociedad, cada uno de los habitantes de este país está siendo amenazado en su calidad de vida, vulnerados y agredidos en su integridad y en un peligro evidente de alteración de la paz.