Octubre 2021

HABLEMOS DE LAS CURIOSIDADES DE LA DIPLOMACIA (PARTE II)

Continuaremos conociendo aspectos entretenidos de la Diplomacia, teniendo como base la mirada del ex Embajador Enrique Bernstein Carabantes, abordando en esta oportunidad, las condiciones personales que debe poseer el agente diplomático para desempeñar una profesión tan variada y de tanta responsabilidad. Cabe señalar, que dichas condiciones, son aplicables en su gran mayoría para toda actividad y conducta humana. Es necesario considerar algunos alcances, tales como que dichas condiciones comprenden a todos los funcionarios del servicio Exterior, ya sea que ejerzan actividades diplomáticas o consulares; pero, naturalmente, ellas se refieren de manera más enfática a los jefes de misión. En segundo lugar, conviene señalar que la importancia del país en que están acreditados repercute también en aquellas condiciones. No son todas igualmente indispensables en todo momento y lugar. Y, por último, y en estrecha relación con lo anterior, algunas de ellas tienen una importancia más relativa si el diplomático está acreditado ante un determinado gobierno o ante un organismo internacional. No existen, por tanto, reglas absolutamente rígidas, salvo aquellas más esenciales. Alguien escribió que los diplomáticos son como las estatuas, para saber si estarán bien en sus cargos, conviene imaginárselos primero en el ambiente en que van a ser colocados y como actuarán allí.

Según Bernard de Rosier, autor muy conocido del siglo XV y que fuera embajador del Rey de Francia, el diplomático debía poseer exactamente 26 virtudes, que destacan entre otras, la veracidad, temperancia, probidad, modestia, sobriedad, honestidad, magnificencia y audacia. Para otro autor inglés y de gran prestigio en su tiempo, el Embajador no debía ser ni muy joven ni muy anciano, ni de excesiva y acomplejante estatura, ni tan pequeño como aquel a quien el Papa Bonifacio VIII le pidió que se levantara de su genuflexión, en circunstancias que ya se encontraba de pie.

Otro autor inglés moderno, Satow, resume las condiciones esenciales de un candidato a la Diplomacia: buen carácter, buena salud, buena apariencia, inteligencia superior a la normal y juicio certero. Por otra parte, los hermanos Cambon, que fueron los mejores diplomáticos franceses de comienzos de siglo, uno era Embajador en Londres, el otro, en Berlín antes de la Primera Guerra mundial, y que escribieron tratados sobre Diplomacia, tenían opiniones complementarias, pero no divergentes. Para Paul Cambon, la única cualidad esencial en un Embajador era el buen juicio mientras que, para Jules Cambon, lo más indispensable era la autoridad moral.

El Príncipe de Talleryrand, agregaba otra condición: la suerte. En cierta oportunidad, después de interrogar largamente a un candidato a Embajador y cuando había decidido nombrarlo, le preguntó en el momento de la despedida “Avez vous de la chance?” (“¿Eres suertudo?”). Respondió el interesado que recién ahora, con este nombramiento, esperaba compensar la mala suerte que le había acompañado en su carrera durante años. “No me sirve, entonces, exclamó el ministro de Napoleón, un Embajador está destinado al fracaso, aunque posea todas las condiciones personales, si carece de suerte”. Y rompió el decreto de nombramiento.

La primera condición requerida en un diplomático, según nuestro ex Embajador, es el patriotismo. Parodiando a Platón, podríamos atrevernos a decir, que no nace para sí, nace para su patria. El amor a ella ha de ser más fuerte que todo, cualesquiera que sean las circunstancias nacionales o internacionales porque atraviese. Si son adversas, razón demás para servirla con toda su capacidad e inteligencia. De un autor inglés, muy joven, un lema que siempre ha inspirado en la carrera diplomática y que resume lo dicho anteriormente: “Right or wrong, my country”, que, en una traducción no literal, significa: Si mi país está equivocado o atraviesa por situaciones difíciles, razón demás para servirlo.

Lealtad y sinceridad, son otras condiciones fundamentales. La lealtad requiere no sólo disciplina funcionaria, sino que también espiritual. Esa disciplina no ha de entenderse como la obligación del Embajador de acatar siempre las instrucciones que recibe. Cuando las considera inconvenientes o inoportunas, tiene la obligación de hacerlo así presente a su gobierno antes de darles cumplimiento. En caso contrario, estaría faltando gravemente a la lealtad y a la confianza depositada en su persona. El diplomático no es un “robot”.

La sinceridad en las informaciones es de suma importancia. No debe el diplomático ocultar nada a su propio gobierno, por desagradable que sea. Todo cuanto transmita ha de ser fiel reflejo de la fría realidad. La peor aberración del espíritu consiste en ver las cosas como se quisiera que fuesen y no como efectivamente lo son. Aunque no tenga una relación directa con la Diplomacia, se estima necesario citar otro pensamiento de Talleyrand: “Sin riquezas, una nación es pobre; pero sin patriotismo, es sólo una pobre nación”.

Por definición, el diplomático ha de ser educado, en el verdadero sentido de la palabra. Es decir, poseer el dominio de sí mismo y respetar los sentimientos, posiciones o argumentos ajenos. Mientras más se les respete, será más fácil combatirlos en caso necesario.

La vanidad es un grave peligro que acecha a cada instante al diplomático. No sólo debe evitarlo, sino que practicar la modestia le será mucho más útil. Tanto en sus conversaciones como durante una negociación, ojalá evitara apabullar con argumentos a la otra parte. En palabras de Dn. Enrique Bernstein… ¡Cuántas veces he escuchado algunos colegas vanagloriarse por haber dejado callado al antagonista! Grave error comete el Embajador que deje mudo a su contrincante. No tardará en arrepentirse porque se le guardará rencor y tarde o temprano deberá pagar la cuenta de un triunfo tan circunstancial como inútil. Creo que siempre es bueno tener presente el proverbio árabe que recomienda: “Cuando lances una flecha, úntale primero la punta en miel”.

A las condiciones anteriores y en estrecha relación con ellas, habría que agregar la prudencia, la cautela, la reserva. La excesiva locuacidad no es recomendable (como no lo es aparentar saberlo todo o estar siempre bien informado). La mayor habilidad suele consistir, justamente, en no demostrar que se es hábil, inteligente o culto. Más útil es escuchar a los demás que escucharse a sí mismo. Lo anterior no significa, por supuesto, que deba confundirse la cautela con el silencio, el silencio de quienes nada dicen, porque nada se les ocurre.

Consiste la prudencia también en evitar afirmaciones categóricas. En un mundo tan cambiante como el actual, las posiciones políticas sobre asuntos contingentes pueden variar y no es siempre conveniente dejar testimonio de esos cambios. Aconseja también la prudencia, abstenerse de expresar opiniones personales sobre asuntos internacionales que puedan no concordar con las de su propio Gobierno. Nadie cree que cuanto opina un Embajador es ajeno a la opinión de sus mandantes, aunque insista en que está hablando a título estrictamente personal.

En la redacción de los informes a sus propias autoridades, el diplomático ha de ser también muy cauteloso. Evitará transmitir cuanto se escucha sin haber previamente sopesado el valor de la información y la calidad del informante. Un dato mal interpretado puede inducir a error a las autoridades nacionales y aun tener consecuencias catastróficas.

La veracidad es otra condición fundamental en la labor diplomática. Los tratadistas tienen, con respecto a ella, tesis contrapuestas. Por ejemplo, Sir Henry Bottom define al Embajador como “un hombre de bien enviado al extranjero para mentir en beneficio de su país”. Otro tanto sostenía Talleyrand al expresar que la palabra fue dada al hombre, y por tanto al diplomático, para disfrazar su pensamiento. Luis XI, el más zorro de los reyes de Francia, instruía a uno de sus embajadores “Si ellos le mienten, miéntales usted más”. Estas erradas interpretaciones de la diplomacia, son culpables del desprestigio latente de que sufre en la opinión pública. Tiene ésta la sensación que en las Embajadas siempre predominan el engaño o la intriga. Frente a esto, es acertada la recomendación de Bismark: “en política es preciso seguir siempre el camino recto”. Claro es que el gran Canciller alemán no siguió siempre su propio consejo e inventó el famoso telegrama de Ems, con el objeto de provocar la guerra franco-prusiana, pero la frase es buena. El propio Macchiavello instruía al embajador de Florencia ante Carlos V: “Usted no debe aparentar nunca ser un hombre que dice algo y piensa lo contrario”.

Otro aspecto a destacar, es que la función diplomática obliga al Embajador a adaptarse al ambiente del país en que está acreditado, a comprender su realidad, a respetar sus defectos, a convivir con sus habitantes, a inspirarles confianza, para poder informar bien a su gobierno. Debe tener contacto con los Poderes del Estado, sus centros culturales, las representaciones sindicales, las iglesias, los partidos políticos, sean ellos de gobierno o de oposición, en estos contactos, ojalá se abstuviera de lanzar opiniones aventuradas o dar consejos públicos. Porque la labor de información no es una labor sedentaria, la buena Diplomacia se practica afuera no puertas adentro. Por eso, el éxito no se mide por el número de oficios o de informes enviados, sino por la exactitud de su contenido. A veces una hora de conversación vale más que cien páginas o escritos. Un Embajador que circula en los diferentes medios puede, en cualquier momento, adivinar o prevenir un peligro para su país, lo que no sucederá si permanece encerrado en su oficina.

Esta obligación de informar obliga al diplomático a llevar una vida social activa que es muchas veces mal apreciada y, hasta objeto de sorna. En la opinión pública se ignora que la asistencia a recepciones, banquetes y manifestaciones forman parte del trabajo. No se hace siempre por gusto, sino por necesidad, para recibir opiniones diversas, formarse la suya propia y transmitirla a su gobierno.

En base a la trayectoria profesional de Dn. Enrique Bernstein Carabantes, a grandes rasgos se han indicado algunos de los métodos usuales en la negociación diplomática, así como la mejor manera de sortear los escollos que ella presenta. Se ha enumerado también las condiciones más necesarias que debe poseer la persona encargada de dirigirla, entre otras la veracidad, el tacto, la paciencia, la discreción, la serenidad, la prudencia. A quienes argumenten, con razón, que se ha olvidado la inteligencia, nuestro ex Embajador les respondería, parodiando a un autor británico, que no se ha olvidado. Simplemente la ha dado por supuesta. Él, creyó siempre en la Diplomacia y en los diplomáticos, en el bagaje de conocimientos que ellos poseen y que no debe ser menospreciado. Tuvo siempre en la memoria las palabras de Talleyrand: “en diplomacia se puede hacer todo, menos improvisar” …, hay que confiar en la naturaleza profunda de la diplomacia, incluyendo en ella su maquillaje superficial que es indispensable, porque la experiencia así lo enseña. Finalmente, su pensamiento sobre la Diplomacia, fue que “es lo mejor que la civilización imaginó para evitar que sólo la fuerza dirija las relaciones de los pueblos”.