Febrero 2021

REFLEXION SOBRE LA UNIDAD NACIONAL Y EL CONFLICTO SOCIAL

Maurice Duverger, establecía que “Los antagonismos son el elemento básico de la política, puesto que existen, hay que esforzarse en suprimirlos o, al menos, reducirlos, lo cual constituye la integración”.

Las sociedades humanas, tienen como características comunes, la presencia de conflictos en su interior, fenómeno que constituye una constante en la vida de los pueblos. Los factores que dan origen a la conflictualidad son distintos y variados, como lo son también las consecuencias que acarrean con su efectiva manifestación.

El conflicto adquiere una trascendental dimensión cuando se trata de la unidad nacional, en una sociedad política organizada y en su calidad de elemento coadyuvante en la búsqueda de su fin último, que no es otro que el bien común, sea impulsando la integración o bien, en la cara opuesta, provocando la desintegración social.

Frente a esa disyuntiva, el interés radica en la relación entre la unidad nacional y el conflicto social, en el ámbito de los efectos desintegradores de este último.

El concepto NACIÓN, en su sentido general, constituye una idea de casi común tratamiento entre las personas; sin embargo, cuando se trata de definirla, más allá del simple uso oral, sucede lo que ocurre con la mayoría de aquellas nociones que son difíciles de precisar cuando se intenta alejarlas de su empleo consuetudinario e incorporarlas a un nivel de mayor cientificidad, constituyéndose en prueba para ello las diferentes expresiones que diversos autores manifiestan respecto de su significado, llegándose, incluso, a definirla como “el concepto político fundamental de los tiempos recientes”.

El uso histórico del término Nación, cuyo origen procede del verbo latino nasci, que, en sus primeros alcances sólo se relacionaba a un grupo de población nacido en el mismo lugar, con independencia de la extensión de éste o del número de habitantes. Analizada esta simple definición, se da la posibilidad de deducir que uno de los componentes necesarios para dar vida a la expresión Nación, está constituido por la necesidad de que se reúna un determinado número de personas que conformen un grupo humano, identificado, a la vez, por vínculos que le son comunes. Esta definición da curso a una importante interrogante, que es la de determinar con claridad el tipo de agrupación que podría constituirse en Nación, discusión que ha sido constante en la filosofía política.

Pese a lo anterior, se asume como adecuada esta definición conceptual, la cual nos permite elaborar una aproximación al término NACIONAL, pudiendo ser aceptable establecer una definición de nacional, como todo aquello que pertenece a la Nación en sus diversas expresiones como comunidad de comunidades, caracterizándola de otras similares e identificándola, de tal manera, que cada uno de los connacionales que en su espacio se desenvuelven, se sienten espiritualmente parte de tales expresiones.

Ahora, si analizamos el término UNIDAD, a diferencia de lo ocurrido con el término nacional, la búsqueda de una definición será más simple, derivado de que en este caso se trata de una palabra que procede del latín, unitas, y que está considerada en la gramática hispana como sustantivo femenino. Desde una perspectiva sociológica, la noción de Unidad se asimila a la de integración, por cuanto pareciera darle al sentido de su significado una connotación de mayor validez en el plano de la sociedad humana.

Teniendo en consideración que, a diferencia de otros fenómenos, un factor importante en el logro de la Unidad, en lo moral, se encuentra en conseguir la integración voluntaria, o al menos por consenso de las personas, en torno a ciertos elementos que sirven de guía o conductores y, por que no expresarlo, especies de imanes para señalar que, a pesar de ello y dados los intereses racionales propios del animal político…en el sentido aristotélico…, surgen inevitables luchas y conflictos en razón a la obtención de sus particulares necesidades.

No obstante que la moderna teoría general del conflicto, aporta numerosos antecedentes en lo que se refiere a la manifestación de antagonismos de índole diversa, se estima importante extraer de su contenido, resumidamente, todas aquellas materias que, en el contexto de la realidad social, tienen directa relación con la presencia de uniones o fragmentaciones de quienes en ella interactúan. Para ello -según Sánchez Agesta-  es necesario distinguir entre “la competición, que puede constituir el principio básico de una sociedad fundada en la libertad, y el conflicto como forma extrema y singularizada de una tensión”, es decir, separar lo polémico (cuando la solución de un conflicto se busca por la vía violenta, mediante el empleo físico de una fuerza), de lo agonal (donde adquiere preeminencia el sentido competitivo, es decir, la solución sin violencia), de manera de evitar confusiones a partir de una generalización del concepto.

En consecuencia, el Conflicto es aquel que se origina en el ámbito de una sociedad políticamente organizada, en la que se encuentran institucionalizadas todas aquellas regulaciones que, originadas por el grupo social que le dio vida, se han definido con el objeto de que todo comportamiento se ajuste a determinados patrones y que, junto con fijar las reglas del juego, permitan materializar, en una situación de orden y estabilidad, las actividades que sean requeridas para el logro del beneficio común de las personas, en su dimensión de sujetos participativos.

Las experiencias registradas por la historia y analizadas por diversos autores, muestran que tal ambiente no es fácil de alcanzar…es cosa de mirarnos a nosotros como sociedad chilena…, de no existir el interés individual requerido para que no se abandone el sentido competitivo de carácter agonal que constituye, quizás el único camino que otorga las herramientas con las que, aun existiendo actitudes divergentes en el interior de la  sociedad, las posibilidades de enfrentamiento se minimizan, puesto que existe un sentido de lealtad en la búsqueda de aquellos fines paralelos y yuxtapuestos entre distintos oponentes.

Por consiguiente, se alejan las probables fragmentaciones producto de la presencia de conflictos extremos y provocados, prioritariamente, por la ausencia de normas que lo regulen. Sin embargo, cualquier sociedad está expuesta a la generación de conflictos, puesto que, como lo menciona el académico Augusto Merino, “dentro de ciertos elementos básicos necesarios de considerar para comprender su conceptualización se encuentra el hecho de que se trata - el conflicto - de una situación que se origina voluntariamente, por cuanto no se produce sino existe la voluntad de materializarlo”.

La descripción de la conflictualidad de la tensión social expuesta con anterioridad, permite deducir que su expresión real depende de la existencia de una red de interacciones, por ende, un sistema en el contexto de una realidad social concreta, donde dados los intereses de los diversos actores, se producen antagonismos, en los que se enfrentan no hechos sino, normalmente apreciaciones de valor (Max Weber).

Derivado de lo anterior, se estima entonces, que es posible definir al término UNIDAD, como un proceso de integración en una sociedad humana determinada, en cuya materialización juega un rol importante la participación institucionalizada de las personas y grupos que la conforman, constituyéndose en uno de los aspectos dinámicos de toda sociedad. No obstante, es preciso tener presente que pudiera no realizarse nunca completamente, como consecuencia de los sucesivos cambios, que, como órgano vivo, se manifiestan en la evolución social.

Establecida separadamente las nociones de unidad y nacional, podemos decir que unidad nacional constituye un proceso dinámico de integración de aquellos que - en condición de especies humanas- componen una determinada sociedad, quienes, participando activa o pasivamente en el devenir del campo social y bajo la conducción superior de la legítima autoridad, intentan alcanzar el nivel de cohesión y consenso requeridos para el logro de sus fines, ciñéndose en su accionar a un fundamento simbólico, definido por emblemas comunes tales como la bandera, el escudo de armas y el himno nacional; también a una base de sustentación axiológica, que se construye a partir de valores permanentes y esenciales, y finalmente a uno de carácter pragmático, delimitado por un cuerpo de objetivos que, racionalmente, se han determinado como necesarios de alcanzar.

A modo de conclusión, la unidad de una comunidad nacional, entendiéndola como un organismo vivo, y de naturaleza sumamente compleja, se hace más difícil cuando en su interior los antagonismos presentes generan conflictos sociales extremadamente sensibles y cuya solución se aleja, muchas veces, de aquellas posibilidades que la autoridad posee, en su calidad de depositaria de la voluntad soberana popular y, por ende, del mandato de los gobernados.

En ese plano, el conflicto juega en la sociedad política organizada, un papel desintegrador que, entre otras consecuencias, impide la consecución de los objetivos que esa misma sociedad, vía participación activa de sus miembros, pudiera haberse definido en la perspectiva del bien común.

Tal disociación del cuerpo político, de no ser superada la conflictualidad por los caminos institucionales, puede conducir, incluso, a una pérdida de la unidad nacional, tan severa y grave, que provoque un desmembramiento de la Nación, el que, de alcanzar sus fundamentos axiológicos, puede producir la desintegración definitiva de la comunidad, sin que sea posible su posterior reintegración social.

En esa dimensión, adquiere su mayor fuerza la concepción montesquiana en cuanto a que “la sociedad no la hacen los hombres, sino la unión de los hombres”. Luego, es problema de ellos mismos, gobernados y gobernantes, disminuir, y ojalá eliminar, aquellos antagonismos que surgen, la más de las veces por ambiciones personales; por intereses cupulares político-partidistas, gremiales o sindicales; o bien como consecuencia del intento de aplicación de proyectos ideológicos, cuyos contenidos se oponen, radicalmente, a la concepción cristiana occidental de vida en sociedad.

Precisamente esto último es lo que está sucediendo en nuestro país, la citada reflexión montesquiana es fundamental para detener la desintegración de nuestra sociedad, a causa precisamente de la mezquina y deplorable acción de un sector de nuestra clase política, que solo mira sus intereses y no el interés de la nación chilena. Solo se espera que cada chileno y chilena bien nacido(a), a través del voto, que es su único instrumento en democracia para hacer valer su voluntad, abra los ojos, ya que el populismo solo trae pan para hoy y lamentos para el mañana.