Diciembre 2021

PENSAMIENTO ESTRATÉGICO (I PARTE)

Me permitiré iniciar una serie de artículos, relacionados con mi área de conocimiento, que dice relación en esta oportunidad con la evolución del pensamiento estratégico, intentando ser lo más universal en la conceptualización empleada, para un mayor entendimiento de lectores interdisciplinarios.

Desde los albores de la humanidad, millones de hombres han combatido en innumerables guerras, pero es desconcertante comprobar que, a través de los siglos, los pensadores creativos en el campo de la estrategia han sido muy pocos. Muchos pensadores, tanto pedagogos como conductores, que supuestamente podrían haber sido originales en sus aportes a la estrategia, únicamente se limitaron a imitar a sus predecesores, dando nuevas formas a viejas ideas. Muy pocos innovadores volcaron sus teorías o preceptos en forma escrita antes del siglo XIX. La mayoría de ellos dejaron la tarea de recoger sus enseñanzas a los historiadores, quienes las escribieron mucho tiempo después de acaecidos los hechos. En esta tarea, algunos conceptos sobre las disciplinas estratégicas fueron encubiertos bajo formas de interminables tratados sobre organización, armamentos, campañas, batallas y hechos tácticos.

Veamos las “Características desde la Antigüedad”.

Los expertos generalmente están de acuerdo en que la gran estrategia, tal como la conocemos hoy, -la aplicación del poder nacional para lograr los objetivos nacionales en cualquier circunstancia que se pueda concebir- fue un instrumento poco utilizado en la antigüedad. Pero para que esto sucediera hubo buenas razones. El ambiente estratégico fue primordialmente sencillo en la vieja China, Grecia, Persia, Cartago y Roma. Los intereses, objetivos y políticas nacionales no existían, dado que todavía no se habían constituido las naciones estado. El modelo político no era complicado y solamente pocos países podían conformar una amenaza que no fuera local o focal.

El comercio fue importante, pero la mayoría de los estados eran aceptablemente autosuficientes. La industria, como se ha desarrollado en la actualidad, era desconocida. No existían inversiones extranjeras ni un sistema monetario internacional. Los sofisticados programas de ayuda exterior eran cosas del futuro. Las finanzas estaban basadas en dinero existente y no en la deuda nacional. La guerra económica era aún rudimentaria.

El poder militar, entonces como ahora, dominaba la mayoría de las ecuaciones estratégicas, pero las fuerzas armadas eran todavía primitivas. La mayoría de éstas conformaban organizaciones primordialmente terrestres. Aún la marina griega, que invirtió la finalidad del engaño a favor de Temístocles en la batalla de Salamina, era una fuerza costera, diseñada para apoyar el combate terrestre tanto en el propio país como en el extranjero. La flota romana también estaba organizada así.

El potencial humano y la masa predominaban. El comando y el control no presentaban un gran problema. Las fuerzas se mantenían concentradas permanentemente y las comunicaciones primitivas y la deficiente cartografía hacían poco conveniente los dispositivos abiertos. Los conductores estaban custodiados estrechamente, pues en muchos casos, si ellos caían, todo podía perderse.

Las armas de destrucción masiva no habían sido inventadas. La potencia de fuego dependía fundamentalmente de la fuerza muscular. Únicamente los dispositivos para sitio, como las catapultas, eran mecánicos y su alcance efectivo era muy limitado. La mayoría de los ejércitos estaban similarmente armados y equipados. Los estrategos de la antigüedad nunca fueron confundidos por las grandes diferencias que existen hoy día, donde algunos países tienen armas nucleares y otros no. Las relaciones entre el poder y el potencial humano eran claramente directas.

La movilidad estratégica y táctica eran virtualmente sinónimos. Los factores de tiempo y espacio eran realmente grandes. Esto tenía una influencia decisiva en la logística. Las tropas llevaban pocos bagajes y estaban acostumbradas a vivir de los recursos que les ofrecía la tierra, la dificultad para maniobrar rápidamente, y según los deseos del conductor, llevaba frecuentemente a las batallas por mutuo consentimiento. Cada parte podía generalmente rehusar el combate si las condiciones se le presentaban desfavorables.

Los códigos legales, morales y éticos eran elementales. No había algo similar a las Convenciones de la Haya o de Ginebra. El control de armamentos no existía. La guerra total era una forma de vida. El concepto de guerra limitada, caracterizado por restricciones voluntarias, no había sido creado. Las revoluciones al estilo de Mao no se verían sino cientos de años después (aunque la subversión estaba muy difundida y hubo algunas acciones de guerrilla). La guerra fría no era todavía un arte. Maquiavelo preparó el escenario para la misma en el siglo XVI. Sin embargo, los pilares de la estrategia de hoy estaban todos presentes en la antigüedad. La seguridad colectiva, la respuesta flexible, la represalia masiva y las negociaciones estuvieron alternativamente de moda. La primera estrategia de disuasión surgió con la Paz Romana.

Una mirada a los verdaderos “Innovadores Estratégicos”.

La primera gran mente que dio formas al pensamiento estratégico en la antigüedad fue la de Sun Tzu. Este escribió el primer tratado conocido sobre El Arte de la Guerra entre los años 400 y 320 antes de Cristo. Sus trece pequeños ensayos se encuentran entre los mejores de todos los tiempos, incluyendo en esta calificación a las obras de Clausewitz, quien las escribió veintidós siglos después. Nadie tiene hoy día una percepción más firme sobre las interrelaciones, consideraciones y limitaciones estratégicas que las volcadas por Sun Tzu en sus obras. La mayor parte de sus ideas tienen más sentido en el ambiente de nuestro tiempo que el que lo tuvieron en la época en que fueron escritas.

Otro ejemplo, verdadero modelo entre los autores de la antigüedad, fue el incomparable Alejandro (356-323 AC), un prototipo del gran estratego occidental. Su sueño de un imperio universal se difundió a través del pensamiento de muchos de sus sucesores, pero pocos de éstos concibieron conceptos de nivel similar al de aquél. Alejandro comprendió claramente que la guerra siempre opera en dos planos: uno físico y el otro psicológico. El primer plano versa sobre asuntos materiales; el segundo, sobre las ideas. Sus campañas pueden ser empleadas para demostrar perfectamente cada uno de los principios de la guerra, que él los aplicó como un maestro, no solamente en el campo militar, sino en los otros campos.

Los dos grandes creadores mencionados tuvieron algunos sucesores también dignos de mención. Uno de ellos fue Aníbal (246-183 AC), cuya verdadera odisea en los Alpes con los elefantes, desató la segunda Guerra Púnica entre Cartago y Roma. Su principal oponente fue Escipión el Africano (236-184 AC). Ambos, Aníbal y Escipión, eran maestros de la aproximación indirecta, tomando a ésta en el sentido militar. Ambos fueron estrategos consumados. También lo fue Julio César (100-44 AC).

Hubo una laguna en el desarrollo del pensamiento estratégico durante la edad Media. La lámpara del conocimiento tuvo una llama débil en otros campos, pero por razones prácticas ella desapareció en el de la estrategia, permaneciendo muerta por más de 1.000 años. La única excepción con brillo propio se dio en Bizancio, donde prevalecieron las figuras similares de Belisario, Narciso y León el Sabio. Las incursiones de la caballería bárbara, los comienzos de las conquistas árabes y mongólicas, así como las principales guerras de la Edad Media (particularmente las Cruzadas), no produjeron claramente nuevos esquemas estratégicos verdaderamente originales.

Finalmente, en el siglo dieciséis, los filósofos comenzaron a diferenciar formalmente los aspectos estratégicos de los tácticos, interrelacionando las acciones militares con los cursos de acción políticos de alto nivel. Dos gigantes en estrategia sobresalen en la época del Renacimiento y en los años posteriores a éste: Nicolás Maquiavelo (1469-1519), un teórico político-militar, cuyos razonamientos sobre las fuentes, aplicaciones y limitaciones del poder sirvieron como inspiración a gobernantes de nuestros días y Federico el Grande (1712-1786), quien quizá es recordado mejor por su “estrategia de líneas interiores”.

Paradojalmente, Napoleón Bonaparte (1769-1821), reconocido como uno de los estrategos más grandes de la historia, no fue exactamente un creador intelectual. Su fuerte fue desarrollar las teorías existentes y aplicarlas a la perfección, aprovechando el gran potencial humano facilitado con entusiasmo por la Revolución Francesa; pero no dejó escritos sobre sus ideas y conceptos, con excepción de los “115 máximas”, que son solamente normas militares, Como consecuencia de lo expresado, el mundo reseñó sus contribuciones estratégicas a través de los ojos de otros. Sin lugar a dudas, los más importantes intérpretes del pensamiento napoleónico son Antonio Enrique Jomini (1779-189) y Carlos von Clausewitz (1780-1831).

Clausewitz encaró la estrategia desde un ángulo completamente distinto. A diferencia de Jomini, que buscó desarrollar un sistema teórico para vencer en las batallas. Clausewitz se dedicó a estudiar la naturaleza básica de la guerra. Expresándolo en sus palabras, él deseaba evitar todo lo que fuera común, todo lo que era evidente por sí mismo, que había sido dicho cientos de veces y es comúnmente aceptado, pues mi ambición era escribir un libro que no fuera olvidado en dos o tres años, y en el cual, cualquiera que estuviera interesado en el tema estaría seguro de leerlo más de una vez. Su éxito superó lo que soñó, quedando sus escritos para las sucesivas generaciones de estrategos que lo siguieron. Aún hoy, los que leen su monumental tratado Von Kriege (De la Guerra) por primera vez, quedan impresionados por la envergadura y diversidad del mismo. Este trabajo abstracto, en la actualidad todavía es proclamado como la obra sobre estrategia más controvertida y que ejerce una notable influencia, mayor que todas las publicadas hasta ahora.

Mucho de lo tratado puede ser de aplicación a los problemas del momento actual, aunque algunos aspectos han merecido dudas o están desactualizados, debiendo ser adecuados a un contexto estratégico que ha cambiado.

En contraste con las épocas anteriores, la evolución estratégica desde la muerte de Clausewitz en 1831, ha sido dominada más por los hechos que por las personas. Aún antes que comenzara el período napoleónico, la Revolución Industrial estaba desatando fuerzas que finalmente permitirían la guerra total a escala mundial. Los nuevos sistemas de propulsión facilitaron una fluida movilidad estratégica. Las innovaciones de las comunicaciones permitieron la extensión del control. La gran dispersión de las fuerzas, combinada con una dirección efectiva y centralizada, se hizo realidad por primera vez en la historia. Junto a la anterior vino la Revolución Administrativa, una necesidad pragmática para cualquier nación que aspiraba a organizar, instruir, equipar y maniobrar el poder militar necesario, sea para defender su territorio bajo las nuevas condiciones o para proyectar ese poder fuera del país. Una cabal revisión del sistema educativo en particular tenía que anticiparse a la creación del cuerpo de oficiales profesionales. Los seguidores de la Revolución Social transformaron las actitudes y aptitudes del pueblo y las formas de manejar a los hombres. Karl Marx sembró semillas filosóficas de tremenda importancia en el dominio de la estrategia moderna.

La guerra civil de los EE.UU. y la guerra francoprusiana fueron los principales conflictos que probaron los conceptos, en embrión, que enfatizaban la creciente importancia de los factores político-económicos y las implicancias de observar previsoramente las relaciones de tiempo y espacio. Conductores como Lee, Grant, Sherman y Moltke en los campos de batalla, y maestros como du Pieq y Delbruck en los libros, ajustaron los conceptos estratégicos tanto en la teoría como en la práctica. En esta coyuntura, Alfred Thayer Mahan (1840-1914) quizá la primera luminaria auténtica norteamericana en el campo de la teoría estratégica ocupó el centro de la escena. Como lo señala Luis Hacker, Mahan dejó una huella indeleble.

La primera Guerra Mundial, cuyos comienzos coincidieron con el fallecimiento de Mahan, introdujo en el siglo veinte numerosos conflictos de grandes coaliciones. La guerra estalló en respuesta a provocaciones infantiles, desarrollándose sin objetivos realistas por parte de cada alianza, deteriorándose muy pronto hasta llegar a ser una guerra estática e inútil, que demandaba un alto precio en vidas y en recursos del tesoro nacional, y que no facilitaba una terminación satisfactoria para los contendientes. Quizá ninguna otra guerra en la historia haya demostrado, tan claramente, el retraso del pensamiento estratégico en relación con la tecnología. Los conductores militares y políticos, por igual, subestimaron el impacto que tendría el incremento de la potencia de fuego sobre los conceptos consagrados. George Clemenceau decía amargamente que a los generales no se les puede encargar nada, ni aún la guerra... (frecuentemente traducido como que la guerra es demasiado importante para ser dejada a los generales), y parecería haber una verdadera justificación en su desconfianza.

La tragedia de 1914-1918 tuvo una profunda influencia sobre el pensamiento estratégico durante los 20 años de armisticio que siguieron a la Primera Guerra Mundial. Los reaccionarios de diferentes partes, confundieron estrategia con defensa. En Francia la mentalidad de la Línea Maginot comenzó a tomar formas. Gran Bretaña y EE.UU. se replegaron dentro de un caparazón aislacionista. Sin embargo, como siempre, algunos pensadores de avanzada pudieron mantenerse a flote.

Los civiles también hicieron algunas inteligentes contribuciones. Churchill, Hitler, Lenin y Stalin intervinieron en estrategia en una gran medida. Los militares también hicieron predicciones. Entre ellos Cuilio Douhet, cuyo tratado más conocido, El Dominio del Aire, publicado en 1921, sentó los primeros basamentos de los conceptos modernos sobre bombardeo estratégico. Charles de Gaulle, Heinz Guderian y J.F.C. Fuller avizoraron la guerra mecanizada. Billy Mitchell confirmaba que los aviones con base en tierra podían desafiar navíos en su medio marítimo. B.H. Liddel Hart, un británico, fue inicialmente más leído en Alemania que en su país, aunque posteriormente influenció la estrategia Aliada en gran medida. El campo experimental de estos hombres imaginativos fue la Segunda Guerra Mundial, el primer encuentro armado verdaderamente mundial, donde los conceptos de guerra total se fundieron con la diplomacia, la guerra económica y psicológica, la subvención, la geopolítica, la ciencia y las acciones militares, conformando un todo en donde no se reconocía una clara distinción entre la guerra y la paz. La seguridad colectiva hizo su aparición como un ingrediente de la estrategia.

Desde 1945 el mundo estratégico ha sido golpeado por un cambio de características cataclísmicas debido a la aparición de las armas de destrucción masiva, además de revolucionarias formas de propulsión del desarrollo cualitativo de los medios de comando, control y comunicaciones. El nuevo molde requiere soluciones estratégicas totalmente nuevas. Soluciones radicalmente distintas se han podido ver puestas en acción por los mejores estrategos de la actualidad, entre los cuales se puede mencionar a Mao, Giap, Sokolovsky, Robert Mc Namara y Douglas Mac Arthur. Los nombres mencionados a través de esta síntesis, son, por supuesto, meramente representativos, aunque un hecho permanezca cierto. Hasta el advenimiento de la guerra nuclear, que ha producido muy pocos hombres cuyos pensamientos marquen rumbos, Alfred Thayer Mahan, en su torre de marfil en la Escuela de Guerra Naval, era visto como el único norteamericano que adquirió nivel internacional como teórico de la estrategia y fuente de un pensamiento original. La exactitud de este juicio es un tema para ser discutido, pero la lista de los innovadores norteamericanos es bastante escasa.