Enero 2021

SOBERANÍA SEGÚN JUAN JACOBO ROUSSEAU

Rousseau, en su contrato social, postula que en los inicios de la humanidad, los hombres eran plenamente libres, con el desarrollo de las sociedades, los hombres, convinieron en desprenderse de una parte de esa libertad, para generar el poder político, otorgándole autoridad a otros. De esta premisa se deriva que el poder político no pertenece al rey por derecho divino, sino por voluntad de la nación.

Rousseau, que no era un demócrata precisamente, inyectó en las nacientes democracias una noción de soberanía destructora para las mismas y apuntaba hacia el estado totalitario: porque en lugar de desembarazarse del poder absoluto y trascendente de los reyes, por el contrario, llevó aquel poder espurio de los monarcas absolutos al punto de un absolutismo inconcebible, a fin de regalárselo al pueblo, con lo cual era necesario que “cada ciudadano se halle en perfecta independencia de los demás, y excesivamente dependiente del Estado, por cuanto es solamente el poder del Estado el que hace la libertad de sus miembros”.

El legislador, ese superhombre descrito en el Contrato Social, nos ofrece un anticipo del moderno dictador totalitario, cuya gran alma es el verdadero milagro que debe probar “su misión”, y que debe poder “alterar la constitución del hombre para reforzarla”. ¿No fue además Rousseau quien pensó que el Estado tiene derechos de vida y muerte sobre sus ciudadanos?... “y cuando el príncipe le ha dicho: es necesario para el Estado que tu mueras, debes morir, puesto que has vivido hasta entonces en seguridad bajo esa condición, y su vida ha dejado de ser simplemente un bien de la naturaleza, para ser un don condicional del Estado”. Ahora, en lo que concierne a las cuestiones religiosas, Rousseau insistió en que “el filósofo Hobbes es el único que ha visto con claridad el mal y el remedio, el único que haya osado proponer la reunión de las dos cabezas del águila y de reducirlo todo a la unidad política, sin la cual jamás estará bien constituido el Estado ni el Gobierno”. El Estado de Rousseau, no es más que el Leviatán hobbesiano, coronado con la voluntad general en vez de la corona de aquellos a quienes el vocabulario jacobino llamaba reyes y tiranos… “les rois et les tyrans”.

Las consideraciones expuestas sobre el concepto de soberanía, emanados de Jean Bodin, Thomas Hobbes y Juan Jacobo Rousseau, deberían bastar para ilustrarnos en cuanto al significado genuino de este concepto. A fin de pensar de una manera consistente en la filosofía política, deberíamos descartar el concepto de soberanía, que no es sino el concepto de absolutismo. Pero el problema no es solo una cuestión de palabras. Por supuesto, somos libres para decir “soberanía” mientras pensamos en plena autonomía o derecho a decidir sin apelación, como podemos decir “omnipotencia” mientras pensamos en un poder limitado, o decir “tambor” cuando pensamos en una flauta. Sin embargo, el resultado de tal proceder, para nuestra manera de razonar y la inteligible intercomunicación entre las gentes, sería muy discutible.

La soberanía es un curioso ejemplo de aquellos conceptos que son certeros en un orden de cosas y erróneos en otro. En cuanto se lo trasplanta de la política a la metafísica pierde su veneno. En la esfera espiritual hay un concepto válido de soberanía. Dios, el Todo separado, es soberano sobre toda la creación, según la fe católica, el Papa, en su capacidad de Vicario de Cristo, es soberano sobre la Iglesia. Incluso dentro de un mero sentido moral, puede decirse que el hombre discreto o sabio, y especialmente el hombre espiritual, poseen un cierto tipo de soberanía. Porque están posesionados de una independencia que es suprema desde arriba (desde el espíritu), con respecto al mundo de las pasiones y al mundo de las leyes, a cuyas fuerzas coercitivas no están sometidos, ya que su voluntad es por sí y ante sí espontáneamente concordante con la ley y la justicia. Esos hombres están además “preparados para mandar” o sea, para decir la verdad. Y el hombre espiritual “juzga todas las cosas; más él no es juzgado por nadie”.

Claro está que, desde el punto de vista político, no hay aplicación válida del concepto de soberanía, porque ningún poder terrenal es la imagen de Dios. Los gobernantes son los vicarios del pueblo, por ello no pueden apartarse jamás de él.

Pero en la esfera política y con respecto a los hombres u organismos encargados de guiar a los pueblos hacia sus destinos, no hay aplicación válida del concepto de soberanía. Porque, en último análisis, ningún poder terrenal es la imagen de Dios. Son los vicarios del pueblo, luego no pueden ser apartados del pueblo mismo por ninguna propiedad esencial superior.

Soberanía significa independencia y poder, que son separadas y trascendentalmente supremos y que los ejerce el cuerpo político desde arriba: porque constituye un derecho natural e inalienable perteneciente a un todo (originalmente la persona del soberano), el cual es superior al todo constituido por el cuerpo político o pueblo, y que, consiguientemente, o se superpone a ambos o los absorbe. La cualidad así definida no pertenece al Estado, adscrita a él, lo vicia. A este respecto hemos de considerar especialmente tres implicaciones de la soberanía. La primera, la soberanía externa, donde el Estado soberano está por derecho sobre la comunidad de las naciones y disfruta de una independencia absoluta con respecto a la misma, como consecuencia, no es posible concebir ninguna ley internacional capaz de obligar a los estados de un modo consistente.

La segunda, la soberanía interna, donde el Estado soberano dispone de un poder que – en lugar de ser relativamente supremo, porque en definitiva algo debe hallarse en la cumbre para decidir sin apelación– es un poder absolutamente supremo, como es inevitable en un todo monádico superpuesto al cuerpo político o absorbiéndolo. Y este poder absoluto del Estado soberano sobre el cuerpo político, es de lo más discutible, ya que el Estado se toma erróneamente por el cuerpo político mismo o por la personificación del propio pueblo. ¿acaso los individuos que lo integran no se obedecen sólo a sí mismos al obedecer al Estado?

La tercera, la soberanía dispone de un poder supremo ejercido con responsabilidad. Qué duda cabe de que el Estado es responsable; el Estado, así como también los organismos y funcionarios gubernamentales, son responsables ante el pueblo ¿No ha de tener derecho el pueblo a supervisar y controlar al Estado? ¿Cómo podría el Estado ser posible de supervisión, si el poder que ejerce fuera un poder del que no tuviera que rendir cuentas?

Pero si el Estado es responsable, y está sujeto a supervisión, ¿cómo puede ser soberano? ¿cuál podría ser el concepto de una soberanía sujeta a fiscalización y responsable? En pocas palabras: está claro que el Estado no es soberano. Ni tampoco lo es el pueblo, como ya hemos visto, ni tampoco éste ejerce un poder sin responsabilidad. Su derecho a gobernarse, y a la plena autonomía, hace que no sea responsable ante ningún tribunal u organismo particular en el cuerpo político. Pero el poder que ejerce, sea como reflejo de las masas y medios extralegales, o por los conductos regulares de una sociedad auténticamente democrática, no es en modo alguno un poder sin responsabilidad, por cuanto es siempre él quien paga la cuenta. Por supuesto que tiene que rendir cuentas a su propio sudor y su propia sangre por los errores que cometa…. De lo expuesto, finalmente podríamos reflexionar de que los dos conceptos de soberanía y absolutismo fueron forjados juntos sobre el mismo yunque… los dos deberían ser pulverizados juntos.