Septiembre 2021

HABLEMOS DE LAS CURIOSIDADES DE LA DIPLOMACIA (PARTE I)

Teniendo como fuente a Dn. Enrique Bernstein, comenzaré diciendo que el origen etimológico de la palabra diplomacia, según el propio ex embajador, es dudoso, ya que al parecer proviene del griego a través del latín diplom, que significa doblar. Los diplomas eran documentos oficiales emanados de un soberano en virtud de los cuales se concedían determinados privilegios a sus portadores. Dada su extensión y al hecho que estaban grabados en metal, se entregaban doblados en dos. De allí tal vez provenga el sentido peyorativo que, a veces, se le ha dado al término confundiéndosele con duplicidad, falta de sinceridad y aún hipocresía.

También se entiende por Diplomacia como mera cortesía. Un autor británico (son los que más han efectuado estudios sobre la materia) definió en el siglo pasado a un diplomático, como la persona que felicita a una “lady” con motivo de su cumpleaños, pero cuidándose muy bien de no recordarle cuántos son esos años. Y otro británico, Mencke, en su Dictionary of Quotations, establece la diferencia entre un diplomático y una “lady”, diferencia que se hizo famosa y que ustedes ciertamente han escuchado: “cuando un diplomático dice sí, quiere decir tal vez; cuando dice tal vez, quiere decir no; y si dice no, no es un diplomático. Por el contrario, cuando una “lady” dice no, quiere decir tal vez; cuando dice tal vez, quiere decir sí; y cuando dice sí, no es una lady”.

Existen, por supuesto definiciones menos humorísticas y más serias. Las estadísticas de Derecho Internacional y de Derecho Diplomático, así como los numerosos escritores que se han ocupado del tema, coinciden en considerar la Diplomacia, a la vez, como una ciencia y como un arte. Ciencia, porque requiere el conocimiento de las relaciones jurídicas, políticas y comerciales entre los Estados, así como sus intereses y sus tradiciones. Arte, porque la gestión diplomática precisa de condiciones personales especiales en quienes la ejercen. Según Bernstein, la mejor definición es aquella que considera la diplomacia como el conjunto de conocimientos y aptitudes para conducir con acierto las relaciones pacíficas entre Estados. Entre otras palabras, consiste en la aplicación de la inteligencia y del tacto para el mantenimiento de esas relaciones. También podría decirse que es el arte de ejecutar la política exterior de cada Estado, en el bien entendido que esa política no es inmutable y no escapa ni a las necesidades ocasionales, ni tampoco a los personalismos. La política exterior, jamás debe olvidarse, no es un producto de laboratorio, menos aún, una ciencia exacta. La Diplomacia que está al servicio de esa política, es un medio, no es, en sí, un fin.

Sería un error considerar la diplomacia como una actividad accesoria, un lujo costoso y superfluo. Por el contrario, es indispensable para las grandes potencias y sobre todo, para las más pequeñas y menos poderosas, cuyo destino puede depender justamente del éxito de una política exterior, no sólo bien planificada, sino que muy bien ejecutada. Tan necesaria es la acción diplomática, que ella encuentra orígenes en los primeros pobladores de la tierra.

Un acucioso historiador sueco, cita en su libro sobre orígenes de la Diplomacia, casos y hechos interesantes que demuestran cómo, en la Edad de Piedra, existieron ya los primeros asomos de misiones diplomáticas extraordinarias con el objeto, por ejemplo, de enfrentar conjuntamente las hambrunas que afectaban a las tribus, de notificar el fallecimiento de jefes de las mismas y la elección de sus sucesores; o bien, para realizar gestiones matrimoniales. Pero, sobre todo, para declarar la guerra o hacer la paz.

Precisamente, la guerra y la paz se ceñían, en ciertos países primitivos, a una reglamentación diplomática estricta y que demuestra que el mundo no ha progresado mucho. Por ejemplo, en Oceanía entre la declaración de guerra y el inicio de las hostilidades, debía existir un lapso indispensable para que el adversario supiera a qué atenerse y no fuese tomado desprevenido, lapso que no debía ser inferior a cinco días. En la isla Timor, era obligatorio en las tribus negociar previamente a la declaración de guerra. Y los aztecas, antes de la instauración del imperio, utilizaban un sistema digno de ser citado. Cuando una tribu tenía la intención de declarar la guerra a otra para lavar su afrenta, le enviaba previamente tres embajadas sucesivas. La primera, al jefe para informarle determinada reparación. La segunda, a los notables a fin de que presionaran al jefe, haciéndoles presente los peligros que entrañarían las hostilidades. Por último, una tercera, al pueblo mismo, para informarle de la inminencia del conflicto en caso que la reparación pedida no fuese otorgada y solicitarles que intervinieran en favor de una solución que los salvara de los horrores de la guerra. ¡Qué útil sería ahora proceder en igual formal!

En todo caso, es un hecho comprobado que la Diplomacia se remonta a la más lejana antigüedad. Basta con abrir la Biblia. En el Antiguo Testamento, se lee que el Rey David declaró la guerra a los Amonitas para lavar una afrenta hecha a sus Embajadores. El gran historiador Josefo condenó, por su parte, la masacre a dos Embajadores ordenada por el Rey Herodes, en los siguientes términos: “Un acto execrable a los ojos de las naciones, principalmente para nosotros judíos, que recibimos nuestras santas leyes de Dios por intermedio de sus ángeles que eran sus Embajadores”. Estas palabras confirman otra versión corriente en la antigüedad. Los primeros embajadores habrían sido los mensajeros que Dios envió a Sodoma y Gomorra para advertir a sus habitantes que destruiría ambas ciudades si continuaban su pecaminosa vida. De ser ello efectivo, se trataría también del primer atentado conocido contra diplomáticos ya que los bellos ángeles, perseguidos por los habitantes de Sodoma, debieron buscar refugio en una casa para escapar a las malévolas intenciones de que eran objeto.

En la historia más lejana se encuentran ya, los primeros escritos sobre práctica diplomática y derecho internacional. Así, el Código de Hamurabi, en Babilonia, que data de dos mil años antes de Cristo, contiene normas sobre inmunidades que correspondían a los embajadores y sobre la libertad de movimiento de que debían gozar, a fin de facilitarles la labor de información inherentes a sus funciones. El Código Manú, dictado por la India, 500 años antes de Cristo, hacía otro tanto. “El buen Ejército, dice textualmente, depende del General; el buen orden, de la Justicia, la guerra y la paz dependen del Embajador”, quién debía ser, y cito, amable, educado, agradable de trato, intrépido y suficientemente perspicaz para descubrir los designios secretos del soberano extranjero”

En tiempos más modernos, en Grecia y Roma, la Diplomacia se constituyó oficialmente, pero conservando todavía las embajadas un carácter, por lo general, transitorio. Sólo a fines de la Edad Media aparecen las misiones de carácter permanente, correspondiendo la iniciativa de su instalación al Papa y a las repúblicas de Venecia y Florencia. También hacen su aparición las primeras reglamentaciones sobre ceremonial y protocolo.

De lo relatado, nos podemos dar cuenta que la diplomacia no es una invención reciente, que ella obedece, por el contrario, a necesidades indispensables en la vida de las relaciones humanas.

En todo caso, es interesante anotar que, con el transcurso de los años, en nada fundamental han variado las cuatro funciones esenciales que desempeñan los agentes diplomáticos, a saber: la representación, la protección, la observación e información y la negociación.

La Representación, es el elemento primordial. El diplomático habla y actúa en nombre del jefe del Estado o del Gobierno, según lo establezcan las respectivas Constituciones Políticas. Cuenta para ello con plenos poderes. Así lo acredita el texto de su carta credencial. Es el intermediario permanente entre el Estado que lo nombra y el que lo recibe. Esta función significa, a la vez, un honor insigne y una tremenda responsabilidad.

La Protección, corresponde a la protección de los intereses del Estado y de sus nacionales. En el más amplio sentido de la palabra, deberá velar porque se apliquen las normas del derecho internacional y de la legislación interna; porque no se produzcan discriminaciones en contra de su país y de sus nacionales; porque ellos no sufran denegación de justicia.

La Observación de cuanto acontece en el país extranjero y la Información sería a su propio Gobierno. Para obtener esa información indispensable, el diplomático goza de la mayor libertad. Ninguna autoridad del Estado receptor debe ponerle trabas, de ahí el respeto de los mensajes cifrados y del correo, así como de las libertades de desplazamiento. La Convención de Viena de 1961, pone una sola condición a esa libertad de información: que ella sea obtenida por medios “lícitos”, es decir, descarta expresamente el espionaje y la corrupción, tan usuales en el pasado y por qué no decirlo, en el presente.

La Negociación, cuarta actividad diplomática, consiste en la búsqueda, mediante medios pacíficos, de soluciones honorables, ojalá definitivas, a los problemas que se presentan en la relación de los Estados. La negociación es el arte de lo posible. Requieren interlocutores válidos, materia negociable y, por supuesto, voluntad de negociar.

Pocas actividades exigen tanta variedad de conocimientos. Si bien el diplomático no puede pretender la omnisapiencia, debe intervenir en materias diversas y técnicas, como el cambio climático, la diversidad energética, las migraciones, la economía, amenazas ambientales, defensa y seguridad regional, terrorismo, narcotráfico, etc.

En el próximo artículo correspondiente al mes de octubre 2021, nos interiorizaremos de las condiciones personales que debe poseer el agente diplomático para desempeñar una profesión tan variada y de tanta responsabilidad.