Marzo 2021

EL ESPIRITU DE DEFENSA

Cuando una nación pasa por una situación conflictiva, sea cual sea su naturaleza (bélica, social, pandémica…), existen circunstancias peculiares que hacen a sus miembros muy sensibles ante los problemas de la supervivencia de sus comunidades y hacia las amenazas y peligros con los que se enfrenta la vida en comunidad o colectiva. El espíritu de defensa, como disposición y ánimo para repeler las agresiones sea cual sea su origen y tomar medidas frente a los riesgos, está muy despierto y cada cual sabe cómo ha de participar en la común empresa de defender o salvaguardar a su Patria, a su familia o a su comunidad.

Estos complejos momentos, se caracterizan por una clara definición de los valores que hay que defender y de los acontecimientos que hay que considerar como amenazas. Del mismo modo, es propio de tales ocasiones, el que la inmensa mayoría de los individuos que integran la sociedad, se sientan profundamente vinculados a esos valores y los consideren como cosa propia. De ambos fenómenos se deriva la respuesta efectiva del espíritu de defensa, ya que cuanto más clara sea la definición de los valores profesados y más generalizada sea su aceptación personal y su vigencia social, más probable será que se reaccione contra los fenómenos o los acontecimientos que ataquen o contradigan dichos valores colectivos.

El espíritu de defensa precisa, para manifestarse, de amenazas, pero además y, sobre todo, de conciencia de que la comunidad nacional o su grupo de interés está amenazado. Dos extremos se oponen a una recta conciencia de las amenazas: de un lado, la confianza excesiva y de otro, el alarmismo. Nada distiende tanto la conciencia como el relajamiento de una larga paz social, en la que se supone que las funciones defensoras de la comunidad nacional quedan en manos de las instituciones especializadas. Por otra parte, nada produce mayor exacerbación de la agresividad que la conciencia alarmista, presta a descubrir peligros y amenazas en todos los rincones de la vida nacional.

En cualquier caso, a medida que una sociedad crece en número y se hace más compleja, las funciones sociales se dividen y subdividen, y cada uno de los ciudadanos queda cada vez más lejos de los focos de información en los que se detectan las amenazas y los riesgos en toda su real dimensión. Al mismo tiempo que pierde capacidad de conocer, pierde sensibilidad hacia lo que no conoce y tiende a pensar que todo eso corresponde al Estado, y que él ya tiene sus tareas propias, únicas de las que se le puede exigir responsabilidades. Para lo demás, están la policía, los jueces y magistrados, las Fuerzas Armadas, etc. Junto a esto, aparece con frecuencia en el mundo moderno, una cierta indiferencia hacia los valores que, inscrita entre los dogmatismos de ambos extremos, quita importancia a casi todas las cosas que suceden y se enfrenta permisivamente a lo que antes se consideraba como desviado, delictivo o pecaminoso. Es entonces cuando el espíritu de defensa de los miembros de la comunidad se convierte en un problema: porque, desaparecida su espontaneidad originaria, fruto de la vinculación de cada cual con el orden y la seguridad -interna y externa- de la sociedad, no se acierta a descubrir cómo puede recomponerse algo que difícilmente se explica cómo ha podido llegar a perderse.

Es evidente el hecho de que la mayor parte de las personas son más conscientes de los problemas que le afectan a título individual, que de las cuestiones -con frecuencia mucho más graves-, que afectan a las instituciones y al propio Estado. En este sentido cabe mencionar a un tipo de situaciones sociopolíticas que lo integran aquellas que poseen consenso, pero carecen de control. A éstas la literatura les llama situaciones “Nirvana”, ya que son situaciones en las que el Estado, vanamente seguro de su buena salud, se confía y se duerme en los laureles. Por lo general, el consenso se hereda de una etapa anterior de nacionalismo triunfante, y se consolida mediante el logro de una alta eficacia en la gestión económica. Esto engendra en el Estado la convicción de que los logros técnicos legitiman por sí solos su existencia, y que no es necesario mantener la socialización política de los súbditos en orden a la formación y mantenimiento del espíritu de defensa. Esta convicción señala el “fin de las ideologías” y el imperio de la tecnocracia, se relativizan los valores y se quita importancia a las amenazas tradicionales a la comunidad nacional, tildando de extremistas o de “desestabilizadores” a quienes pretendan llamar la atención sobre las mismas. La distensión del control coactivo y del control punitivo da paso a la permisividad y al trato condescendiente de las conductas desviadas.

Es así como a pesar de que la tecnocracia y la acción desviada y subversiva no combativas, minan el consenso doctrinal hasta hacerlo desaparecer, se conservará el consenso cotidiano, en tanto el Estado sea capaz de mantener la paz y el orden y de incrementar el nivel de satisfacción de necesidades. Pero la falta de control por parte del Estado, además de facilitar el desenvolvimiento libre de las amenazas interiores y exteriores, lleva consigo la pérdida del autocontrol; esto es, la pérdida de la capacidad de controlar la gestión de sus propios centros de poder que, eventualmente, pueden convertirse en centros de conducta desviada, hablamos de -abuso del poder, tráfico de influencias, corrupción, etc.- y, consecuentemente, en una amenaza para la propia sociedad y sus intereses generales.

Lo anteriormente expuesto, tiende a una reflexión final, en el sentido de comprender las situaciones por la que atraviesa nuestra nación. Socialización política, información veraz, selección de buenos líderes, creación de tareas y cauces institucionales a la participación ciudadana en la defensa de las instituciones y del orden social (esto forma parte de la llamada “cultura cívica”, que distingue a los verdaderos “ciudadanos” de una democracia, de los meros “parroquianos” y de los “súbditos”), estos deben ser aspectos a considerar en orden a la recuperación del espíritu de defensa, perdido en la gran mayoría de las sociedades de occidente y viviéndolo hoy en día en plenitud como sociedad chilena .

Cabe resaltar que, por debajo de lo expuesto, late un grave problema de orden moral: sólo se defiende lo que se ama, y porque se ama, se coloca por encima del propio yo; e incluso por encima de la propia vida. El egoísmo insolidario de nuestros días, del que se derivan tantas disidencias e inhibiciones, está en la base misma del deterioro del espíritu ciudadano de defensa. Y sucede así, que naciones tan bien dotadas en medios técnicos para luchar contra los problemas que las amenazan, parecen inermes frente a ellos, porque el mayor peligro está en la amenaza del alma de los hombres.

Citando palabras del catedrático español Enrique Martín López, “No ha de haber, sin embargo, razones para el desaliento, pues de las oscuridades del alma salen siempre las soluciones de la Humanidad”.