Marzo 2022

LA GRAN ESTRATEGIA, ESTRATEGIA NACIONAL

Y ESTRATEGIA MILITAR (IV)

 

El término estrategia originalmente significó “el arte de los generales”, pero en la actualidad su significado es mucho más amplio. La estrategia no es más un arte exclusivo de los militares, así como tampoco trata únicamente sobre combates armados. Tanto los civiles como los uniformados encaran hoy día asuntos estratégicos a nivel nacional.

Vamos por parte; la Estrategia Nacional emplea conjuntamente todos los poderes de la nación, tanto en la paz como en la guerra para alcanzar los intereses y objetivos nacionales. Dentro de ese contexto, existe principalmente una estrategia política que comprende los asuntos internacionales e internos de un Estado; una estrategia económica, tanto externa como interna y una estrategia militar de la nación. Cada una de estas estrategias influyen en la seguridad nacional en forma inmediata o tangencial.

La suma de estas estrategias concurre a materializar la seguridad nacional, conformando la gran estrategia la cual se podrá definir in extenso, como el arte y la ciencia de emplear el poder nacional en todas las circunstancias, para ejercer los tipos y grados deseados de control sobre el oponente a través de la fuerza, amenazas, presiones indirectas, diplomacia, subterfugios y otros medios posibles de imaginar, a fin de satisfacer los intereses y objetivos de la seguridad nacional.

La Estrategia Militar y la Gran Estrategia están interrelacionadas, pero no son sinónimos. La estrategia militar está basada en la violencia física o en la amenaza de dicha violencia. Busca la victoriapor la fuerza de las armas. La gran estrategia, si es exitosa, reduce la necesidad de recurrir a la violencia, mira más allá de la victoria buscando una paz duradera. La estrategia militar es primordialmente la zona reservada para los generales. La gran estrategia está reservada para los hombres de Estado. La gran estrategia controla la estrategia militar, siendo ésta únicamente una de sus componentes.

La gran estrategia, que comprende sutilezas como el engaño, la negociación, la presión económica y la guerra psicológica, coloca en su verdadero lugar la creencia -mantenida firmemente desde la época de Clausewitz- que la estrategia es simplemente “el empleo de la fuerza para lograr el objeto de la guerra”. Por el contrario, el concepto de gran estrategia se ajusta más a la conclusión de Liddell Hart acerca de que ”la verdadera finalidad no es tanto buscar la batalla, sino lograr una situación estratégica tan ventajosa, que, si por sí sola no nos lleva a la decisión, al realizar la batalla asegura el éxito”. No es precisamente una idea nueva,Sun Tzu ya reconocía que “someter al enemigo sin luchar constituye el máximo de habilidad”.

En su libro Estrategia Militar, el Contralmirante J.C. Wylie identifica dos tipos de estrategias elementales, quizás irreducibles, las que se denominan secuencial y acumulativa.

La estrategia secuencial, como él la describe, comprende pasos sucesivos, cada uno relacionado con el anterior que conducen al objetivo final. Un caso típico de estrategia secuencial consiste en los esfuerzos para minar la moral del enemigo, aislarlo de sus aliados, negarle abastecimiento externo y destruir sus líneas de comunicaciones interiores, antes de invadir su territorio. Por el contrario, la estrategia acumulativa se conforma por un conjunto de acciones particulares y sin un orden determinado, que eventualmente logran resultados por aplastamiento. Como ejemplos claros de ésta se puede mencionar los bombardeos estratégicos y las campañas navales contra el tráfico marítimo del enemigo. Los soviéticos (en la década de los 40) emplearon otras formas de técnicas acumulativas, cuando encarcelaron a nueve países detrás de la cortina de hierro. En ese momento parecía que el mundo libre sólo sufría una simple perdida, pero de repente fue evidente que el Kremlin dominaba toda la Europa Oriental. Invito al lector que relacione lo expuesto en estas últimas líneas, con lo ocurrido hoy en día (Febrero 2022) con la invasión de Rusia a Ucrania…

Las estrategias secuenciales y acumulativas no son incompatibles; por el contrario, normalmente son empleadas en forma recurrente. Para ejemplificar este concepto, J.C. Wylie toma el caso de EE.UU. con respecto al Japón, en la Segunda Guerra Mundial, donde aquel país siguió dos esquemas separados: “Conducimos campañas de estrategia secuencial, como la que realizamos a través del pacífico, hasta las costas de Asia, subiendo hasta las playas de Imperio. Y aparentemente en forma independiente a la anterior, conducimos mediante una estrategia acumulativa, acciones en contra de la economía del Japón (por medio de la interdicción aérea y marítima). Estas dos estrategias se siguieron simultáneamente en el tiempo, pero fueron esencialmente independientes en la actividad diaria”.

El General Beaufre hace un estudio sobre estrategia desde un punto de vista algo diferente, alertando a los lectores sobre las diferentes alternativas que presentan las estrategias directas e indirectas y sus variadas combinaciones:

El juego de la estrategia puede, como la música, ser tocada en dos “tonalidades”. El tono   mayor es el de la estrategia directa, donde la fuerza es el factor esencial. El menor, es el de la estrategia indirecta, donde la fuerza pasa a un segundo plano y su lugar es ocupado por las acciones psicológicas y el planeamiento. Naturalmente cualquier estrategia puede hacer uso de estos dos tonos en un grado variable, lo que da como resultado un gran número de “esquemas”.

Este autor amplía sus observaciones con el concepto de que las estrategias directas o indirectas, aunque sean diferentes, tienen el mismo objetivo: doblegar o quebrar la voluntad del enemigo:

Ambas usan los mismos métodos, siendo la base común la lucha por la libertad de acción… Cada estrategia es una amalgama especial de procedimientos seleccionados, en razón de que son los que se adaptan mejor a los recursos disponibles o a los puntos vulnerables del enemigo que uno desea golpear. La elección del mejor procedimiento es quizá la función más importante de la estrategia, que dispone de un gran espectro, abarcando desde la sugestión hasta la destrucción física. Es la estrategia la que hace posible enfrentar distintas situaciones y es ella la que frecuentemente permite al más débil surgir como victorioso.

La aplicación del poder físico, en forma directa y devastadora, ha dominado el pensamiento estratégico desde que Caín mató a Abel. Solamente un puñado de estrategos como Alejandro, Maquiavelo, Lenin, Liddell Hart y Mao, han creado nuevos caminos para sustituir a la fuerza bruta por la astucia.

El tercer esquema básico enfrenta a la estrategia de disuasión con la combativa (guerra-armada). La primera está concebida para impedir o limitar el espectro de las guerras, mientras que la segunda, para continuarlas si estallan. Desde 1945 algunos de los mejores cerebros del mundo han estado preocupados con los problemas de la disuasión en la guerra nuclear generalizada, pero muy pocos se han dedicado a la disuasión de los conflictos de baja intensidad. Algunos estudiosos están convencidos que las guerras revolucionarias son imposibles de evitar, los insurrectos saben que desde el comienzo son superados en número y armamento y están preparados para aceptar las consecuencias de esa situación. Otros son menos pesimistas, creen que las próximas generaciones de estrategos eventualmente enfrentarán el problema con efectividad. Mientras tanto, hasta que puedan formularse estrategias genuinas para una guerra cero (lo que no es una tarea fácil sin la cooperación del enemigo) las estrategias para las guerras armadas continuarán estando en actualidad. La invasión de Rusia a Ucrania, en pleno siglo XXI es una prueba evidente de lo expuesto hasta ahora.

Por otra parte, fuertes divergencias de opinión han producido dos estrategias especializadas que se aplican principalmente en la guerra nuclear generalizada: la de contra-fuerza y la de contra-valor. Un sector se inclina por la contra-valor (denominada algunas veces contra-ciudades), que impone lo que se podría suponer como una amenaza inaceptable a la población civil enemiga y su producción básica. La finalidad es establecer un equilibrio del terror permanente, lo que significaría obviar cualquier necesidad de llegar a la guerra nuclear.

Los escépticos sugieren que, la disuasión así planteada puede fracasar. Por ello promueven las estrategias de contra-fuerza diseñadas para desarmar al enemigo. El desarrollo de operaciones preventivas para lograr la iniciativa son algunas de las opciones posibles dentro de esta estrategia. También lo son las medidas para limitar los daños.

Las estrategias de sólo contra-fuerza y de contra-valor de carácter absolutas podrían llegar a ser impracticables, aunque los dogmáticos que las impulsan y defienden lo nieguen. Como consecuencia de lo anterior se han desarrollado numerosos conceptos de compromiso. Entre esos están las variaciones de contra-fuerza que evitan daños colaterales a los blancos de contra-valor, así como otras variaciones que consideran a esos daños como beneficiosos si se efectúan en forma colateral. Los norteamericanos y los rusos se han inclinado a seguir los esquemas de contra-fuerza y contra-valor, adaptados a sus particulares intereses.

En este punto, se estima necesario hacer un pequeño esbozo de las principales escuelas del Pensamiento Estratégico. Dentro del amplio espectro que ofrecen las estrategias secuencial y acumulativa, directa e indirecta, con mayor o menor inclinación hacia la disuasión, las acciones armadas u otros tipos de conflicto, existen tres escuelas convencionales del pensamiento militar y que se encuentran en conflicto entre sí: la continental (terrestre), la marítima y la aeroespacial.

Las tres tienen áreas de carácter común y en la cual se superponen. Así, por ejemplo, las tres coinciden en que la última instancia depende de las bases terrestres; pero, aun así, los seguidores de cada escuela piensan en términos de ambientes geográficos distintos, y en consecuencia, atacan el problema estratégico por caminos muy diferentes. La siguiente síntesis está premeditadamente simplificada con el fin de clarificar las diferencias.

La Escuela Continental; los que defienden el poder terrestre, seguidores de la estrategia directa y descendientes de Clausewitz, tienden a compartimentalizar el mundo en teatros separados. Están plenamente convencidos que la destrucción de los ejércitos del enemigo es el objeto último de la guerra. Las armadas y las fuerzas aéreas existen fundamentalmente para transportar tropas a la zona de acción y apoyarlas una vez que estén en la misma. El poder terrestre es el que forzará la decisión, orientándola hacia un control duradero. Si fuese necesario, lo hará por medio de la ocupación física del territorio enemigo.

La Escuela Marítima: Lo expresado anteriormente es completamente ajeno al pensamiento de los seguidores de la escuela marítima, que tiene una proyección global y canalizada sólo por los continentes. Ellos siguen las enseñanzas de Mahan y Corbertt, quienes predican que aquél que tuviese el control de los siete mares determinaría las decisiones en tierra. La meta es dominar las vías marítimas críticas y los puntos estratégicos que influyen sobre las fuerzas navales que se desplazan por ese espacio. Las masas terrestres pueden entonces ser manejadas por presiones indirectas, incluyendo el bloqueo, o por medio de la proyección selectiva del poder naval sobre la tierra.

La Escuela Aero-Espacial: La escuela de estrategia aero-espacial, fue fundada por Douhet. Sus creencias básicas son las siguientes: primero, que el poder aéreo sin la ayuda de los otros poderes puede ser decisivo; segundo, que, al darle libertad de acción al empleo del poder aéreo, las guerras prolongadas se convierten en obsoletas; y tercero, que el control del aire y la destrucción de la capacidad e infraestructura del potencial de guerra del enemigo, principalmente sus centros poblados y su industria básica son sus misiones fundamentales. El apoyo aéreo a las fuerzas terrestres es absolutamente secundario.

La Escuela Revolucionaria: Esta cuarta escuela de pensamiento, de carácter no convencional, se ha planteado y desarrollado en los últimos años por figuras como Marx, Lenin, Mao, Ho Chi Minh, Che Guevara y Giap. Mientras las escuelas terrestres, marítima y aero-espacial son fundamentalmente militares, la guerra revolucionaria es primordialmente política, social y psicológica. Explota las estrategias, indirectas y acumulativas, más que la secuencial. Las revoluciones difícilmente producen algo parecido a la gran batalla Clausewitziana. Dien Bien Phi, la ofensiva del Tet de Giap en 1968 y la invasión de Hanoi a Vietnam del Sur en 1972, son las excepciones que confirman la regla. En este tipo de guerra, el territorio no tiene una gran importancia. El principal campo de combate se encuentra en las mentes de los hombres.

Frente a lo expuesto, nace la necesidad de una Escuela integradora. Ninguna de las variantes militares: la continental, la marítima o la aero-espacial, apuntan hacia una gran estrategia. La escuela revolucionaria se aproxima más, pero en un contexto muy especializado. Es necesario desarrollar un pensamiento integrador que les permita, a quienes deban emplear el poder nacional en todas sus múltiples formas, conducir los centros de gravedad estratégicos y de esta manera influir en los asuntos de seguridad nacional para lograr las situaciones más ventajosas. Es muy importante para el país alcanzar esta cumbre intelectual antes que lo haga el oponente.

Dentro de lo expuesto, los intereses, objetivos, teorías, conceptos y escuelas del pensamiento, se pueden concebir innumerables combinaciones estratégicas. Una simple muestra de las opciones estratégicas presentadas en pareja para enfatizar los contrastes, se anuncian a continuación:

Guerra ofensiva

o

Guerra defensiva

Guerra preventiva

o

Segundo golpe

Represalia masiva

o

Respuesta flexible

Fuerzas en presencia

o

Movilidad estratégica

Guerra regional

o

Guerra global

Guerra relámpago

o

Guerra de desgaste

Lucha armada

o

Insurrección

Resistencia pasiva

o

Respuesta activa

Aislacionismo

o

Seguridad colectiva

Contra-fuerza

o

Contra-valor

Escalamiento controlado

o

Ataque insensato

Esferas de influencia

o

Confrontación universal

 

EE.UU., uno de los principales competidores por el poder mundial, realiza simultáneamente un juego estratégico global y regional. Tiene una estrategia para Europa, otra para el Medio Oriente, una tercera para el Este Asiático y Pacífico Occidental y una cuarta para una guerra nuclear generalizada, cada una concebida para enfrentar condiciones específicas. Otras naciones adaptan sus estrategias para afrontar sus necesidades y situaciones particulares. Suecia mantuvo su neutralidad durante las dos Guerras Mundiales, acción en la que tuvo éxito debido a que las naciones en conflicto no requirieron de su territorio. La invadida Bélgica, un país de tránsito obligado, no tuvo tanta suerte. Israel, en 1956 y 1967, basó su estrategia en el primer golpe, desarrollando capacidades para una movilización rápida y una pronta terminación de las hostilidades. Esta combinación funcionó bien para una nación que no enfrentó fuerzas armadas de grandes dimensiones ni una prolongada guerra de desgaste, pero no parecería muy atractiva si los árabes estuvieran más alertas y mejor organizados.

Todas las estrategias deben ser diseñadas para satisfacer determinadas necesidades. Los franceses fracasaron al no tener esto en cuenta en 1940, cuando trataron de recombatir la última guerra. Las estrategias no se pueden trasladar intactas desde un período a otro sin apreciar antes y con mucha precisión los cambios que se han producido en el interno. Tampoco las estrategias se pueden trasplantar de un lugar a otro a menos que la situación local corresponda una con la otra. La mayor parte de las cosas que EE.UU. hizo adecuadamente en Vietnam, por ejemplo, no se pueden aplicar en Europa.

En síntesis, la estrategia es el arte y la ciencia de las opciones.

Las reacciones que son apropiadas para un conductor o nación pueden ser completamente inconvenientes para otros. Es difícil imaginar personas de temperamento fuerte como Harry Truman o Teddy Roosevelt adoptar estrategias tortuosas, sutiles o pasivas, como a su vez ver a Stalin actuar rectamente. Los norteamericanos, al ser tan impetuosos, aborrecen las guerras prolongadas que parecen adecuarse mejor a las características estoicas de los orientales. Sir Robert Thompson, un observador desinteresado, señala este aspecto colocándolo en su verdadera perspectiva, al hacer los siguientes comentarios sobre Vietnam: Las debilidades presentes en el carácter norteamericano jugarían su parte. De ésta la mayor fue y es la impaciencia. Más que ningún otro factor, asociado con la frustración que le sigue automáticamente, la impaciencia los ha llevado a buscar resultados rápidos, los que en una guerra con un pueblo inmune al uso del poder no se pueden obtener.

Sin tener en cuenta las convicciones filosóficas de los estrategos, éstos se encuentran trabados por una serie de limitaciones políticas, militares, económicas, culturales, geográficas y tecnológicas. Algunas son intangibles, como la voluntad nacional y la opinión mundial. Los preceptos de humanidad y caballerosidad juegan un papel determinado, lo mismo que las barreras éticas y legales. Las leyes consuetudinarias establecen reglas bien definidas y consagradas para los casos de guerra, pero algunas veces son compensadas o invalidadas por otras influencias. El denominado principio de Necesidad Militar, por ejemplo, determina el derecho de ejercer la presión que sea necesaria para doblegar o quebrar la voluntad del enemigo en el menor tiempo posible, con el menor costo en vidas y con el menor gasto financiero.

La mayoría de los grandes estrategos también deben confrontarse con los mitos y tradiciones nacionales. En EE.UU., estos aspectos son fuertemente inhibitorios, como lo indican los siguientes ejemplos: Nunca des el primer golpe – Combate limpiamente y de acuerdo con las reglas – Defiende al que pierde – Evita alianzas o acuerdos secretos – Somete todas las decisiones estratégicas importantes a la aprobación popular – Mantiene las fuerzas mínimas en tiempo de paz y moviliza en tiempo de guerra. Todo lo enunciado anteriormente ha sido violado en una u otra oportunidad, pero en casi todas ellas lo fue acompañado por arranques nacionales de conciencia moral.

El espectro de la guerra condiciona las estrategias al crear una considerable gama de problemas. Dentro del espectro mencionado existen: la guerra nuclear generalizada, la guerra limitada -con o sin empleo de armas nucleares- y una gran variedad de conflictos de baja intensidad, entre los que se incluyen la insurrección y la guerra fría. Las causas que los provocan, las peculiaridades de la conducción y los problemas de terminación de los conflictos que están asociados con cada categoría, son en muchas formas únicos. Los conductores nacionales de las potencias mundiales, fundamentalmente los de EE.UU y Rusia, deben comprometer estas diferencias y proceder en concordancia, dado que las estrategias que sirven en un ambiente no necesariamente son adecuadas en otros.

Para finalizar, es necesario mencionar que Clausewitz sintetizó claramente la esencia de la estrategia cuando escribió: Un príncipe o general que sepa organizar su guerra exactamente de acuerdo con el objeto que persigue y los medios con que cuente, que no haga ni demasiado ni muy poco, logra en consecuencia la mayor prueba de su genio… Pero permítasenos aceptar que no se trata aquí de fórmulas y problemas matemáticos. La relación entre cosas materiales es siempre muy fácil. Más difícil es la comprensión de las fuerzas morales puestas en juego… En el más alto nivel, la estrategia linda con la política y la dirección del Estado, o quizá ambas se confunden en una sola con aquella, y como hemos observado anteriormente, éstas tienen más influencia en la mayor o menor extensión de lo que deba hacerse, que en la forma como deba ejecutarse (lo que es táctica). Así pues, en la estrategia todo es muy sencillo, pero no todo es muy fácil.