Septiembre 2020

QUIÉN SALVA LOS VALORES PERMANENTES DE LA NACIÓN

Al analizar las misiones asignadas a las Fuerzas Armadas, defensa de la patria y preservación de la seguridad nacional y del orden institucional de la República, nos daremos cuenta de que todas ellas deben estar enmarcadas dentro de aquella otra gran misión que es la de salvaguardar los valores permanentes de la nación. Las Fuerzas Armadas tienen el deber moral ineludible de que la nación subsista, de que no se disuelva; que podamos entregar a nuestros hijos la tierra que heredamos de nuestros padres; y que nuestro patrimonio histórico, cultural y espiritual no se tergiverse, no se manipule y no se mancille. Las Fuerzas Armadas deben defender no sólo el territorio, la plataforma física del Estado, sino también la esencia de los valores de la Patria. (Blas Piñar)

Es precisamente por estas razones que, como parte de la misión fundamental de las Fuerzas Armadas, está también el hacer cuanto esté a su alcance para que la nación no desaparezca por ambiciones, intromisiones y presiones externas e internas o populismos ideológicos, las que son tanto o más peligrosas que las invasiones físicas, puesto que atentan contra la esencia de los principios base de la comunidad. En los tiempos actuales, las Fuerzas Armadas se ven enfrentadas ya no tan sólo a enemigos externos, sino que también a irregulares y solapados enemigos internos, que tratan de confundirnos, escondiéndose tras ideologías que aparentan pluralidad y una “alta consideración y respeto a los más necesitados”, ejercido a través de un discurso permanente de carácter populista.

Las Fuerzas Armadas han de defender a la nación cuando ésta es agredida y, cuando hablamos de agresión, la primera idea que viene a una mediana inteligencia es de una agresión armada que procede desde afuera. En este aspecto, las Fuerzas Armadas tienen como misión la de defender la patria en una guerra de agresión convencional. Sin embargo, en los tiempos actuales hay otro tipo de agresión, otro tipo de guerra, “la guerra de nuevas ideas, con el calificativo de revolucionarias”. Es la agresión que se produce dentro de nuestra nación, es una agresión que discurre a través de dos vertientes: la de la violencia armada y la de la violencia sicológica. La guerra revolucionaria, cuando recurre a la violencia armada, se transforma en terrorismo; cuando recurre a la violencia sicológica se llama cambio cultural.

De hecho, estamos viviendo un clima de conflicto social, similar a lo que se vivió en la década del 70, es decir, un conflicto y polarización político y social de características revolucionarias. Ante estas agresiones, salta a la vista que hay algo que está fallando en el esquema defensivo interno de la nación y que tarde o temprano la solución a ello recae en las Fuerzas Armadas. Es evidente que ese quiebre, esa fisura, se refleja en acciones que se manifiestan en un persistente socavamiento institucional, a base de una violencia generalizada. (destrucción de bienes públicos y privados, desatada delincuencia y narcotráfico, terrorismo sin control en la Araucanía, agresividad, intolerancia y lucha de mezquinos intereses por parte de la peor clase política que se ha tenido, sistema de justicia garantista y en crisis, etc.…)

Bajo una mirada prospectiva, éste es uno de los problemas que ya tienen que estar planteándose quienes ejercen hoy en día el mando de las Fuerzas Armadas. El tema de la agresión interior, no es un tema marginal que escapa y que va más allá de las competencias de las Fuerzas Armadas, éstas tienen que prepararse para ponerle freno al desorden y caos social e institucional en la que estamos envueltos, no hacerlo a tiempo, el resultado será uno solo, la obligación de las Fuerzas Armadas de asumir nuevamente la conducción del país, dada la incompetencia de la actual clase política y la incapacidad e inoperancia del gobierno de turno.

Si llegase a sucumbir el país en manos de populistas, podría suceder que la inestabilidad social se consolidara, se convirtiera en algo endémico y que además se supiera amparado, cubierto y protegido por quienes en la política y en algunos medios de comunicación social, le dan tribuna al activismo y terrorismo para hacer declaraciones y para ser exaltados como auténticos héroes nacionales, actuando en connivencia con quienes ponen en práctica la violencia física y psicológica para conseguir sus metas, donde claramente no está el bien común ni el interés nacional.

Si este cambio cultural va penetrando, corrompiendo y cambiando la sociedad chilena, ya sea consciente o inadvertidamente, podría suceder que las Fuerzas Armadas se encontraran sin una nación a la cual defender. Porque si el cambio social que estamos viviendo, cultural o no, consigue que se olviden aquellos valores esenciales de la tradición chilena, aquellos valores que han ido formando a nuestra nación; si consigue que la moral de la sociedad tome rumbos distintos de aquellos que hemos recibido; si llega a cambiar nuestra forma de ser, nuestro modo de reaccionar, en vez de un ciudadano amante de su patria, nos encontraremos con una raza sin voluntad y sin coraje, dispuesta a la resignación y a la entrega. Siendo así, se insiste en que podría ocurrir, entonces, que las Fuerzas Armadas no pudieran cumplir con su misión al no existir una patria que defender.