Octubre 2020

PODER POLÍTICO

En los tiempos turbulentos que vivimos como país, vemos a la deplorable clase política que tenemos, cómo se mueve por la ambición de “Poder”, o mejor dicho por “cuotas de Poder” … y no por el bien de la sociedad que los eligió precisamente para que los represente y luche por su bienestar. Pero para entender esta tentación que desvirtúa equivocadamente el objetivo de estos seudos políticos, es necesario tener una noción clara de qué es el Poder, y en particular el Poder Político.

Haciendo referencia a diferentes autores, podemos decir que el poder es el elemento central para definir lo que es político, y los conflictos que se originan tanto por alcanzarlo como por mantenerlo en los distintos grupos organizados, que compiten entre sí para tomar decisiones para el colectivo, constituyen la esencia misma de la actividad política. Estas decisiones deben ser obligatoriamente acatadas por los gobernados, y para su imposición el detentador puede usar la fuerza o la coacción física. Max Weber, dice que “la política es lucha por el poder, pero es una pugna que está constreñida por las normas de legitimidad imperantes en un momento dado”.

En términos generales, el poder es una fuerza, una capacidad de afectación y también de influencia, es nada más que la capacidad observada y predecible que tiene cada cual para imponer su voluntad en la acción social, aun contra la resistencia de otros que toman parte en esta misma acción. Weber, establece que el poder es “la probabilidad de imponer la propia voluntad, dentro de una relación social, aun contra toda resistencia y sea cual fuere el fundamento de esa resistencia”. En sí, el acto de poder es, en general, aquel que influye en la conducta de otro o de otros hombres. El poder es una causa, una energía, un impulso que, como tal, tiende a producir un efecto.

El poder existe en todo fenómeno donde es posible encontrar a un sujeto en quien exista la capacidad de exigir a algo o alguien un comportamiento determinado, comportamiento que, tal vez, no hubiere sido espontáneamente adoptado. En toda sociedad, las relaciones entre los miembros que la componen se establecen de acuerdo a un fin, fin que le será propio… De allí, que el poder que se ejerce presenta siempre (o ha de presentar) el carácter de instrumento, presenta una posición instrumental, la cual encuentra su razón de ser precisamente en el fin en vista del cual se ha constituido esa agrupación social.

Ahora, si proyectamos ese concepto genérico a lo específicamente político, hacia las relaciones de poder político, entendidas éstas por aquellas que involucran a gobernantes y gobernados, veremos que el poder político aparece así con el carácter de instrumento de administración de la comunidad, en quien reside la plenitud de ese poder, pero que necesita de una autoridad o cabeza a fin de obtener de modo más adecuado y dinámico su propio fin, que es la perfección del hombre en tanto ser individual-social. El Estado entonces, utilizando ese instrumento de administración que es el poder político, se constituye como el administrador del bien común. Fernando Moreno, nos recuerda que “el Estado recibe una autoridad que, en el plano político, le viene del pueblo, la autoridad se genera en una delegación que hace el pueblo en el Estado para gobernar en un todo social”.

Siguiendo este razonamiento, para analizar el poder del Estado, su realización como tal, necesita de una inteligencia, de una voluntad, de una fuerza humana que lo concrete, que lo haga efectivo, que lo convierta en una causa eficiente. Aparece entonces el gobierno, los órganos representativos que ejercen y que hacen funcionar el poder. Por eso es defectuosa la expresión poderes del Estado, por cuanto sólo existe un poder, el del Estado, que existe para un fin. Otra cosa es que esas funciones se distribuyan en órganos distintos, separados e independientes.

Una sociedad política supone una conciencia de fines comunes vitales, un consentimiento unificante de voluntades, y ello, como un motor de propulsión, viene a ser la encarnación de esa energía que provoca en el grupo social la idea de un orden social que se desea; en otros términos, el poder viene a ser “una energía al servicio de una idea”. El poder es una fuerza una fuerza que nace de la voluntad social destinada a conducir al grupo en la búsqueda del bien común y capaz de imponer a sus miembros la actitud que esa idea exige.

Agesta, establece que “el poder político se transforma como una energía o principio motor que establece y desenvuelve en un grupo humano el orden necesario para que realice mediante el derecho, los objetivos concretos en que se cifra la idea de bien público”. Este autor señala que la acción política se expresa como una energía espiritual y material capaz de configurar un orden positivo de derecho, que ajusta y resuelve las tensiones y conflictos de valores e intereses de los hombres que conviven en un grupo. La acción política define, garantiza y desarrolla ese orden. Para ello se manifiesta como un poder que impulsa la acción de la comunidad a la realización de objetivos determinados. La acción política se propone a largo plazo fines generales, que se escalonan en propósitos y objetivos inmediatos y se proyecta como poder para impulsar su realización.

El poder político, como poder social, gobierna ordenando una pluralidad de conductas individuales. Su función es coordinar estas conductas y orientarlas hacia los objetivos propuestos (a través de preceptos jurídicos). El poder político es, pues, un principio directivo hacia unas metas.

En otras palabras, la función del poder político es gobernar, y gobernar es marcar una dirección en un movimiento o como dice Santo Tomás, conducir a alguien a su debido fin, así como el capitán gobierna la nave llevándola hasta puerto. Santo Tomás nos dice que no podrá subsistir la vida social de la multitud si no hubiera quien gobernase y procurarse el bien común, y que gobierno no es otra cosa que la dirección de los gobernados a su fin. En todo aquello que se ordena a un fin, pero cuyos medios pueden ser unos u otros, es necesario que alguien dirija y decida, de manera que se llegue a dicho fin… Si es natural al hombre el vivir en sociedad, es necesario que tenga una guía dentro de la multitud. Ya que son muchos los hombres y cada uno busca para sí mismo lo que necesita, la multitud se dispersaría en sus fines, si no hubiese quien tuviese cuidado de procurar que todo se dirija al bien común… Esto lo considera Salomón cuando dice: Donde no hay un gobernante, el pueblo se disipa (Prov. 11,14). Esto es razonable, puesto que no es lo mismo el fin propio que el fin común. Según el fin propio, todos difieren; según el bien común, se unifican. Y cuando se tiende a diversos fines, también se dan diversas causas. Es pues necesario que, además de que haya algo que mueva al individuo a buscar su propio bien, haya algo que lo mueva a buscar el bien común de la colectividad. Por ello, siempre que vemos una muchedumbre de cosas ordenadas a un fin, ha de haber en ellas algo que las dirija. Santo Tomás refiriéndose al gobierno de los príncipes, establece que “Es necesario que los hombres, por vivir en comunidad, sean regidos cuidadosamente por alguien”.

En sí, los gobernantes, son las personas de que, como órganos suyos, se vale el Estado para satisfacer las tareas propuestas al poder. Los gobernantes, o encargados de ejercer el poder político, la suprema potestad rectora y coactiva del Estado, rigen a la comunidad política dictando leyes, haciéndolas observar y administrando justicia.

De allí que Santo Tomás haya dicho que la ley debe ser instituida por quien gobierna la comunidad de la ciudad, que ella incluye la noción de una razón directora de los actos hacia su fin y que “la ley no es más que una prescripción de la razón, en orden al bien común, promulgada por aquel que tiene el cuidado de la comunidad”.

La ley es una cuestión central de la política. La ley es tan importante, que se ha definido al sistema normal de la sociedad como “un sistema de libertades fundado en la ley” (Fdo. Moreno).