Abril 2021

LA UBICUIDAD DE LA POLÍTICA

Tomando las consideraciones sobre la definición de “política” emanadas de Aristóteles, Weber y Lasswell, se podría definir muy audazmente que un sistema político es cualquier modelo persistente de relaciones humanas que implique, en una extensión significativa, poder, mando o autoridad.

Veamos qué tan acertada puede ser esta definición. Muchas asociaciones que la mayoría de la gente no considera como “políticas” poseen sistemas políticos; por nombrar algunos: clubes, ONGS, organizaciones religiosas, grupos cívicos, incluso las tribus y clanes, familias, etc. En este sentido, existen determinadas consideraciones para aclarar la idea poco común de que casi toda asociación humana tiene un aspecto político.

En primer lugar, podemos decir que en el lenguaje común hablamos del “gobierno” de una empresa, de una determinada organización, etc. En realidad, nosotros incluso podemos describir a tal gobierno como dictatorial, democrático, representativo o autoritario y, a menudo, oímos hablar de la “política” y del “politiqueo” que se hace dentro de tales asociaciones.

En segundo lugar, un sistema político es sólo un aspecto de una asociación. Cuando decimos que una persona es militar, médico, maestro o agricultor, no suponemos que él sólo es militar, médico, maestro o agricultor; son también jefes(as) de hogar, esposos(as), presidente(as) de un curso, bomberos(as), etc., así también, probablemente no hay ninguna asociación humana que sea exclusivamente política en todos sus aspectos. Las personas no experimentan sólo relaciones de poder y autoridad, sino también muchas otras como de amor, respeto, dedicación, creencias comunes, etc.

Un tercer aspecto, es que estas consideraciones, no dicen prácticamente nada de los motivos humanos, ello no implica de una manera definitiva que, en cada sistema político, la gente sea impulsada por potentes necesidades internas a gobernar a los demás, que los líderes quieran apasionadamente tener autoridad, o que la política sea inherentemente una dura lucha por el poder. En realidad, las relaciones de autoridad pueden existir entre personas y ninguna de ellas tiene pasión por el poder, o en situaciones en que las personas que más ardientemente codician la autoridad tienen muy pocas oportunidades de conseguirla. Más cercano a nuestra propia experiencia es la opinión, bastante común entre miembros u organizaciones privadas de varios tipos, de que los que quieren más intensamente dirigir la organización son los menos preparados para hacerlo, mientras que los más preparados están entre los que no quieren hacerlo. Pero, el punto central es éste; la definición muy generalizada del sistema político no hace prácticamente ninguna suposición referente a la naturaleza de los motivos humanos. En todo caso, la definición nos ayuda a hacer varias distinciones críticas que, a menudo, son confundidas en las discusiones ordinarias.

Expuestas estas consideraciones, podemos entrar en la reflexión dura, de que el análisis político trata ni más ni menos de poder, mando o autoridad. Por ejemplo, la economía se interesa por los recursos escasos y por la producción y distribución de bienes y servicios, por su parte, la política es un aspecto de una gran variedad de instituciones humanas. Por lo tanto, un economista y un politólogo pueden ambos estar estudiando la misma problemática en concreto, por ejemplo, el sistema presupuestario del país, pero donde el economista se interesaría básicamente por los problemas relacionados con la escasez y el uso eficiente de los recursos escasos y por otro lado, el politólogo trataría principalmente de los problemas que implican relaciones de poder, mando o autoridad. Sin embargo, al igual que la mayoría de las distinciones entre objetos de investigación intelectual, la división entre política y economía no está perfectamente delimitada.

Muchas personas aplican indiscriminadamente los términos “democracia”, “dictadura”, “capitalismo” y “socialismo”, tanto a los sistemas políticos como económicos. Esta tendencia a confundir los sistemas políticos con los económicos proviene de la falta de un conjunto estandarizado de definiciones, de la ignorancia de los orígenes históricos de tales términos y, probablemente, en algunos casos, de un deseo de explorar términos políticos muy favorables o desfavorables, como son democracia o dictadura, a fin de influenciar la actitud respecto a los sistemas económicos. Sin embargo, se deduce de lo que se acaba de decir, que los aspectos políticos de una institución no son lo mismo que sus aspectos económicos. Históricamente, los vocablos “democracia” y “dictadura” se han usado normalmente al referirse a sistemas políticos, mientras que “capitalismo” y “socialismo” se refieren a instituciones económicas. Dada la manera como se han usado estos términos en la historia, amerita las siguientes pero breves definiciones que son más apropiadas para la comprensión:

Veamos la Democracia, es un sistema político en el cual la oportunidad de participar en las decisiones es ampliamente compartida por todos los ciudadanos. Una Dictadura es un sistema político en el cual la oportunidad de participar en las decisiones está limitada a unos pocos. Por su parte, Capitalismo es un sistema económico en el cual la mayoría de las actividades económicas importantes son llevadas a cabo por empresas de propiedad y control privados. El Socialismo por su parte, es un sistema económico en el cual la mayoría de las actividades importantes son realizadas por agencias de propiedad del gobierno y controladas por el mismo.

En realidad, muchos sistemas políticos no son ni totalmente democráticos ni totalmente dictatoriales; y, en muchos países las operaciones privadas y gubernamentales están mezcladas en todo género de formas complejas, estas mezclas, no solo demuestran los defectos de la dicotomía “capitalismo-socialismo” sino que también subrayan el hecho de que algunas instituciones y procesos pueden ser considerados parte del sistema económico para ciertos propósitos y parte del sistema político para otros. El punto que uno ha de recordar es que, a pesar de esta mezcla o incluso a causa de ella, se ha comprobado que era intelectualmente fructífero el distinguir algunos aspectos de la vida como “económicos” y otros aspectos como “políticos”.

Derivado de lo anterior, es muy útil considerar la diferencia entre un sistema político y un sistema social, ¿Qué es una sociedad democrática? ¿Una sociedad libre? ¿Una sociedad socialista? ¿Una sociedad autoritaria? ¿Una sociedad internacional? ¿En qué se diferencia un sistema social de un sistema político?... las preguntas como éstas son especialmente difíciles de contestar, porque los términos “sociedad” y “sistema social” son usados libremente, incluso por los expertos en ciencias sociales. Sin embargo, en general se pretende que la palabra “social” tenga una cierta extensión; las relaciones económicas y políticas son tipos específicos de relaciones sociales. Aunque “sistema social” es un término al cual se da un sentido más específico, también es un concepto amplio. Por todo ello, Talcott Parsons, describió al sistema social, con tres características: - Dos o más personas actúan entre sí; - En sus acciones tienen en consideración cómo es probable que las otras actúen, y - A veces actúan conjuntamente para conseguir objetos comunes. Con esto, se hace evidente que un sistema social es un tipo de orden muy amplio. Este sociólogo establece que un sistema político o un sistema económico serían partes, aspectos o subsistemas de un sistema social.

Por tanto, una sociedad democrática puede definirse como un sistema social que no solo tiene subsistemas políticos democráticos, sino que también tiene un cierto número de otros subsistemas que operan de tal manera que contribuyen directa o indirectamente al fortalecimiento de los procesos políticos democráticos. Por el contrario, una sociedad autoritaria, por definición, contiene muchos subsistemas importantes como son la familia, las iglesias y las escuelas y todos ellos actúan para fortalecer los procesos políticos autoritarios.

En todas las sociedades, la gente tiende a desarrollar suposiciones más o menos estandarizadas de cómo se comportarán ellos y otras personas en diversas situaciones. Uno aprende a comportarse como un anfitrión o como un invitado, un padre o un abuelo, un soldado, un empleado de banco, un fiscal, etc. Modelos como éstos, en los que un cierto número de personas comparten expectativas bastantes similares sobre su forma de comportamiento en situaciones determinadas, se denominan “roles”. Todos nosotros tenemos varios roles y muchas veces cambiamos rápidamente de uno a otro. Un jugador de fútbol que va a clase antes de un partido importante y que después sale con una amiga, tiene que cambiar de un rol a otro, estudiante, atleta y pretendiente, casi tan de prisa como cuando avanza en el campo.

Cuando un sistema político es complejo y estable, los “roles políticos” se desarrollan. Quizás los roles políticos más obvios son representados por personas que crean, interpretan e imponen leyes que obligan a los miembros de un sistema político. Estos roles son “cargos”, y el conjunto de cargos de un sistema político es lo que constituye el gobierno de este sistema. Ahora, si hay una gran variedad de sistemas políticos, desde los sindicatos y universidades hasta los países y organizaciones internacionales, ¿qué pasa con el Gobierno? En todos los países cuando se habla de gobierno parece que todos saben a qué se refieren. De todos los gobiernos de todas las diferentes asociaciones de un territorio en particular, por regla general uno es reconocido de alguna manera como el Gobierno. ¿En qué se diferencia el gobierno de otros gobiernos?

Una aproximación a la respuesta, es que el Gobierno persigue fines “más altos” y “nobles” que otros gobiernos. Al menos hay tres dificultades en esta proposición; primero, porque la gente no está de acuerdo en que los objetivos más elevados y nobles sean los que persigue el Gobierno, ni incluso en si un objetivo en particular es o no perseguido en un momento dado; por tanto, este criterio puede que no sea de mucha ayuda al intentar decidir si este o aquel gobierno es el Gobierno. Segundo, a pesar de que muchas veces la gente no está de acuerdo en la manera de clasificar objetivos o valores y quizás incluso sostengan que el Gobierno está persiguiendo fines perjudiciales, todos continúan estando de acuerdo en lo que es y lo que no es el Gobierno. Un anarquista no duda que él está oprimido por el Gobierno. En tercer lugar, ¿qué sucede con los gobiernos malos? ¿persiguen tanto los gobiernos democráticos como los totalitarios fines nobles?, para dar respuesta a esto, lo primero que se debe saber es qué es el Gobierno.

Tomando como referencia a Aristóteles, él establecía que el Gobierno se diferencia de los demás gobiernos, por el carácter de la asociación a la cual pertenece; esto es, una asociación política que se abastece a sí misma, en el sentido que posee todas las cualidades y recursos necesarios para una vida próspera. Ésta idealizada interpretación de Aristóteles acerca de la ciudad-estado estaba muy lejos de la realidad, incluso en su tiempo. Atenas no se satisfacía cultural ni económica ni militarmente. En realidad, era bastante incapaz de garantizarse su propia paz o independencia. Sin aliados, no podía mantener la libertad de sus propios ciudadanos. Lo que era cierto para las ciudades-estado griegas es igualmente válido hoy en día.

En un adaptado de Weber, encontramos que un Gobierno es cualquier gobierno que define con éxito su derecho a la regulación exclusiva del uso legítimo de la fuerza física para imponer sus normas dentro de un área territorial dada. El sistema político formado por los residentes de esta área territorial y el gobierno de esta área constituye un Estado. Esta definición, sugiere algunas interrogantes: Primero; ¿Los individuos que no ostentan cargos gubernamentales pueden en algún caso usar legítimamente la fuerza? ¿Qué pasa cuando los padres le pegan a los hijos? La respuesta es, evidentemente, que el Gobierno de un Estado no monopoliza necesariamente el uso de la fuerza, pero tiene la autoridad exclusiva de marcar los límites dentro de los cuales la fuerza puede ser usada legítimamente. Los Gobiernos de la mayoría de los Estados permiten a los individuos privados usar la fuerza en ciertas circunstancias. Segundo; ¿Y qué sucede con los criminales a los que no se detiene? Después de todo, ningún país está libre de agresiones, asesinatos, violaciones y otras formas de violencia y los criminales, a veces, consiguen escaparse de la ley. Sin embargo, de lo que se trata es que se mantenga con éxito la reclamación del Gobierno del Estado a regular la violencia y la fuerza, en el sentido de que pocas personas discutirían seriamente el derecho exclusivo del Estado a castigar a los criminales. Claro está que, aunque la violencia criminal exista, no es lícita. Tercero; ¿Y qué sucede en las circunstancias en que la violencia y la fuerza están ampliamente extendidas, como en una guerra civil o en una revolución? En este caso una única respuesta no sería suficiente. Puede suceder que en períodos cortos no exista ningún Estado, desde el momento que no haya ningún Gobierno capaz de mantener su derecho a la regulación exclusiva del uso legítimo de la fuerza física.

Finalmente, podemos estar seguros de una cosa. Cuando un gran número de personas, en un territorio determinado, empieza a dudar o a negar la pretensión del Gobierno de turno de regular la fuerza, entonces el Estado existente se halla en peligro de disolución.

Cualquier semejanza a la realidad que vive hoy en día nuestro país... es mera coincidencia.