Diciembre 2020

EL PUEBLO Y LA SOBERANIA (VISIÓN DE JEAN BODIN)

El destacado intelectual francés Jean Bodin, está considerado como el padre de la teoría moderna de la soberanía. Para Bodin, el rey no poseía una soberanía supramundana, la cual no tiene absolutamente nada superior a ella. Dios estaba por encima del rey, y el poder supremo del monarca sobre sus súbditos quedaba al mismo tiempo sometido a la ley de Dios y de la naturaleza y a los requerimientos del orden moral. Pero el rey era soberano, el rey poseía la soberanía humana. Los invito a repasar lo que Bodin pensaba al respecto:

“Es necesario dar aquí la definición porque no hay ni jurisconsulto ni filósofo político que la haya definido…. La soberanía es la potencia absoluta y perpetua de una República. Este poder es perpetuo, es decir, por el término de la vida de quién detente ese poder hasta que le plazca al pueblo o al príncipe revocarlo... Si el pueblo otorga su poder a alguien de por vida, en calidad de oficial, o teniente, o bien para descargarse solamente del ejercicio de su autoridad, en ese caso no es en absoluto soberano, sino simples oficiales o tenientes, o regentes, o gobernador, o guardias y arrendatario de la autoridad ajena”. Pero “si el poder absoluto se le entrega puramente y simplemente, sin calidad de magistrado, ni de comisario ni de manera precaria, es por completo evidente que ése es, y se puede llamar monarca soberano; pues el pueblo se ha desprendido y despojado de su poder soberano, para investirlo: y en él, y sobre él se halla transferido todo su poder, autoridad, prerrogativas y soberanías”.

Ahora bien, ¿qué significa poder absoluto? “El pueblo o los señores de una República pueden otorgar puramente y simplemente el poder soberano y perpetuo a alguien para que disponga de los bienes de las personas, y de todo el Estado a su antojo, y entregarlo después a quien le plazca, del mismo modo que el propietario puede entregar sus bienes puramente y simplemente, sin otro motivo que su liberalidad, lo cual es la verdadera donación: y que no admite condicionalidades, una vez perfeccionadas y realizadas. Así el monarca queda separado del pueblo y el punto principal de la majestad soberana no tiene que rendir cuentas sino a Dios. El Príncipe soberano no puede prestar juramento sino a Dios. La soberanía no está limitada ni en poder, cargo ni tiempo determinado. El Príncipe es la imagen de Dios”.

De lo expuesto y llevándolo a nuestros tiempos, podemos decir entonces, que el error esencial cometido por los teóricos de la soberanía, es el de creer que el pueblo entrega su poder físicamente al príncipe, despojándose de él. Lo real es que el pueblo, no dona jamás su poder al gobernante, sino que lo delega por un tiempo determinado. El gobernante siempre, es un mandatario del pueblo.

Está perfectamente clara la posición de Bodin, puesto que el pueblo se ha despojado y privado absolutamente de su poder para transferirlo al soberano, e investirlo con él, entonces el soberano ya no forma parte del pueblo y del cuerpo político… “queda separado del pueblo”…, ha sido convertido en un todo, un todo separado y trascendente, que se encarna en su viviente persona soberana, y merece a lo cual el otro todo, el todo inmanente del cuerpo político, es gobernado desde arriba. Cuando Jean Bodin dice que el príncipe soberano es la imagen de Dios, esta frase debe interpretarse con la plenitud de su fuerza, e implica que el soberano, sometido a Dios, pero que no tiene que rendir cuenta sino a Él, trasciende el todo político lo mismo que Dios trasciende el Cosmos. Una de dos, o soberanía no significa nada, o implica poder supremo separado y trascendente, no en la cúspide, sino por encima de ella, que gobierna desde arriba a todo el cuerpo político. Por eso dicho poder absoluto (absoluto, es decir, desligado, separado) y consiguientemente ilimitado, tanto en extensión como duración, y sin tener que rendir cuentas a nadie en la tierra.

Aquí nos hallamos frente al error fundamental del concepto de soberanía y el error original de los teóricos de la soberanía. Ellos sabían que el derecho al autogobierno lo posee el pueblo naturalmente. Más para la consideración de este derecho sustituyeron el del poder total de la República. Ellos sabían que el “príncipe” recibe del pueblo la autoridad de que se halla investido. Pero pasaron por alto y olvidaron el concepto de vicariato (o delegación) expuesto por los autores del medioevo, y lo sustituyeron por el concepto de la transferencia física y donación.

La soberanía es el poder superior radicado en el pueblo, en virtud del cual el Estado se estructura política y jurídicamente en forma autónoma y en virtud del cual se coloca frente a los demás estados en un plano de igualdad jurídica. ¿Cuál es, entonces el adecuado y genuino significado de la noción de soberanía? Soberanía significa dos cosas: primero, un derecho a la independencia y el poder supremo, el cual es un derecho natural e inalienable, segundo, un derecho a una independencia y un poder, los cuales, dentro de su esfera, son supremos de una manera absoluta o trascendente, y no comparativamente ni tampoco como la parte más sobresaliente del todo. En otros términos, está separado del todo, al que gobierna el soberano, y la independencia del soberano con respecto a ese todo y su poder sobre él, son supremos. Su independencia y poder no son sólo supremos en relación con cualquier otra parte del todo político, como cima o parte más elevada de ese todo; son absolutamente supremos, o sea que están por encima del todo en cuestión.

La soberanía es una propiedad absoluta e indivisible, que no puede contener ni admite grados, y que pertenece al soberano independientemente del todo político, por derecho propio.

Tal es la soberanía genuina, la soberanía que creyeron poseer los reyes absolutos, noción que heredaron de ellos los estados absolutos, y cuya plena significación salió a luz en el estado hegeliano, y mucho antes de Hegel, en el Dios Mortal hobbesiano.

Vale citar finalmente a Hobbes: “Por cuanto el acuerdo de las criaturas irracionales es natural, dice Hobbes, el de los hombres es sólo por Contrato, lo que es Artificial y por consiguiente no es de extrañar que se precise algo más (además del Contrato) para lograr que su acuerdo sea constante y duradero: lo cual es un Poder Común capaz de librarlos del temor y de dirigir sus actos en pro del Beneficio Común.

La única manera de erigir ese Poder Común, para defenderlos de una invasión de Extranjeros y de las injusticias de uno y otro, y por consiguiente darles la seguridad necesaria para que puedan alimentarse de su propia industria y de los frutos de la Tierra y vivir contentos, es confiriendo todo su poder y fuerza  a un Hombre, o a una Asamblea de hombres, que pueda reducir todas sus voluntades, por pluralidad de votos en una sola voluntad: lo cual quiere decir, designar un Hombre o una Asamblea de hombres para que encarne a sus personas; que todo el mundo confiese y reconozca ser autor de cualquier decisión que en nombre de sus personas adopte, con respecto a la Paz y la Seguridad Comunes, la Persona o Asamblea investidas; y que en ello todos sometan sus voluntades a su voluntad, y sus juicios a su juicio. Lo cual es algo más que Consentimiento o Concordia; es una verdadera unidad de todos ellos en una sola persona, hecha mediante contrato de cada hombre con cada hombre, de tal forma como si cada hombre dijera a cada hombre: “Yo autorizo y cedo mi Derecho de gobernarme a este Hombre, o a esta Asamblea de hombres, con esta condición: que tú le cedas también tu Derecho y que autorices todas sus acciones de la misma manera”.

Hecho esto, la multitud, unida en una persona, se llama República, en latín civitas. Así se genera el gran LEVIATÁN, o mejor (para hablar con mayor reverencia) el DIOS MORTAL al cual debemos bajo el Dios Inmortal, nuestra paz y defensa. Y por esta Autoridad, dada a él por todos y cada uno de los hombres de la República, él tiene el uso de tanto Poder y Fuerza que le han sido conferidos, que incluso puede conformar la voluntad de todos ellos, por la Paz Interior y la mutua ayuda contra los enemigos del exterior. Y en él consiste la Esencia de la República; la cual (para definirla) en una persona que actúa como una gran multitud, merced al contrato natural de todos ellos, como juzgue pertinente para su Paz y Defensa Comunes.

“Y esta persona es llamada SOBERANO, y se dice de ella que tiene PODER SOBERANO: y quienes le rodean son SUBDITOS suyos”