Noviembre 2021

SALITRE Y SUS CURIOSIDADES EN EL NORTE GRANDE CHILENO

A pesar de las severas limitaciones que el desierto chileno impone a los seres vivientes, muchos han sido los hombres recios de nuestra tierra que no han trepidado en adentrarse en lo más lejano y recóndito de sus dominios. No nos preocuparemos aquí ni de los soldados de la España Imperial que atravesaron repetidamente el despoblado, en su afán de conquista y colonización de esta querida tierra nuestra, no de los bizarros batallones de la gesta del 79, que lo hollaron en todas direcciones y épocas del año, en busca del enemigo que pretendía escamotear los derechos inalienables de un puñado de esforzados ciudadanos de Chile.

Me referiré a aquellos hombres que, sin otro medio de transporte que la humilde mulita o el bíblico pollino y sin más herramienta que una brújula y una picota, respondieron al desafío tremendo del desierto, cruzándolo en la extensión total de su ámbito inhóspito, en busca de los tesoros que mañosamente ocultaba en sus entrañas. Y los que, soberbios y desafiantes, se han instalado en sus dominios silentes para a fuerza de coraje y de vigor, extraer las riquezas minerales que los otros descubrieron en sus temerarias incursiones. Aquellos fueron los exploradores y los pampinos.

Los exploradores sabían que “en aquel desierto cada paso era un peligro, pues el hambre, la sed, el desvarío, eran no pocas veces fatales: en el árido suelo la vista descubría con desalentadora frecuencia los calcinados restos de caravanas o de viajeros que jamás volvieron a sus hogares”. Vicuña Mackenna observa que “en aquel tiempo el desierto que hoy se explora y se puebla casi a un tiempo, era el país silencioso de la muerte. Sin agua, sin verdura, sin rumbos, sin horizontes, sin vestigios de ninguna vida orgánica”.

En cuanto al pampino, recordaremos que fueron empresarios y trabajadores chilenos los que, junto a empresarios peruanos y de otras nacionalidades, aportaron sus capitales y el vigor de sus brazos y de sus mentes, al auge de la industria salitrera de Tarapacá. Pero llegó el momento en que, abocado a un descalabro financiero de proyecciones catastróficas, el gobierno del Perú consiguió el despacho de la ley del estanco del salitre, que permitiría al Estado adquirir el total del producto de las plantas elaboradoras de Tarapacá (1873).  Era necesario, además, entenderse con Bolivia a fin de aplazar la explotación de las pampas salitreras descubiertas por un chileno en el “Toco” (comuna que integró el antiguo departamento de Tocopilla en la provincia de Antofagasta) y controlar a la “Compañía de Salitres y Ferrocarriles de Antofagasta”, también chilena, cuando empezara a producir en escala apreciable.

Se trataba, bien se ve, de medidas contra empresarios y obreros chilenos. Lo que era muy natural. Más de un 50% de los habitantes de la provincia peruana de Tarapacá era de nacionalidad chilena y los brazos que elaboraban el salitre eran, casi en su totalidad chilenos. Chilenos eran, también numerosos empresarios y gran parte de los capitales ocupados en la faena y chileno, por último, el puerto de Valparaíso por donde se embarcaba el nitrato hacia lejanas regiones del mundo y donde tenían su sede los bancos que concedían empréstitos a los industriales, nacionales y extranjeros, del fabuloso fertilizante del Perú.

Nuestros pampinos no se dieron por vencidos, sin embargo, muy al contrario, supieron hallar inmediatamente una respuesta a este nuevo desafío. Redoblaron sus esfuerzos por descubrir salitre en las pampas que se extienden al sur de Antofagasta y el gobierno chileno, por su parte, los socorrió con toda clase de facilidades y estímulos. Fueron descubiertos en Taltal y Aguas Blancas depósitos salitrales de alta ley y erigido un total de 34 oficinas, de tal manera que el capital invertido en ambas pampas ascendía, en 1878, a más de $ 4.000.000 de la época.

En 1866, los señores José Santos Ossa y Francisco Puelma obtenían del gobierno boliviano la “posesión y goce de los terrenos” salitrales que el primero de ellos descubriera en Cuevitas y en el Salar del Carmen. Habían constituido como primer paso, la empresa que, andando el tiempo, llegaría a ser la “Compañía de Salitres y Ferrocarril de Antofagasta”.

Siendo el desierto el reino de la soledad y de la nada, fue preciso llevar absolutamente todo desde las provincias centrales o del sur: obreros, maquinarias, alimentos, animales y elementos para el transporte, etc. La empresa logró conseguir también que los vapores de la Compañía de Navegación en el pacífico recalasen en la aislada y lejana Caleta de la Chimba, la futura ciudad de Antofagasta. El primer barco, junto con transportar los materiales más indispensables para la existencia de la nueva población, entre ellos los indicados para instalar la primera máquina condensadora de agua, abrió la ruta que pondría a la Caleta en comunicación con los puertos del país, del continente y del mundo. La empresa procedió a construir, un ferrocarril destinado al servicio de las salitreras, que alcanzó primitivamente hasta el Salar del Carmen, en cuyos aledaños funcionaba, desde hacía algunos meses, la máquina elaboradora del noble producto nitrogenado. Hasta ese momento el transporte de subida y bajada se hacía en carretas arrastradas por bueyes o por mulas, a lo largo de la vecina Quebrada del Carmen (o del Salar).

Pero he aquí que, sin advertencia previa, el General Hilarión Daza (militar y político boliviano, décimo noveno presidente de Bolivia), desconoció los derechos otorgados por gobiernos anteriores a la Compañía de Antofagasta y dispuso que la asamblea boliviana aprobara la transacción celebrada con aquella en noviembre de 1873, “a condición de hacer efectivo, como mínimum, un impuesto de diez centavos en quintal español”. La Compañía solicitó el amparo diplomático del gobierno de Chile y, al cabo de prolongados y engorrosos trajines entre Santiago y la Paz, se consiguió solamente una declaración del Ejecutivo del Altiplano, en el sentido de que manteníase dispuesto a ordenar la fiel ejecución del referido impuesto de diez centavos. El 6 de enero de 1879 se notificó a la Compañía el cobro de los derechos, se trabó embargo de sus bienes y se ordenó la prisión de su gerente. Se fijó, además, el 14 de febrero del mismo año como fecha de remate de las oficinas y demás bienes embargados.

La respuesta al desafío fue instantánea. No sólo los empresarios y obreros del salitre, sino que el pueblo de Chile en masa se irguió como un solo hombre para defender sus legítimos derechos amenazados. Los pampinos empuñaron el fusil y “lo hicieron con la misma desdeñosa arrogancia que frente a las rudas incidencias de la faena. No les arredró la metralla ni los rigores de la naturaleza hostil, y… supieron de las embriagueces del triunfo”. Conseguida la victoria, esos mismos altivos chilenos se las arreglaron, sin embargo, de un modo tal que a breve plazo quedaron desposeídos de los frutos conquistados. En aras del liberalismo económico la industria salitrera pasó, en su casi totalidad a manos extranjeras, especialmente británicas y bajo su égida experimentó, durante los primeros decenios de este siglo, un desarrollo de grandes proporciones.

De la noche a la mañana, sin embargo, un abono nitrogenado sintético procedió a enfrentar victoriosamente a nuestro efectivo producto natural y éste empezó a perder terreno día a día, en proporciones verdaderamente alarmantes. Hasta la I Guerra Mundial el nitrato de sodio de Chile cubría la casi totalidad de la demanda mundial, en 1931 alcanzaba un 15%.

Sin embargo, no se decía aún la última palabra. El procedimiento de evaporación solar, perfeccionado por ingenieros chilenos y puesto en marcha en algunas oficinas Guggenheim (la familia Guggenheim fue una familia estadounidense conocida por su participación en la industria de la minería y posteriormente en la filantropía), significaría una producción mucho mayor y a un costo más bajo, permitiendo el aprovechamiento del 99% del producto nacional y la explotación de caliche de baja ley (6% de nitrato). Como, de todas maneras, la industria llevaría las de perder en su desigual lucha contra los fertilizantes sintéticos (costos de elaboración y de transporte muy altos de la primera; ayuda subtanciales de los gobiernos para los segundos), se concluyó que era preciso llegar a la diversificación de la producción. Por su intermedio se recuperaría gran parte de otros elementos y sales contenidos en el caliche (yodo, sulfato de sodio, sales de magnesio, ácido bórico, etc) “en cantidades comerciales que no es posible precisar aún, pero cuyas posibilidades futuras nos hablan de volúmenes adicionales superiores a dos millones de toneladas”.

En esos tiempos, la demanda de abonos nitrogenados había sido siempre superior a la producción, lo que obligó a la creación de nuevas y más numerosas plantas elaboradoras del elemento sintético. “Como ello no satisfará plenamente, sin embargo, a la demanda mundial y como nuestro producto continuará siendo el preferido por su superior calidad, debemos colegir que a nuestra industria salitrera le esperan días de resurgimiento y de bonanza”….pese a todo, nada pudo evitar la caída inexorablemente de nuestro salitre.

Lo relatado hasta aquí, ha sido un fugaz esbozo de la industria salitrera de Chile. Ahora, veremos muy sucintamente, pero con detalle, el trabajo de la producción del salitre y sus hombres relevantes que permitieron ese tiempo de prosperidad para nuestro país.

El Salitre era conocido desde tiempos inmemoriales. Los quichuas o los atacameños lo beneficiaban moliendo el caliche, colocándolo en seguida en grandes fondos de cuero curtido y echándole agua encima, hasta colar el depósito. Transcurrido un día, abrían una clavija situada en su parte inferior y vaciaban el líquido en botijas (vasijas de barro, redonda y de cuello corto y estrecho), lo destilaban y lo ponían a calentar en pailas de cobre hasta que se formaban canutillos de salitre, que eran transportados a lomo de llama a través del desierto. Era el sistema de paradas.

Los españoles conocieron la existencia del salitre y lo aprovecharon para la elaboración de la pólvora. El sistema que empleaban para la obtención de aquél era el mismo de los atacameños y admiraba el empuje y la audacia de esos hombres que se internaban en el desierto, con escasa provisión de agua y sin más herramientas que una barreta de hierro y dos o tres utensilios. En un lugar determinado era alzada una tosca construcción, que servía de vivienda a los mineros y en torno de la cual cavaban aquellos los boquerones a fuerza de voluntad y de músculo. No contaban con más agua que la de un pozo próximo o la que los llevaba, cada cierto tiempo, una recua (conjunto de animales de carga que se llevan juntos en el transporte de mercancías); con más lecho que el suelo ni con más alimento que charqui, queso y galleta.

Entre 1810 y 1812 se establecieron 7 u 8 oficinas en las pampas de Negreiros, Pampa Negra y Zapiga, y hay constancia de que la producción salitrera de Tarapacá, en total alcanzaba a 23.160 quintales a fines de 1812. Hasta promediar el siglo antes pasado, los mantos calicheros de la citada región de Tarapacá, el único centro productor de salitre, en un comienzo, fueron explotados en modesta proporción por mineros de escasos recursos y que empleaban procedimientos técnicos por demás rudimentarios en las faenas: el de las precitadas paradas de los atacameños.

Las primeras exportaciones regulares de salitre fueron establecidas por el ciudadano chileno don Santiago Zavala y el primer cargamento enviado al extranjero lo fue por Iquique, en Marzo de 1830, cuando este “puerto mayor” contaba apenas con un centenar de habitantes. Anteriormente, en 1826, había sido despachado un cargamento de esta substancia a Inglaterra, pero allí se le consideró como un simple lastre y, fue, sencillamente, arrojado al mar. A partir de 1850, más o menos, se empezó a generalizar en Europa el uso del salitre como fertilizante, con el impulso renovado consiguiente a su industrialización.

Amén de un tributo minúsculo, intranscendente, en consecuencia, la exportación del salitre se realizó libre de derechos hasta la dictación del decreto del 30 de noviembre de 1868, que la gravó con 4 centavos por quintal.

Empresarios peruanos y, luego, chilenos aportaron sus capitales y su energía en beneficio de la producción y modernización de los procedimientos empleados. A ellos se agregaron algunos otros de nacionalidad inglesa, italiana, alemana y española, residentes en el Perú. Entre los industriales y técnicos chilenos, cabe destacar los nombres de Pedro González de Candamo, Antonio Alfonso, Francisco Puelma y otros. El inglés nacionalizado en Valparaíso, Jorge Smith, construyó un andarivel en el cerro del Molle e instaló las primeras máquinas resecadoras de agua del mar (1845). El mismo Smith descubrió bórax en la región. Otro industrial chileno, Pedro Gamboni, perfeccionó la elaboración primitiva y antieconómica del caliche por el sistema de paradas (1850) y descubrió el yodo en las aguas madres (1856). Efectivamente, introdujo el empleo de cachuchos (estanques) de hierro de una capacidad de 50 toneladas, que se llenaban con agua calentada por medio de vapor directo. En ellos se depositaba el caliche, molino con chancadoras movidas a vapor, y cuyas sales eran disueltas a través de agujeros, formándose así una lejía enriquecida. Para los efectos de su clarificación se la pasaba después a los chulladores (estanques destinados a la clarificación del caldo salitroso que proviene de la lixiviación del caliche en los cachuchos) y desde éstos, a bateas, donde cristalizaba el salitre. El cloruro de sodio (sal común) quedaba en las aguas madres.

Los hermanos Gallo (Pedro León, Tomás y Ángel Custodio) y otros capitalistas y casas comerciales chilenas financiaron, no solo a los industriales de la misma nacionalidad, sino también a los europeos, como en el caso de Mc Lean y Williamson. Don Matías Cousiño substituyó la leña (especialmente de Tamarugos), acarreadas desde las quebradas del interior o de la pampa, por el carbón de Lota, quedando los asnales libres para el transporte del salitre a la costa.

La afluencia de empresarios, capitales y brazos a Tarapacá prosiguió y entre los primeros se destacaron don Daniel Oliva y don Manuel J Vicuña. Hacia 1872 la “Compañía de Consignaciones”, el Banco de Edwards y otras cuatro casas de Valparaíso, tenían prestados a los industriales salitreros de Tarapacá más de $4.000.000 y en cuanto a los brazos que laboraban en las plantas eran, casi en su totalidad, chilenos. De acuerdo con el censo efectuado en el Perú en 1876, en la provincia de Tarapacá vivían 9.664 chilenos, 6.028 peruanos y 5.220 ciudadanos de otras nacionalidades, “la mayoría de ellos con la indicación “ignorada”, que es de suponer también eran chilenos: parece evidente que había interés en desinflar la participación de los chilenos, la que podemos suponer fue realmente de unas 14.000 almas” (Keller).

Más del 80% de los jornaleros de Tarapacá al estallar el conflicto del Pacífico, al decir del señor Encina, eran de nacionalidad chilena. Según el mismo autor, en 1870-72 existían 18 oficinas modernas, con una capacidad de producción de 3.200.000 quintales ingleses. La distribución por nacionalidades era así:

Peruanos… 930.000 quintales

Chilenos… 800.000 quintales

Ingleses…  700.000 quintales

Alemanes.. 650.000 quintales

Franceses.. 120.000 quintales

En 1876, don Santiago Humberstone, introdujo un nuevo sistema en la elaboración del salitre, consistente en calentar la lejía de los cachuchos por medio de serpentines de vapor, en vez de fuego abierto, lo que implicaba una considerable economía térmica. Este procedimiento recibió el nombre de Shanks…, aun cuando fue inventado por el químico alemán Gundlach para elaboración de la soda y permitió beneficiar caliches hasta de 16% de ley, subiendo la recuperación hasta el 65%.

Finalmente, hacia la misma fecha, Valparaíso continuaba siendo el centro comercial de la industria salitrera de Tarapacá. El salitre se embarcaba directamente en los puertos de Tarapacá hacia Europa; pero su venta y el aprovisionamiento de las plantas elaboradoras se hacían en Valparaíso, “único centro comercial del Pacífico, donde había barcos, casas comerciales, bodegas, mercadería, orden y seguridad” (Encina).